Hamás sí es terrorista: el odio disfrazado de activismo

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

En los entornos del activismo ultraizquierdista, la degeneración moral se sigue disfrazando de pensamiento crítico. Ideas cada vez más perversas, más radicales y más alejadas de la razón se presentan como si fueran sensibilidad política. El activismo propalestino ha llegado a un punto repugnante al repetir, sin vergüenza, que “Hamás no es terrorista”. Pero esa frase no es una opinión discutible, es una muestra brutal de fanatismo ideológico. La dicen personas que presumen estar informadas sobre el conflicto, pero que se niegan a aceptar que no hay debate serio posible cuando se intenta blanquear a una organización terrorista.

Antes de seguir, hay que definir qué es el terrorismo. La ONU define el terrorismo como el uso o la amenaza de violencia contra civiles, con el objetivo de generar miedo, intimidar a la población o presionar a un gobierno u organización internacional. A partir de esa definición, la realidad es que Hamás ha cometido actos que entran plenamente dentro de esa categoría. Negarlo no es pensamiento crítico, no es análisis político y no es defensa de los derechos humanos.

Los peores actos de Hamás destruyen cualquier intento de venderlo como una “resistencia” justa. Recordemos el ataque del 7 de octubre de 2023 contra civiles israelíes, la toma de más de 200 rehenes, los atentados suicidas contra civiles durante la Segunda Intifada, el lanzamiento indiscriminado de cohetes contra zonas pobladas y la represión violenta contra los mismos palestinos que estos activistas dicen defender. Frente a ese historial, negar el carácter terrorista de Hamás no es estar informado, es proteger una fantasía antisemita.

Lo que intentan justificar como “resistencia” o “defensa de un pueblo” se derrumba al revisar la propia documentación histórica de Hamás y el objetivo que declaró desde su fundación. Su proyecto nunca ha sido coexistir con Israel, negociar fronteras ni construir un Estado palestino junto a otro Estado. Su objetivo ha sido eliminar al Estado judío de Israel. Eso no es una causa humanitaria ni una lucha legítima por derechos nacionales. Es una visión extremista, antisemita y eliminacionista, capaz de convertir la violencia contra civiles en una supuesta forma de justicia política.

La propia Carta Fundacional de Hamás afirma: «Israel existirá y seguirá existiendo hasta que el islam lo destruya, tal como destruyó a otros antes que él». Esa frase destruye cualquier intento de presentar a Hamás como un movimiento de convivencia, negociación o liberación nacional moderna. No habla de fronteras, no habla de dos Estados, no habla de paz. Habla de destruir al Estado judío. Quien lee eso y todavía insiste en llamarlo “resistencia” no está interpretando la realidad, la está encubriendo.

También se cae la mentira de que Hamás es solo un actor político que gobierna Gaza. El Art. 6 de su Carta Fundacional dice: «El Movimiento de Resistencia Islámica es un movimiento palestino distinguido, cuya lealtad es a Alá y cuya forma de vida es el islam. Se esfuerza por izar la bandera de Alá en cada centímetro de Palestina». Eso no es una política normal. Es un proyecto teocrático fundamentalista. No busca libertad civil ni pluralismo. Busca imponer una visión religiosa absoluta sobre todo el territorio.

El punto más repugnante aparece en el Art. 7, cuando la Carta afirma: «El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos y los maten; cuando los judíos se escondan detrás de piedras y árboles, las piedras y los árboles dirán: ‘Oh, musulmán, oh, Abdulla, hay un judío detrás de mí, ven y mátalo’». Eso no es resistencia. Es antisemitismo religioso convertido en doctrina. No distingue entre soldados y civiles, ni entre gobierno y población. Convierte a un pueblo entero en objetivo.

Hamás tampoco oculta su culto a la violencia. El Art. 8 declara: «Alá es su objetivo, el Profeta es su modelo, el Corán su constitución; la yihad es su camino y la muerte por Alá es su mayor deseo». Una organización que escribe eso no actúa como un partido político. Actúa como una maquinaria fanática que convierte la muerte en ideal y la violencia en identidad. Llamar a eso “causa humanitaria” es una burla grotesca. Y no, la paz no es una opción rechazada por las circunstancias. La propia Carta la desprecia. El Art. 13 afirma: «No hay solución para la cuestión palestina excepto a través de la yihad. Las iniciativas, propuestas y conferencias internacionales son una pérdida de tiempo». La violencia no aparece como último recurso. Aparece como mandato.

Por eso la comparación entre Hamás y el sionismo es falsa desde la raíz. El sionismo plantea la autodeterminación del pueblo judío en un Estado reconocido internacionalmente, ni más ni menos. Israel puede ser criticado, cuestionado y debatido como cualquier otro Estado. Pero su existencia no depende de una doctrina que exija borrar a otro pueblo. Por eso insistir en que “Hamás no es terrorista” no es ignorancia inocente, es complicidad intelectual con una ideología que escribió su odio, lo convirtió en programa político y después actuó conforme a él. La prueba no está escondida. Está en sus propias palabras.

El antisionismo no vive separado del antisemitismo. En la práctica, va de la mano con él, porque Israel es hoy la única figura de derecho que garantiza la autodeterminación y la protección nacional del pueblo judío en la época moderna. Un pueblo históricamente perseguido, expulsado, masacrado y obligado una y otra vez a justificar su propia existencia. Por eso, cuando el activismo radical grita “from the river to the sea, Palestine will be free” o “del río al mar, Palestina será libre”, no está repitiendo una frase inocente de liberación. Basta mirar un mapa para entenderlo. Del río Jordán al mar Mediterráneo está Israel. Esa consigna no habla de construir un Estado palestino al lado de Israel. Habla de borrar al Estado judío del mapa.

Y ahí queda expuesta la mentira. No se trata de criticar a un gobierno, ni de cuestionar políticas concretas, ni de defender derechos palestinos. Todo eso puede hacerse sin negar la existencia de Israel. El problema aparece cuando la causa deja de ser la libertad de un pueblo y se convierte en la eliminación del Estado que protege al pueblo judío. A eso le pueden cambiar el nombre, lo pueden maquillar con lenguaje académico o gritarlo en una marcha como si fuera justicia social. Pero sigue siendo lo mismo. Antisionismo convertido en antisemitismo político.

Este tipo de radicalismo extremo, que se disfraza de activismo, no puede ser normalizado en el debate público. No se le puede entregar el discurso a quienes llaman “resistencia” al terrorismo, “causa humanitaria” al antisemitismo y “pensamiento crítico” a la justificación de una organización que glorifica la violencia. Frente a eso no basta con guardar silencio. Hay que señalarlo, enfrentarlo y negarse a normalizarlo.

Por eso también es necesario reconocer el trabajo de organizaciones como StandWithUs, que todos los días enfrentan la desinformación, el antisemitismo y la legitimación del terrorismo. No desde la comodidad de un video en Instagram, sino acompañando y capacitando a jóvenes que son perseguidos por defender la existencia de Israel y por sostener una idea básica: que los judíos tienen derecho a vivir sin miedo, sin pedir permiso y sin ser perseguidos por ser judíos.

Este marzo tuve el privilegio de viajar y participar en sus conferencias anuales. Ahí conocí a personas como Omer Shem Tov, joven sobreviviente de un secuestro en Gaza tras el 7 de octubre; Sami Steigmann, sobreviviente del Holocausto; y muchos otros activistas que no hablan desde una opinión tomada de redes sociales, sino desde heridas reales, desde memoria viva y desde la experiencia directa de haber visto el odio de frente.

También quiero agradecer a The Genesis Prize Foundation, la misma organización que galardonó a Javier Milei por su postura contra el antisemitismo, por haber hecho posible mi participación en esta capacitación. Fue un evento poderoso, incómodo para muchos y necesario para todos. Porque escuchar a quienes lo han vivido en carne propia cambia por completo la conversación.

La lección fue clara: no podemos dejarlos solos. La historia ya demostró demasiadas veces que lo que empieza contra los judíos no termina con los judíos. El odio que hoy se disfraza de causa política contra Israel mañana se extiende contra cualquiera que piense distinto. Y el terrorismo no busca convivencia, justicia ni libertad; busca miedo, silencio y sometimiento.

Por eso, insistir en que “Hamás no es terrorista” es una decisión. Es mirar de frente a una ideología que secuestra, asesina, celebra la muerte y promete repetirlo, y aun así buscarle excusas porque odiar a Israel se volvió más cómodo que defender la verdad. No hay causa justa que necesite secuestrar inocentes para existir. Y quien necesita negar el horror para defender su postura, ya perdió la razón y la decencia.

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