Edicto

Yo MARIA CECILIA BONILLA GAMBOA, número de identificación 1-0329-0230, solicitante del Certificado de depósito a plazo, emitido por el BANCO NACIONAL DE COSTA RICA, oficina de SAN PEDRO MONTES DE OCA, que se detalla a continuación:

Tipo de título (CDP o cupón): CUPON
Número de título valor: 400-02-080-129313-1
Monto: $18.70
Fecha de emisión: 26/07/2024
Fecha de vencimiento: 28/07/2025

Título(s) emitido (s) A LA ORDEN, a una tasa de interés del 3.66 %.
Solicito reposición de este documento por causa de EXTRAVIO.

Se publica este anuncio por tres veces consecutivas para oír reclamos de terceros, por el
término de quince días.

Emitida en SAN PEDRO, el 29 de julio del 2025.
BANCO NACIONAL DE COSTA RICA

Código: RE01-PR29CP01

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Copa del Mundo 2026

Cuatro horas antes de la final: la caminata que me explicó por qué el fútbol en Argentina es una religión

Sabíamos que Buenos Aires respiraba fútbol. Caminar sus calles, sin embargo, es descubrir que aquí el balón no solo se juega en una cancha: también vive en los murales, en las conversaciones y en cada esquina de la ciudad. Foto: Ferlin Fuentes / ElMundo.CR
Sabíamos que Buenos Aires respiraba fútbol. Caminar sus calles, sin embargo, es descubrir que aquí el balón no solo se juega en una cancha: también vive en los murales, en las conversaciones y en cada esquina de la ciudad. Foto: Ferlin Fuentes / ElMundo.CR

Buenos Aires, Argentina.Hoy es el día, vamos a vivir esto.

Un padre caminaba junto a sus tres hijos rumbo al Obelisco. Los cuatro vestían la camiseta albiceleste, gorros celestes y blancos que apenas alcanzaban para combatir el frío del invierno porteño. No hablaban fuerte. No cantaban. Simplemente caminaban. Como quien va hacia un lugar donde sabe que ocurrirá algo que recordará toda la vida.

Eran las diez de la mañana. Faltaban cuatro horas para que Argentina enfrentara a España en la final de la Copa del Mundo 2026.

Mi caminata comenzó a unos 800 metros del Obelisco, desde la avenida Chacabuco. El destino era evidente. Bastaba con seguir el flujo de camisetas celestes y blancas que, poco a poco, iba creciendo hasta desembocar en la avenida 9 de Julio.

Fue entonces cuando entendí que Buenos Aires no estaba despertando para un partido de fútbol.

Estaba entrando en un ritual.

El cielo permanecía completamente gris. Caían pequeños chubascos intermitentes que humedecían las hojas de los árboles sobre las aceras. La temperatura rondaba los diez grados, aunque la sensación térmica parecía mucho menor. El invierno obligaba a buscar refugio en un café humeante acompañado de una medialuna recién salida del horno.

Mientras tanto, en las parrillas comenzaba a sentirse otro aroma imposible de ignorar.

El carbón.

Ese olor que en Argentina parece formar parte de la identidad nacional. El humo del asado invadía las esquinas, mezclándose con el café y con el aire frío que recorría la ciudad. Todo parecía recordar que el domingo también era una excusa para reunirse alrededor de una parrilla, aunque esa tarde el verdadero banquete sería noventa minutos después.

Cada cuadra ofrecía una nueva evidencia de que aquí el fútbol no es únicamente un deporte.

Es cultura.

Es memoria.

Es identidad.

Los murales lo confirman. Los grafitis también. Las paredes hablan constantemente de Diego Armando Maradona y de Lionel Messi. No existe una sola cuadra donde alguno de los dos no aparezca observando a los transeúntes desde un edificio, una persiana o un muro.

Messi representa el presente glorioso.

Maradona sigue siendo una presencia cotidiana.

Horas después, esa sensación volvería a confirmarse en el restaurante El Desnivel, en San Telmo.

Un mesero de 45 años, mientras atendía las mesas, me sonrió cuando escuchó mi acento extranjero.

—No me llamo Diego por casualidad.

Después agregó algo que resume buena parte del sentimiento argentino.

—Amo a Maradona. Acá sigue vivo. Messi es Messi, nadie lo puede negar, lo queremos mucho. Pero Diego es Diego.

No hizo falta que explicara más.

Buenos Aires ya lo había explicado durante toda la mañana.

Mientras avanzaba por Corrientes rumbo al Obelisco, el movimiento comenzaba a transformarse. La cantidad de personas aumentaba conforme disminuía la distancia con el corazón de la ciudad.

También aparecía otro protagonista silencioso.

La Policía.

Las patrullas empezaban a ocupar posiciones alrededor del Obelisco. El operativo de seguridad tomaba forma mientras los comercios hacían lo propio. Muchos locales instalaban barreras metálicas frente a sus ventanales, anticipando una celebración que todos esperaban multitudinaria y que, como toda celebración de semejante magnitud, también podía traer excesos.

La ciudad se preparaba para cualquiera de los dos finales posibles.

En las calles predominaba una sensación más cercana a la ansiedad que al nerviosismo.

Los argentinos respetaban a España. Reconocían el fútbol que había mostrado durante el torneo, pero también repetían una idea que escuché más de una vez.

“Si llegamos hasta aquí y le ganamos a Inglaterra, ya este equipo nos dio una alegría enorme.”

Había ilusión.

Había confianza.

Pero, sobre todo, había agradecimiento.

Eso me sorprendió.

Esperaba encontrar únicamente una ciudad obsesionada con ser campeona del mundo.

Encontré una ciudad orgullosa de su selección incluso antes de conocer el resultado.

Como costarricense, inevitablemente comparé esa escena con la manera en que vivimos el fútbol en nuestro país.

Costa Rica también ama este deporte.

Lo celebra.

Lo discute.

Lo convierte en tema nacional.

Pero en Buenos Aires descubrí una dimensión distinta.

Aquí el fútbol aparece en los murales, en la publicidad, en las conversaciones de café, en el nombre de los restaurantes, en las camisetas de los niños y hasta en la identidad de quienes nunca conocieron personalmente a Maradona, pero hablan de él como si todavía caminara por estas mismas calles.

Cuatro horas antes del pitazo inicial, el partido todavía no había comenzado.

Y, sin embargo, Buenos Aires ya estaba jugando su propia final.

Ese día entendí que Buenos Aires respira fútbol segundo a segundo. Que aquí una Copa del Mundo no paraliza una ciudad: simplemente le permite mostrarse tal y como es. Una capital donde Diego sigue viviendo en las paredes, Messi en la espalda de miles de aficionados y el fútbol en el corazón de prácticamente todos los que caminan por sus calles.

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