Disentir sin odiar: Vivamos la democracia

» Por Gabriel Jiménez Benavides - Estudiante de Relaciones Internacionales

Izquierda contra derecha. Conservadores contra progresistas. Nacionalistas contra globalistas. Las trincheras de la política se caracterizan por siempre estar marcadas, pero últimamente, muchos factores se han encargado de convertir cada discusión en una guerra. Esto no solo a nivel país, sino también de manera global. Lo que antes eran diferencias de opinión hoy se sienten como pruebas de lealtad; si no estás conmigo, estás contra mí. Amistades de años se pueden enfriar, familias se dividen y hasta vecinos dejar de saludarse, todo porque el otro “piensa distinto”. En medio de este ruido, parece que hemos olvidado una verdad básica: las ideas cambian, pero las personas son y valen más que una ideología o una papeleta de voto.

La polarización ha llegado a un punto en el que ya no debatimos políticas públicas, sino identidades. La política dejó de ser un intercambio de ideas para convertirse en una marca existencial: cada postura se defiende como una bandera y cada desacuerdo se vive como una traición. Opinamos no solo sobre leyes o programas, sino sobre quiénes somos, qué creemos y a quién consideramos digno de nuestra cercanía. En este escenario, el debate se transforma en un choque de trincheras donde el objetivo no es comprender, sino derrotar al otro. Así, una broma, un comentario casual o un simple post en redes puede convertirse en el detonante de conflictos que no se resuelven con argumentos racionales; sino con silencios, resentimientos, hostilidad permanente y, en el peor de los casos, rupturas irreparables entre amigos y familiares.

Las discusiones políticas ya no se limitan a parlamentos, foros académicos o debates televisivos; se han instalado en salas de estar, chats familiares, reuniones sociales, pasillos universitarios y espacios de trabajo. Lo que debería ser un intercambio natural de perspectivas se convierte en un examen de pureza ideológica, donde cada palabra es analizada y juzgada. En ese ambiente, hablar se vuelve riesgoso y callar se siente como rendirse. Una cena familiar puede transformarse en un campo de batalla silencioso; amigos de años evitan ciertas conversaciones o desaparecen de la vida del otro; el compañerismo se vuelve recelo y la cercanía, distancia emocional. Así, la polarización filtra la política en lo más íntimo y transforma espacios que deberían ser refugio en escenarios de alerta constante, dejando cicatrices invisibles que no siempre se ven, pero que duelen igual.

Todo eso no tiene por qué ser así. Disentir no debería ser sinónimo de enemistad, ni opinar distinto una causa para despreciar a alguien. La diversidad de ideas es inevitable, y aprender a convivir con ella debería ser un ejercicio de respeto y madurez. Podemos mantener nuestras convicciones sin permitir que definan nuestra capacidad de escuchar, comprender o seguir valorando a quienes nos rodean. No se trata de ceder, sino de reconocer que las personas son más que su postura política, y que una relación vale más que un debate ganado.

Al final del día, la política debería servir para organizar sociedades, no para fracturar corazones. Si permitimos que siga erosionando nuestras relaciones (desde las más cercanas hasta las más circunstanciales) perderemos mucho más que una contienda electoral: perderemos la capacidad de convivir con dignidad en medio de nuestras diferencias. No podemos aceptar que una preferencia política determine quién merece nuestro respeto o nuestro afecto. Aprender a disentir sin odiar es un acto de inteligencia emocional y de humanidad; un recordatorio de que, más allá de los partidos, los votos y los debates, las relaciones interpersonales son un tesoro frágil que vale la pena proteger

Y esta reflexión no es menor en un momento como el actual. Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, cuando el ruido político lo invade todo, vale la pena hacer una pausa y recordar que vivimos en un país donde aún podemos disentir, elegir y expresarnos en libertad.

Este domingo 1.º de febrero salgamos a votar, no con miedo ni con odio, sino con la convicción de que la democracia es una bendición que merece ser vivida, saboreada y cuidada. Millones de personas alrededor del mundo lamentablemente no tienen esa posibilidad: no pueden elegir, ni opinar. Nosotros sí. Y ese privilegio conlleva una responsabilidad.

¡Que viva Costa Rica!

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