Las distintas realidades dentro de Costa Rica

» Por Joseph Flores Sáenz - Estudiante de Economía Universidad Nacional

Yo nací en una tierra chiquitica, pero pura vida. Nací en un país donde los problemas tenían solución. Crecí comiendo gallo pinto con Lizano y escuchando los cuentos de tío conejo, pero por situaciones laborales de mis padres crecí en una zona rural. A principios de este año, me mudé a Heredia por motivos de estudio y desde entonces he notado que vivir en una zona rural es un escenario distinto que vivir en una zona urbana.

Por ejemplo, es curioso ver como el desempleo, que es un malestar generalizado en el país, afecta de manera más intensa a ciertas regiones. Según datos del INEC del segundo trimestre de 2023 por cada tres personas residentes en la GAM que participan en el mercado laboral, una sola persona lo hace en el área rural, Pero ¿Y qué sucede con las otras dos personas? Son parte de las 55 mil personas desempleadas de la zona rural, de las cuales muchas migran a las áreas metropolitanas en busca de mejores oportunidades, debido a la falta de iniciativas para la generación de empleo.

Otro punto de diferencia es la inseguridad. El 2023 ya se ha consolidado como el año más violento registrado. Al ver las cifras dadas por el OIJ podemos observar que a pesar de que la capital es el área donde más criminalidad hay, es alarmante ver que los siguientes puestos son provincias fuera de la región central, siendo Limón la provincia más afectada y donde la delincuencia se ha arraigado. A pesar de que, en las zonas urbanas, la presencia policial es moderada incluso baja, sigue siendo más notoria que en las áreas rurales donde en ocasiones la cantidad de patrulleros se reduce a uno para atender un distrito entero.

Por otro lado, la educación es sinónimo de movilidad y progreso social y es una solución a varios de nuestros problemas, pero cuando hay una brecha en la calidad de la educación, se vuelve parte del malestar al no atender correctamente las necesidades de la población. La pandemia de la covid-19 dejo en evidencia estas carencias, ya que la implementación de una educación virtual supuso un reto mucho mayor en zonas rurales que en las áreas urbanas. Esto intensificó las diferencias ya existentes en los conocimientos adquiridos. Por ejemplo, el poseer una computadora es un reto mucho mayor en la zona rural que en las áreas urbanas, según un estudio de la UCR sobre la medición y descomposición de las brechas digitales en Costa Rica, se estima que en las zonas urbanas hay 15 computadoras más por cada 100 habitantes que en las zonas rurales, en otras palabras, en las zonas rurales hay 15 familias que no poseen una computadora lo que dificulta el aprendizaje de sus hijos. El acceso a una computadora solo es una de las innumerables diferencias existentes que hay entre una educación rural y urbana.

Es importante volver a ser ese país que veía un problema y lo solucionaba. Para ello debemos tomar acciones que superen las divisiones geográficas porque la discrepancia en educación, empleo y seguridad crea un ciclo de problemas que a menudo se agravan con el tiempo, y hoy estamos presenciando las primeras consecuencias de ellos. Debemos reconocer que la solución requiere una inversión mayor en educación, creación de empleo y mejoras en la seguridad en aquellas regiones vulnerables. Solo cuando enfrentemos estas cuestiones de manera integral y solidaria podremos avanzar hacia un país donde el “pura vida” sea una realidad compartida por todos, independientemente de donde vivamos.

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