Bad Bunny no solo hizo historia en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, sino que convirtió el escenario más poderoso del entretenimiento estadounidense en un acto político, cultural y simbólico que incomodó directamente al presidente Donald Trump.
Desde el primer segundo, el artista puertorriqueño dejó claro que su presentación no sería complaciente. Apareció cantando “Tití me preguntó”, recorriendo el escenario con un balón de fútbol americano entre los brazos. No era un accesorio cualquiera: cuando Benito Antonio Ocasio Martínez lo mostró a cámara, se leyó con claridad el mensaje escrito en letras blancas:
“Together We Are America”
(Juntos somos América).
El gesto no fue casual ni aislado. Fue el eje de una puesta en escena que reivindicó a Puerto Rico, a los migrantes, al español y a América como continente, no como sinónimo exclusivo de Estados Unidos.
Un mensaje directo en tiempos de odio
Durante los últimos meses, Donald Trump había lanzado dardos contra Bad Bunny y contra el mundo latino, en medio de su retórica de deportaciones masivas, la oficialización del inglés como idioma del Estado y una política migratoria cada vez más agresiva.
Bad Bunny respondió desde adentro, en la casa del poder simbólico estadounidense.
El mensaje de unidad se repitió durante todo el show:
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Un letrero gigante proclamaba que “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
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Familias completas, parejas y comunidades latinas bailaban juntas.
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El español dominó el escenario del Super Bowl como nunca antes.
El momento más contundente llegó cuando el artista dijo “God bless America”, para inmediatamente después enumerar uno por uno los países del continente, dejando claro que América no termina en la frontera estadounidense.
Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica…
América entera.
Un mensaje que Trump no toleró
La reacción no tardó. Donald Trump calificó el espectáculo como “terrible”, confirmando que el objetivo estaba cumplido. El boricua había logrado lo impensable: politizar el Super Bowl sin pedir permiso, hablando solo en español y usando símbolos que cuestionan directamente la narrativa oficial del trumpismo.
No era la primera vez. En el videoclip “NuevaYol”, Bad Bunny ya había ironizado sobre un Trump arrepentido, corrigiéndose al hablar de “América” y reconociendo que el continente es mucho más amplio que Estados Unidos.
Puerto Rico, identidad y resistencia
El show fue una odisea visual y emocional entre el Viejo San Juan y Nueva York: palmeras, cañas de azúcar, partidas de dominó, barberías, licorerías, mercados, boxeadores, abuelitos, niños dormidos como en una boda latina real.
La icónica Casita reunió a figuras como Karol G, Jessica Alba y Pedro Pascal, mientras la música transitaba desde el reguetón primigenio hasta la salsa y los arreglos orquestales.
El espectáculo incluyó:
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Lady Gaga, en clave salsera.
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Ricky Martin, cantando Lo que le pasó a Hawaii, una crítica a la gentrificación.
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Un homenaje al reguetón fundacional con La gasolina y Dale Don Dale.
Y un momento profundamente político: Bad Bunny entregó uno de sus premios Grammy a un niño, en clara alusión a Liam Conejo, menor detenido por el ICE y convertido en símbolo del drama migratorio.
El cierre: touchdown por América
El broche fue perfecto. Con el balón en la mano, rodeado de bailarines con banderas de todos los países, Bad Bunny selló su mensaje definitivo.
El cuero decía lo mismo que el estadio entero había escuchado durante 13 minutos:
“Juntos somos América”.
En un país donde el presidente busca expulsar migrantes y reducir la identidad latinoamericana, Bad Bunny bailó, cantó y habló en español como acto de resistencia.
Trump lo odió.
El mundo latino lo entendió.
La historia quedó escrita.