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Irán y el riesgo de una política regional errática

» Por Bryan Acuña Obando - Máster en Diplomacia, profesor universitario y analista internacional.

La estrategia regional iraní ha sido descrita durante años como paciente, gradual y asimétrica. Frente a adversarios con superioridad aérea, tecnológica y económica, Teherán construyó una red de aliados armados (proxis) capaces de ejercer presión desde diferentes países de la región como Líbano, Irak, Siria, Gaza y Yemen, en lo que se ha llamado tradicionalmente la “Media Luna chiita”.

Esa forma de arquitectura le ha permitido ampliar su profundidad estratégica sin asumir siempre los costos de una confrontación directa contra ninguno de sus adversarios de la zona. Sin embargo, las recientes acciones de la organización chiita Ansar Allah (hutíes) contra el territorio de Arabia Saudita, así como las amenazas sobre el estrecho de Bab al Mandeb y la extensión de los ataques iraníes hacia el Reino de Jordania plantean una pregunta incómoda pero necesaria: ¿sigue existiendo una estrategia coherente o estamos observando una dinámica regional cada vez más errática por parte de Teherán?

Es importante señalar que no se trata necesariamente de afirmar que Irán haya perdido completamente el control sobre sus aliados, ni de asumir que cada ataque hutí responde a una orden directa del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, en realidad la situación es menos sencilla de explicar porque puede existir simultáneamente coordinación estratégica, autonomía operativa, rivalidad entre agendas y fallas de comunicación. El resultado, desde fuera, es una política que parece oscilar entre la disuasión, la coerción y la provocación, sin que quede claro cuál es el objetivo político alcanzable.

Este llamado Eje de la Resistencia nunca ha sido una estructura equivalente a una alianza militar convencional, debido a que no existe un mando central público que distribuya órdenes precisas a cada organización. Irán proporciona armas, conocimiento técnico, entrenamiento, inteligencia, financiamiento y respaldo político, pero sus socios conservan distintos grados de autonomía y de agenda.

La organización libanesa Hezbolá ha mantenido históricamente una relación mucho más orgánica con Teherán que otras organizaciones. Las milicias iraquíes, por otro lado, combinan lealtades ideológicas, intereses económicos y cálculos partidarios propios. Ansar Allah en Yemen constituye un caso todavía más particular, porque surgió de una dinámica interna yemení anterior a su acercamiento pleno con Irán y gobierna un territorio, administra instituciones y persigue objetivos que no siempre coinciden completamente con la agenda de Teherán.

La dependencia tecnológica y militar de los hutíes respecto a Irán es considerable, pero no convierte a la organización en un instrumento pasivo. Ansar Allah ha desarrollado una identidad política propia, una narrativa revolucionaria local y una estructura de poder interesada en preservar su posición dentro de Yemen. La relación puede describirse mejor como una asociación asimétrica donde Irán aporta capacidades que el movimiento difícilmente podría desarrollar por sí solo, mientras los hutíes proporcionan a Teherán una plataforma estratégica de posicionamiento frente al mar Rojo y Arabia Saudita.

Por esta razón, cuando Ansar Allah intensifica su presión sobre Riad, hay al menos tres explicaciones posibles. Puede estar cumpliendo una instrucción iraní; puede actuar por iniciativa propia; o puede interpretar de manera expansiva una orientación general recibida desde Teherán. La tercera posibilidad resulta especialmente relevante porque permite comprender cómo una red diseñada para ser flexible puede producir resultados contrarios a los intereses de su principal patrocinador.

Las ventajas tradicionales de la guerra por medio de proxis dependen de cierta disciplina. El actor que los patrocine necesita mantener suficiente distancia para negar responsabilidad, pero también suficiente influencia para evitar que el aliado cruce umbrales inconvenientes. Cuando ese equilibrio se rompe, el proxy deja de ser únicamente un activo y comienza a transformarse en un pasivo.

De acuerdo con informaciones recientes, Irán podría haber pedido a los hutíes estar preparados para cerrar la ruta del mar Rojo en caso de que Estados Unidos atacara infraestructura eléctrica iraní. Esto sugiere que Teherán sí considera a Ansar Allah parte de su repertorio de represalias contra Washington. Sin embargo, las posteriores amenazas hutíes contra Arabia Saudita amplían el conflicto hacia un actor que, hasta ahora, tenía fuertes incentivos para mantenerse al margen.

Aquí aparece un elemento de incoherencia, porque si el objetivo iraní es presionar a Estados Unidos sin construir una coalición regional en su contra, involucrar directa o indirectamente a Arabia Saudita es contraproducente ya que Riad había dedicado los últimos años a reducir su exposición en Yemen, normalizar parcialmente sus relaciones con Teherán y concentrarse en su transformación económica. Una reanudación sostenida de los ataques hutíes sobre territorio saudí puede revertir ese proceso y fortalecer la cooperación defensiva del reino con Estados Unidos, Pakistán y otros socios.

Además, la amenaza sobre Bab al Mandeb adquiere una gravedad especial porque Arabia Saudita depende cada vez más de su salida occidental para evitar la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz. La presión simultánea sobre ambos pasos marítimos no constituye solamente una demostración de capacidad iraní; también convierte a Irán y a sus aliados en una amenaza compartida para productores, importadores, aseguradoras, navieras y potencias extrarregionales. Los precios del petróleo ya han reaccionado ante la combinación de tensiones en Ormuz y amenazas hutíes en el mar Rojo.

En este sentido, la política iraní ha obtenido mejores resultados cuando sus adversarios se encuentran divididos que cuando los empuja hacia una coalición directa o indirecta. El gobierno de Teherán puede maniobrar entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, explotar las diferencias entre Washington y sus socios árabes o beneficiarse de la distancia política entre los gobiernos de Riad y Jerusalén, pero los hutíes podrían poner en peligro esa fragmentación.

Sin embargo, un ataque sostenido contra Arabia Saudita no tendría que provocar necesariamente una nueva intervención terrestre saudí en Yemen, ya que el gobierno de Riad ha aprendido de la campaña iniciada en 2015 que la superioridad aérea no garantiza una victoria política, por lo que es posible que busque respuestas más limitadas, basadas en defensa aérea, inteligencia, ataques selectivos y cooperación internacional. Pero incluso en esa perspectiva podría producir un efecto estratégico favorable a los adversarios de Irán, reactivando la percepción de una amenaza común.

El gobierno de Israel también se podría beneficiar de esa situación, porque puede presentarse ante los Estados del Golfo como un socio útil en vigilancia, defensa antimisiles, inteligencia marítima y neutralización de sistemas no tripulados, aunque no haya una alianza formal con otros países importantes del Golfo a través de la cooperación funcional puede avanzar sin necesidad de anuncios públicos.

En ese contexto debe entenderse el valor estratégico que tomaría en ese sentido Somalilandia, donde no sería necesario imaginar una base israelí desde la cual despeguen aviones para bombardear Yemen, pero la posición geográfica sería estratégica desde un punto de vista de inteligencia, acceso a información marítima, vigilancia del golfo de Adén, seguimiento de movimientos próximos a Bab al Mandeb y mayor profundidad en el Cuerno de África.

De este modo se comprende el porqué de que Israel haya reconocido a Somalilandia y distintos análisis vinculan esa decisión con la seguridad del mar Rojo y la posibilidad de controlar los movimientos de enemigos estratégicos mientras a su vez les brinda protección a sus aliados como Emiratos Árabes, Marruecos e incluso Etiopía, sumando por supuesto la estrategia de reconocer al gobierno liderado desde Hargeisa para tener una puerta de entrada a una zona importante en las regiones africanas.

Por tanto, la presión hutí puede estar contribuyendo precisamente a aquello que Irán debería intentar impedir, una presencia israelí más estructurada en el entorno del mar Rojo y una mayor complementariedad entre los intereses israelíes, saudíes, emiratíes y estadounidenses.

De igual modo se podría señalar que los ataques que está emprendiendo Irán contra objetivos estadounidenses en territorio jordano podrían ser no solo contraproducente sino que impulsarían cambios que agravarían su posición estratégica del momento, esto por cuanto Jordania no es un escenario periférico, sino un aliado muy importante de Washington, que comparte frontera con Israel y constituye un espacio de equilibrio entre el Levante, Irak y la península arábiga, y su estabilidad es importante para Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita y las monarquías del Golfo, debido a que funciona como un Estado bisagra (pivot state) en la región.

El reino Hachemita es un país que separa tres grandes espacios geopolíticos con tensiones y conflictos importantes hoy, Israel y los territorios palestinos hacia el oeste, Siria en el norte, Irak en el este, que Jordania se mantenga estable permite que estos conflictos no terminen entremezclados y que no haya tampoco mezclas entre grupos irregulares de estas zonas, no se corten rutas comerciales importantes, y no haya vulnerabilidad en las fronteras de los países que le rodean, actualmente se entiende mejor la razón por la que este país surge en los años veinte del siglo anterior.

Al atacar instalaciones estadounidenses en territorio jordano, Irán no solo confronta a Washington. También coloca a Amán bajo presión y aproxima el conflicto a la frontera israelí. Los ataques recientes causaron la muerte de militares estadounidenses y fueron seguidos por nuevas operaciones norteamericanas contra objetivos iraníes.

Desde la perspectiva iraní, esa acción podría buscar demostrar que ninguna base estadounidense en la región es segura. Pero la utilidad táctica de enviar ese mensaje debe compararse con su costo político, porque Jordania tiene pocas razones para alinearse con Teherán y muchas para reforzar su cooperación con Estados Unidos. Israel, por su parte, puede considerar que la expansión de los ataques iraníes hacia territorio jordano justifica una respuesta más amplia, porque Jordania es parte de la profundidad estratégica de la política de Jerusalén, aunque en este punto, Washington intentaría contenerla para impedir que la guerra escape completamente de control.

Una estrategia coercitiva eficaz debe escoger sus blancos de modo que aumente el costo del adversario sin incorporar nuevos enemigos. Irán parece estar haciendo lo contrario, elevando el costo de Estados Unidos, pero también amenaza a Estados que podrían haber servido como amortiguadores, intermediarios o actores prudentes.

Por otro lado, se encuentra el rol de Pakistán quien ocupa una posición especialmente delicada. Mantiene relaciones funcionales con Irán, compartiendo con ese país una frontera sensible y necesita evitar una mayor desestabilización de la región del Baluchistán que comparten tanto Islamabad como Teherán.

Al mismo tiempo, las relaciones militares y económicas paquistaníes con Arabia Saudita son profundas. El gobierno de Pakistán se ha convertido en uno de los principales canales de mediación entre Estados Unidos e Irán, quien conserva acceso a Washington, mantiene vínculos con Teherán y posee una estrecha relación de defensa con Riad.

De este modo, la escalada hutí perjudica esta arquitectura. Mientras el conflicto permanezca limitado a Estados Unidos e Irán, Pakistán puede intentar actuar como mediador. Si Arabia Saudita es atacada de forma sistemática, Islamabad queda sometido a una presión distinta, porque sus compromisos con Riad y la presencia de personal y medios pakistaníes en el reino reducen su margen de neutralidad.

En este sentido, fuentes pakistaníes han expresado preocupación por el riesgo de verse arrastradas al conflicto después de los ataques hutíes contra Arabia Saudita. El dilema es evidente, el gobierno de Islamabad quiere conservar su papel diplomático, pero difícilmente podría ignorar si Riad solicitara apoyo concreto.

Desde el punto de vista iraní, esto es otra señal de mala calibración, porque el gobierno de Teherán necesita interlocutores capaces de transmitir mensajes a Washington y evitar errores de cálculo, por lo tanto, debilitar la posición pakistaní como mediador reduce sus propias salidas diplomáticas, Irán estaría, en la práctica, comprometiendo uno de los pocos puentes disponibles para una eventual desescalada, lo que se llama popularmente “dispararse en el pie”.

Cabe mencionar que existe una interpretación alternativa, donde la aparente incoherencia podría formar parte de una estrategia deliberada. El gobierno de Irán podría estar intentando saturar a sus adversarios en varios frentes, elevar el precio del petróleo, amenazar simultáneamente Ormuz y Bab al Mandeb y obligar a Estados Unidos a dispersar recursos. Desde esta perspectiva, la incertidumbre no sería un defecto, sino un instrumento de presión.

El problema es que la coerción solo funciona si el adversario conoce las condiciones para detenerla, pero cuando los objetivos son confusos, los ataques se multiplican y los actores involucrados no saben quién controla a quién, la incertidumbre deja de facilitar una negociación y comienza a dificultarla.

El gobierno de Washington puede interpretar una acción hutí autónoma como una orden iraní; Arabia Saudita puede considerar que Teherán incumple cualquier entendimiento previo; Israel puede aprovechar la ambigüedad para ampliar su campaña regional y volver a atacar puntos estratégicos de Irán, aunque de momento prefiere concentrar sus esfuerzos en su campaña de degradación contra Hezbolá en el Líbano.

Además de lo anterior, una estrategia de caos controlado requiere capacidad para cerrar los frentes cuando se alcanza el resultado deseado. No está claro que Irán pueda ordenar a Ansar Allah detener una campaña si la dirigencia hutí considera que continuarla fortalece su legitimidad interna, ni tampoco es seguro que Teherán pueda disciplinar simultáneamente a todos los grupos que operan bajo su influencia.

De esta manera, el concepto de errático no debe confundirse con una acción de irracionalidad, porque Irán puede actuar racionalmente en cada episodio particular y, aun así, producir una política general incoherente. Cada institución iraní puede perseguir un objetivo distinto, donde la Guardia Revolucionaria busque restablecer disuasión, el gobierno liderado (en teoría) por Pezeshkian y Jamenei buscan preservar canales diplomáticos, los hutíes quieren fortalecer su posición regional y otros aliados pretenden demostrar relevancia, de este modo, la suma de esas decisiones racionales puede producir un resultado estratégicamente desordenado.

La consecuencia más inmediata es la sobre extensión. Donde Irán puede perturbar varios teatros, pero no necesariamente controlar su evolución, y esto es porque entre más frentes active, mayor será la posibilidad de una respuesta que exceda sus cálculos iniciales.

El segundo efecto es la consolidación de una coalición informal. Los gobiernos de Arabia Saudita, Jordania, Israel, Estados Unidos, Pakistán y otros actores no necesitan firmar una alianza formal para coordinar defensas, intercambiar inteligencia y proteger rutas marítimas.

El tercero es la pérdida de intermediarios, ya que, si Pakistán debe inclinarse hacia Arabia Saudita y Jordania queda expuesta a ataques, Teherán pierde canales útiles para moderar la confrontación.

El cuarto es la legitimación de la presencia israelí en el mar Rojo, porque la amenaza hutí convierte la cooperación con el territorio de Somalilandia y otros socios africanos en una necesidad estratégica más fácil de justificar, a pesar de lo que puedan opinar Turquía, Egipto y otros actores que no están convencidos de la presencia israelí en el cuerno africano.

Finalmente, la propia arquitectura iraní corre el riesgo de perder credibilidad. Si Teherán controla a los hutíes, aparece como responsable de una escalada contraproducente. Sino queda expuesto como un patrocinador incapaz de disciplinar a sus aliados reduciendo la percepción de su capacidad persuasiva.

Actualmente la política iraní no parece responder a una única lógica centralizada, por lo que es más probable que estemos observando una combinación de coordinación general, autonomía de los aliados, decisiones institucionales fragmentadas y respuestas improvisadas a una guerra en expansión.

Ansar Allah sigue siendo un activo estratégico importante para Teherán, pero su utilidad depende de que pueda presionar sin reunir a todos los adversarios de Irán en una misma estructura de contención. Al amenazar a Riad, poner en riesgo Bab al Mandeb y contribuir a una escalada que alcanza Jordania, la organización yemení puede estar superando ese umbral.

El gobierno de Teherán enfrenta entonces una disyuntiva, donde si persuade a los hutíes para moderar sus acciones, demostraría que conserva influencia y que todavía busca una salida negociada, pero si permite que la escalada continúe, estará apostando por una presión regional cuyos resultados difícilmente puede controlar.

La principal vulnerabilidad iraní ya no sería únicamente la superioridad militar de sus adversarios. Sería la contradicción entre una estrategia que necesita dividirlos y una conducta que está ayudando a unirlos.

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