El Régimen Obligatorio de Pensiones Complementarias, conocido como ROP, vuelve una y otra vez al debate político, más con posturas populistas que con propuestas serias y responsables.
En los últimos años, distintas fracciones legislativas han promovido reformas para flexibilizar o acelerar la entrega del ROP. Algunas han planteado utilizarlo para pagar deudas, financiar vivienda, cancelar obligaciones con entidades financieras o incluso adelantar condiciones relacionadas con la pensión del régimen del IVM.
La motivación puede resultar popular, pero el problema de fondo es que se ha querido convertir un ahorro de largo plazo, en una fuente de liquidez inmediata para resolver problemas muy diversos.
Ese enfoque es riesgoso. Si cada dificultad económica del presente se atiende recurriendo al ahorro para la pensión, el país terminará debilitando uno de los pocos mecanismos diseñados para enfrentar una dificultad mayor: la insuficiencia de ingresos en la vejez.
La discusión tampoco puede ignorar la dimensión financiera de largo plazo. Una reforma que obligue a entregar masivamente recursos en poco tiempo podría forzar ventas anticipadas de activos, cambiar políticas y estrategias de inversión, afectar rendimientos, generar pérdidas por valoración y alterar el funcionamiento del mercado local de deuda. Actuar de manera precipitada en este campo terminará impactando a la baja la pensión de los actuales trabajadores.
Por eso, no se trata de afirmar que cualquier reforma al ROP sea inconveniente. Al contrario, el sistema puede y debe revisarse. Es razonable valorar si los pensionados deberían recibir montos más altos durante un plazo menor, si deben existir tratamientos especiales ante enfermedades graves, situaciones de fuerza mayor o saldos relativamente bajos, y si las modalidades actuales de retiro responden adecuadamente a las necesidades reales de los afiliados.
Pero esas reformas deben hacerse con gradualidad, información actuarial, análisis financiero y responsabilidad intergeneracional. No basta con prometer que el ROP será “devuelto” a los trabajadores, como si hubiera sido arrebatado. Ese lenguaje puede funcionar en campaña, pero empobrece la discusión pública que se requiere en la Asamblea Legislativa.
El verdadero dilema no es si el ROP pertenece o no a los trabajadores. El dilema es cómo garantizar que ese ahorro les sirva mejor, no solo el día en que se pensionan, sino durante toda su vejez.
Una reforma sensata debería partir de varios principios.
Primero, reconocer que hay pensionados con necesidades urgentes y que el sistema debe ofrecer mayor flexibilidad.
Segundo, proteger el objetivo previsional del régimen, evitando que el ROP se convierta en una simple cuenta de retiro inmediato.
Tercero, permitir que las operadoras ajusten gradualmente sus portafolios de inversión para enfrentar mayores pagos sin liquidar activos de largo plazo en condiciones desfavorables.
Cuarto, evaluar los efectos sobre los rendimientos futuros de los trabajadores activos, quienes podrían terminar recibiendo pensiones menores si se obliga al sistema a mantener inversiones más líquidas y menos rentables.
La política debe tener la capacidad de escuchar el malestar de la gente sin convertirlo en una mala ley. Hay personas que necesitan alivio, sí. Pero también hay un país que necesita preservar su ahorro para la vejez, evitar decisiones improvisadas y no comprometer el bienestar futuro de los mismos trabajadores que se dice defender.
El ROP merece una discusión seria. No una disputa de consignas vacías de campaña electoral. No una competencia por ver quién promete entregar más dinero más rápido.
La verdadera responsabilidad consiste en equilibrar flexibilidad con sostenibilidad, alivio presente con protección futura, propiedad individual con responsabilidad a largo plazo.
Reformar el ROP puede ser necesario. Desnaturalizarlo sería un error. Y en materia de pensiones, los errores rara vez se pagan de inmediato: se pagan años después, cuando ya no hay campaña electoral, cuando los aplausos se apagaron y cuando los adultos mayores descubren que el alivio de ayer se convirtió en la insuficiencia de mañana.
Por eso, señoras y señores diputados, la discusión del ROP merece seriedad.