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Contramarea y 15 años SIFAIS

» Por Maris Stella Fernández Brenes - Presidente Fundación SIFAIS

Cerca de las diez de la noche del 13 de agosto, con el reloj ya jugando en nuestra contra, Malpaís subió el volumen por última vez para cerrar el concierto de los 15 años de SIFAIS (Sistema Integral de Formación Artística para la Inclusión Social). Eligieron una de sus piezas más icónicas: “CONTRAMAREA“. El público la recibió de pie, cantando, eufóricos y el equipo técnico hizo estallar el confeti sobre el escenario justo en el momento exacto. Fue, sin exagerar, uno de los cierres más hermosos que he presenciado en mi vida.

No hubo un discurso, ni una dedicatoria explícita por parte de Malpaís. No había tiempo, había que aprovechar los últimos minutos disponibles con música, antes de que las agujas marcaran las temidas 10:00 p.m. de los conciertos. Fue simplemente la pieza que eligieron para el remate, probablemente por su fuerza y por lo bien que conecta con el público. Pero yo, para mis adentros,  pensé en lo bien que le queda ese título a lo que representó y recapituló toda la dinámica de preparación y realización del Concierto.

Porque ir a CONTRAMAREA es exactamente lo que me pareció que hicimos esa noche, frente a lo que vive el país.

Actualmente vivimos tiempos de una intensa agresividad verbal que a veces cuesta reconocer como propia de nosotros. Costa Rica fue, durante muchísimos años, una especie de burbuja de paz y de concordia dentro de una región mucho más golpeada por la desigualdad. Creo que una de las razones fue que, a pesar de nuestro nombre, nunca fuimos el país más rico de Centroamérica, y esa modestia compartida nos ayudó a construir una clase media fuerte, capaz de sostener una interacción fluida entre personas de distintas condiciones. El hijo del patrón y el hijo del peón iban a la misma escuela, jugaban en la misma plaza, se sentaban en la misma iglesia. A eso, con cierto tono despectivo, algunos lo llamaban “sentirse igualados”. Yo lo veo como una de nuestras mayores riquezas.

Esa característica se ha ido erosionando. La vemos en la política, donde el debate se ha vuelto una sucesión de agravios más que de argumentos. La vemos en las redes, donde el “bullying” cibernético hace que cada vez más gente se sienta insegura, comparada, señalada. La vemos incluso en la manera en que, como sociedad, les exigimos cosas contradictorias a nuestros jóvenes: en algunas instituciones educativas se les prohíben los aretes o los tatuajes, mientras el propio Estado promulga leyes contra la discriminación laboral por tener marcas artísticas en la piel. ¿Qué mensaje reciben los muchachos cuando el criterio cambia según quién lo aplique? Es una pregunta que me hago con frecuencia, y que este concierto de beneficiencia, sin proponérselo, respondió de otra manera.

Uno de los asistentes de esa noche, un diputado que llegó para ver en lo que participaban jóvenes y adultos mayores de su comunidad, lo describió mejor con impactante claridad a la Directora Ejecutiva del Sifais: le dijo que estar ahí, después de los pleitos y las descalificaciones de su trabajo diario en la Asamblea Legislativa, le había hecho sentir como estar en otras épocas del país. Y le confesó su orgullo de ver representado, sobre ese escenario, a un barrio periférico —de esos que ni siquiera aparecen marcados como distrito en un mapa— compartiendo protagonismo con los artistas más importantes de Costa Rica. No hacía falta ser de la capital ni del cantón central para tener un lugar ahí. Bastaba con querer sumar.

En SIFAIS, hablamos de cuatro actitudes cardinales que tratamos de vivir todos los días, y que esa noche se hicieron especialmente visibles: confianza, constancia, locura y ternura. Confianza, porque nada de esto hubiera sido posible sin confiar en el otro, en que la ayuda prometida llegaría, en que quien decía “sí” a último momento realmente cumpliría. Constancia, porque estas cosas no se logran en un arrebato: se logra sosteniendo, año tras año, comunidades que no siempre dan resultados visibles de inmediato. Locura, porque plantearse metas altísimas —llevar una orquesta nacida en un precario a uno de los escenarios más grandes del país— requiere cierta dosis de desafío a lo razonable. Y ternura, porque la manera en que tratamos a cada persona que llega a SIFAIS parte de una convicción muy simple: el otro podría ser yo, podría ser mi hijo, podría ser mi hermano, y merece que lo tratemos así.

Esas cuatro actitudes son, en el fondo, una forma deliberada de ir a CONTRAMAREA. Contra la desconfianza generalizada, elegimos confiar. Contra la volatilidad de criterios que tanto confunde a nuestros jóvenes, elegimos sostener los mismos valores durante quince años. Contra el cálculo frío de lo razonable, elegimos la locura de soñar en grande. Y contra la dureza de corazón que se ha ido instalando en tantos espacios de nuestra vida pública y digital, elegimos la ternura como método de trabajo, no como debilidad.

Quizás por eso, cuando pienso en el cierre de esa noche —el confeti cayendo sobre doscientas treinta personas en el escenario, el público de pie, la última canción resonando en un Parque Viva que por unas horas se sintió como el país que quisiéramos ser todos los días— no puedo evitar quedarme con esa palabra. CONTRAMAREA. Viéndolo desde un costado del escenario, quien no pudo dejar de sentirlo así. Y sigo pensando que, si fuéramos capaces de sostener un poco de esa CONTRAMAREA también fuera de un concierto, tal vez podríamos empezar a recuperar algo que se nos ha ido escapando entre las manos.

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