La última invasión y el “héroe de la paz”

» Por Robert F. Beers - Abogado constitucionalista Máster en Ciencias Políticas

Nuestro Congreso, tan presto a las genuflexiones como poco interesado en las verdades históricas o en las urgencias actuales, aprobó otorgar a José Figueres Ferrer el título de “Héroe de la Paz“. Pomposo, y además irónico, considerando que don Pepe es conocido por haber iniciado un movimiento armado y una sangrienta Guerra Civil con saldo de 2 mil muertos. Y, por si fuera poco, por aplastar un golpe de Estado (el “Cardonazo”) y derrotar dos invasiones desde el exterior.

A don Pepe le han llovido reconocimientos en vida y póstumamente (en cuenta el título máximo de Benemérito de la Patria, y la declaratoria del Día de la Abolición del Ejército como feriado nacional, muy recientemente esta última). Pero el afán por inventarse nuevos y rimbombantes títulos ha llevado a darle este tan peculiar a un hombre que siempre fue “de armas tomar” (antes de 1948 le fueron capturados algunos cargamentos con los que esperaba desatar su ansiada revolución). Pareciera que, más que un homenaje, se trata de reforzar el mito nacional del pacifismo a ultranza (un mito que el propio don Pepe habría desmentido gustosamente, quizás acogiendo con su usual sentido del humor esta ocurrencia diputadil).

Rara vez se mencionan las dos invasiones al país desde territorio nicaragüense, que correspondió a don Pepe repeler por la fuerza. La primera tuvo lugar en diciembre de 1948, apenas unos días después del famoso “mazazo” en el actual Museo Nacional. No obstante, uno de los episodios más dramáticos (y desconocidos) iba a ocurrir tiempo después, precisamente hoy hace 66 años.

Con el regreso al poder de Figueres Ferrer en 1953 (esta vez por la vía electoral), desaparecieron temporalmente las tentativas golpistas que salpicaron los años anteriores. Pero la tensa calma vino a romperse en enero de 1955, cuando se supo que en Nicaragua se entrenaba militarmente una especie de milicia, armada y protegida por el dictador Anastasio Somoza García y por otros tiranos del área, como Pérez Jiménez de Venezuela y el temible Trujillo desde República Dominicana, todos los cuales aborrecían a Figueres Ferrer por sus conocidos nexos con los respectivos opositores. La diplomacia costarricense entró en acción enseguida, demandando la intervención de la OEA ante lo que consideraba una inminente invasión. Para agravar el temor, apenas unos meses atrás se había producido un golpe de Estado en Guatemala, con la aquiescencia tácita de los Estados Unidos, desapareciendo así un aliado regional del figuerismo.

Por la tarde del 11 de enero de 1955, un grupo armado se presentó sorpresivamente en Villa Quesada (hoy Ciudad Quesada, capital económica de la región norte), con la intención de desalojar a la Fuerza Pública y adueñarse de la estratégica localidad, cuyo aeródromo era óptimo para la venida de tropas y armas del extranjero. Los pocos guardias de la localidad, sin embargo, opusieron feroz resistencia durante horas.

Aquello fue únicamente el principio: en las primeras horas del 12 de enero, los poblados fronterizos de Puerto Soley y Peñas Blancas fueron invadidos desde Nicaragua por más de 200 milicianos, en su mayoría costarricenses de filiación calderonista y opuestos a Figueres. Esa misma mañana sucedió el incidente más grave: el ataque aéreo a la capital costarricense. Uno de los aviones aportados por los tiranos de Nicaragua y Venezuela ametralló las calles de San José, mientras que también localidades como Turrialba y Grecia sufrieron ataques desde el aire. Otros aparatos también arrojaron bombas o dispararon sobre Liberia y las zonas fronterizas, como apoyo a la fuerza invasora.

Desde luego, el Gobierno solicitó y obtuvo de la Asamblea Legislativa la suspensión de las garantías individuales (única vez que se ha llegado a este extremo desde que está vigente la Constitución de 1949) y movilizó a casi 10 mil voluntarios, además de invocar el famoso Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para exigir la intervención internacional. Por añadidura, ordenó durante dos noches consecutivas suspender el alumbrado público en la capital y las ciudades vecinas. A modo de respuesta, el bravucón “Tacho” Somoza, cuando ya no pudo negar su complicidad con la invasión, retó a Figueres a un duelo individual a balazos.

Para hacer frente a las incursiones aéreas, los costarricenses debieron armar los pesados y torpes DC-3 de la compañía aérea LACSA, pero en pocos días los Estados Unidos entregaron al Gobierno de Costa Rica cuatro cazabombarderos del famoso tipo P-51 Mustang (empleados en la Segunda Guerra Mundial), al simbólico “precio” de un dólar cada uno.

La guerra, sin embargo, no se prolongó. El propio 12 de enero, las fuerzas leales a Figueres recuperaron Villa Quesada, y días más tarde tuvo lugar un decisivo combate en la Hacienda Santa Rosa (casi 99 años exactos después de la célebre batalla contra los filibusteros en el mismo sitio). Triunfaron otra vez las fuerzas costarricenses, aunque con cuantiosas pérdidas humanas (incluyendo a varios periodistas que cubrían el conflicto). Luego de un segundo combate en El Amo, donde los invasores fueron sorprendidos en plena retirada, el conflicto prácticamente llegó a su fin. Una Comisión de la OEA se apersonó para investigar la situación y vigilar la separación de las fuerzas hostiles.

Aquel acto armado tuvo enormes repercusiones dentro y fuera del país. No solo debilitó la imagen del exiliado expresidente Calderón Guardia, a quien se responsabilizó de haberse aliado con potencias extranjeras para invadir suelo nacional y retomar el poder por la fuerza, sino también se acusó a prominentes líderes de la oposición, como el excandidato Fernando Castro Cervantes y el diputado Mario Echandi, de “complicidad” (eso de acusar falsamente de “golpistas” y “antidemocráticos” a los oponentes es más viejo y menos original de lo que parecen creer en el PAC). La acusación contra Echandi, por cierto, provocó el boicot de la oposición a la Asamblea Legislativa durante meses y, al no sustanciarse los cargos, acabó por conducir al acusado, no a prisión como lo deseaban los desorbitados fanáticos del oficialismo, sino a Casa Presidencial en las elecciones de 1958.

En suma, al victorioso don Pepe se le puede atribuir mucho heroísmo, pero no era exactamente un pacifista. Él mismo se mofaba de los militarotes de Centroamérica diciendo que “todos ellos son generales y yo un civil, pero soy el único de todos que ha estado en una guerra“. Despreciativo con los títulos nobiliarios, probablemente se mofaría también del que le pretenden asignar ahora, y hasta les sugeriría burlonamente a los ocurrentes legisladores rebautizar San Ramón o La Lucha como “San Pepesburgo“.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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