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¡Vivas, las queremos y las necesitamos vivas, y con sus sueños a todo motor!

» Por Shirley Díaz Mejías – Diputada de la República

Lamento, desde el fondo de mi alma, los recientes femicidios. Ninguna mujer sobra en este país, ni en el mundo. Las queremos vivas, dueñas de sus sueños y sus destinos, creciendo y desarrollándose en un ambiente de paz y tranquilidad.

En Costa Rica, desde el 2007 que se promulgó la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres (LPVcM) hasta hoy, más de 330 mujeres han sido víctimas de este flagelo.

Según datos de Fiscalía de Violencia de Género, este año hasta el mes de octubre, se han dado 20 femicidios, y 122 tentativas de femicidio.

Cada mujer que muere a manos de su pareja o expareja, es una mujer que no atendimos debidamente cuando todavía estábamos a tiempo. Cada femicidio, habla de nosotros como una sociedad que parece ir en rápida descomposición sin que los recursos para evitarlo sean eficientes o, peor y más triste aún, sean importantes.

El día en que la injusticia nos importe lo suficiente como para movilizarnos para evitarla, ese día podremos detener muchos femicidios, porque reaccionaremos a tiempo, denunciaremos a tiempo y cerraremos filas con las víctimas potenciales, también a tiempo.

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Entenderemos que detrás de cada mujer cuya vida es truncada, hay una historia, sueños, familia, amigos que son sumidos en un vacío de depresión y tristeza, y eso son lutos que con suficiente solidaridad, podríamos evitar. Es cuestión de que nos sensibilicemos debidamente.

Hoy más que nunca es claro que la Educación para la Paz no es una opción, es una obligación, pues aparte de que los principios para una convivencia pacífica son un imperativo legal,  nuestro reto es  ahora conseguir que el derecho formal de vivir en paz, se convierta en un derecho real, en una cultura, en una forma única de vida.

Además, cuando educamos para la paz educamos también en valores, y así es como también la justicia, la democracia, la solidaridad, la tolerancia, el respeto, la cooperación, el amor a la verdad, acaban sumándose, abriendo la oportunidad para el fomento de actitudes más sanas y, por tanto, más generadoras de bienestar individual y social.

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Como resultado de lo anterior, el sano relacionamiento, la construcción de feminidades y masculinidades sanas y con herramientas para el crecimiento en pareja, y para fomentar el amor y el respeto en el seno del hogar, se comienzan a consolidar.

Educar en valores y en una cultura de paz, es un ejercicio transversal pues la educación para la paz logra la adquisición de destrezas para armonizar lo personal (educación moral, sexual y de la salud) lo social (educación vial, del consumidor e intercultural) y lo ambiental (educación ambiental).

Debemos entender que esto es realmente una forma de vida y que su impulso empieza en los hogares y continúa en los centros de enseñanza, en las oficinas, en los buses y en cualquier espacio de interacción donde se nos presente la oportunidad de comunicarnos desde la consideración y las buenas maneras.

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Espero que la marcha del próximo 24 de noviembre, sea la ocasión para reflexionar sobre los espacios que todos llenamos, que son importantes todas y todos, y que nadie sobra, ni sobrará. Si hacemos de la cortesía la norma de intercambio y de vida, podremos ser una sociedad mucho más edificante y, por consecuencia, más solidaria y más próspera.

Más que la marcha, comprendamos nuestro importante papel en la construcción de un mejor país, para nosotros y para nuestros hijos.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

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