Últimas noticias

Edicto

Qué lejos está Palestina de Calle Fallas

» Por Luis Carlos Núñez Herrera - Abogado y exregidor municipal

La diputada Vianey Mora se vendió como desamparadeña, pero su corazón viaja mejor por Gaza que por San Rafael Abajo.

Hay una canción que la diputada Vianey Mora debería escuchar con atención antes de volver a llorar por una bandera en el hemiciclo. No la compuso un agente del imperio ni un columnista de derecha: la escribió Silvio Rodríguez, el mismo trovador que ella y los suyos cantan en cada acto partidario. Se llama «Canción en harapos», y es la radiografía más despiadada que se haya hecho jamás del revolucionario de sobremesa. Ese que se conmueve por los pobres desde una mesa bien servida. Ese que aplaude a los descamisados con la copa llena y el estómago satisfecho. Ese que se indigna, con lágrima puntual, por la bomba que estalló al otro lado del planeta, a una distancia prudente de su propia refrigeradora. Silvio —el santo de todos ellos— ya los había retratado hace medio siglo: el oportunismo que se esconde tras una pose, la careta que el señorito de izquierda ensaya frente al espejo antes de salir a compadecerse del mundo.

Pienso en esa canción cada vez que la veo denunciar «persecución» porque alguien le pidió bajar una banderita.

Porque hay que decirlo con todas sus letras: Vianey Mora se vendió como una diputada desamparadeña. Recorrió San Rafael Abajo, prometiendo ser la voz de la gente humilde del cantón más golpeado del sur de la capital. En 2024 fue candidata a la alcaldía de Desamparados. Perdió. Y entonces, como tantos, descubrió que el dolor local no da titulares, pero el dolor ajeno —cuanto más lejano, mejor— sí los da. Que luce más el keffiyeh que el chaleco de vecina. Que Gaza va en las portadas y Calle Fallas, apenas, en el hueco de la esquina.

Y ahí está la pregunta que da título a esta columna: ¿qué tan lejos está Palestina de Calle Fallas?

Geográficamente, unos doce mil kilómetros. Sentimentalmente, para la diputada, Palestina le queda mucho más cerca. Le duele Rafah, pero no le duele el precario que se inunda con cada aguacero a diez minutos de su casa. Marcha por Cisjordania, pero jamás marchó por las aceras rotas de San Miguel, por los parques tomados por el búnker, por las balaceras que ya nadie cuenta en los barrios que juró representar. Levanta la bandera de un pueblo que —con toda razón— sufre; pero baja la mirada cuando el que sufre es el chiquillo de Calle Fallas que va a la escuela esquivando aguas negras.

Silvio lo dijo mejor que yo: es facilísimo blandir una bandera por el hambre del mundo cuando esa hambre es apenas una consigna de cartel, y no la señora de la pulpería que no logra cuadrar la caja a fin de mes. Es comodísimo actuar para la posteridad, colocarse del lado fotogénico de la historia, coleccionar aplausos progres en las redes y no ensuciarse jamás los zapatos en el barro real del cantón. Pelear así, desde el banquete, luce estupendo. Sale, de hecho, en la foto.

No la acuso de mentir sobre Palestina aunque no concuerde con ella esa es harina de otro costal. La acuso de usar a Palestina. De envolverse en un dolor lejano para no tener que responder por el cercano. Esa es la vieja treta que Silvio detestaba: disfrazarse de trinchera de los desposeídos sin haber compartido nunca su hambre; vestir la causa como quien estrena una prenda de temporada.

Y me permito recordar un detalle, porque la memoria es terca. La misma sensibilidad internacional que hoy se desgarra por Gaza fue, no hace tanto, de veeduría a Venezuela —con el viaje financiado por el consejo electoral del chavismo— a bendecir unas elecciones que buena parte del mundo, Costa Rica incluida, calificó de fraude. La misma dirigente que exige democracia y libertad para Palestina defiende, sin sonrojo, al hombre que encarcela opositores en Caracas. Su solidaridad es de geometría selectiva: alcanza para el pueblo que le conviene y se apaga justo antes de llegar a los presos políticos incómodos. Y, por supuesto, se apaga mucho antes de llegar a Calle Fallas.

Que quede claro: se puede —y se debe— tener corazón para el sufrimiento del mundo. Yo también lo tengo. Pero el político que cobra un salario del pueblo costarricense tiene una obligación anterior y más humilde: el hueco, la cañería, la escuela, la cancha, el semáforo, la señora que espera tres horas el bus. Esa patria pequeña y sin épica es la que la eligió. Esa es su Palestina, diputada, y le queda a la vuelta de la esquina.

Silvio cerraba su canción con un brindis socarrón por la dignidad del harapo verdadero: la del pobre de a de veras, el que trabaja y suda, no el que declama. Era su manera de decir que la autenticidad no se actúa: se vive. Ojalá algún día la diputada Mora lo escuche de verdad, y no solo lo tararee en los conciertos. Porque mientras siga ondeando símbolos por el dolor que queda bien en cámara, Calle Fallas seguirá esperando —con esa paciencia de pobre que Silvio conocía tan bien— a la desamparadeña que prometió ser y nunca fue.

Doce mil kilómetros hasta Palestina. Y, sin embargo, mucho más lejos le queda su propio barrio.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...