Noventas II

1997 fue un buen año. Es cierto que Soda Stereo se desintegró y es cierto que se estrenó el Titanic. Pero en la radio y en MTV pasaban canciones de El equilibrio y del Ok Computer. 

Tal vez se trata solamente de un asunto perspectiva: desde el 2022 cualquier cosa, excepto el futuro, luce maravillosamente mejor. Sin embargo, estoy convencido de que, en un sentido estrictamente vital, 1997 fue un buen año. 

Nuestra banda, que al principio se llamó Karma y luego Greco, dio su primer concierto justamente en 1997. 

Era, más o menos, abril. 

O al vez mayo. 

Todavía no habían entrado las lluvias. 

Fue una suerte de concierto en Apple Records pero sin esa espectacularidad impostada de Los Beatles. Tocamos en el corredor del cole, de cara a la cancha de fútbol, al lado de la soda. Una tarde soleada, espléndidamente cartaga. 

En 1997, también, conocí a César Vallejo, a Stanislaw Lem, a Borges y a Eugène Marais: un formidable naturalista afrikáner que escribió sobre termitas y primates. 

Tal vez fue por un tema hormonal. 

Tal vez fue por la música. 

Tal vez fue por un tema de orden místico, cósmico. 

O tal vez fue, simplemente, un asunto de modas y de camisas del Che. 

La cosa es que en una mañana de 1997, mientras vagabundeaba con mi amigo Manuel, le dije: “Mae, yo creo que yo soy comunista”. Y Manuel me respondió con un “¡Mae! Yo también”. 

Y luego, por supuesto, vino el irrespeto por la propiedad privada. 

Todos tuvimos ese compañero con sudadera negra, talentoso, buena nota,  extremadamente tímido, que jugaba ajedrez.  

Esa fue nuestra primera víctima: le robamos el libro de texto de Estudios Sociales. 

Otra vez, mientras los del 10-B hacían Educación Física, usurpamos un par de calculadoras científicas. No habían pasado dos semanas y ya habíamos  montado una red de distribución de calculadoras “de segunda”. En ese tiempo solo existían dos coles privados en Cartago: el Miravalle y el Volio. Pablo, Joaquín, Douglas y yo expropiábamos calculadoras a los compañeros del Volio y Diego, nuestro amigo del Miravalle, las “colocaba” allá.  Supimos luego que Marco, otro de nuestros amigos del Miravalle, terminó usando una de esas calculadoras. Cabe decir que Marco hoy es un notable ingeniero que diseña satélites y vive en Holanda. Es decir, el éxito profesional de Marco, de cierto modo, se forjó a partir de nuestros modestos golpes anticapitalistas. 

Debo aclarar que nuestro paso por el hampa fue, por lo demás, breve. O sea,  para cuando Silvio estaba grabando el Descartes, allá en 1998,  ni Pablo ni Joaquín ni Douglas ni yo manteníamos lazos muy estrechos con lo ajeno. 

Años después, cuando mi vida dejó de ser un ida y vuelta entre la Carlos Monge y la soda de Sociales, dejé de creerme comunista y, naturalmente, recuperé aún más el respeto por la propiedad privada. 

Decía Tres Patines que mientras en el mundo exista una ganzúa y una pata de chancho, el hijo de Mamita nunca pasará hambre. Lo cierto es que el robo es una categoría truculenta. Cuando un comunista roba, se le llama expropiación. Cuando un millonario roba, se le llama cleptomanía o elusión fiscal. Y cuando un grupo de adolescentes de 1997 roban calculadoras en un cole privado, entonces, se le llama nostalgia.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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