Mi perspectiva de Costa Rica como un centroamericano más

Como migrante salvadoreño que reside en Estados Unidos, he pasado la mitad de mi vida en el país norteamericano, pero las experiencias vividas, así como la calidez de la gente, el idioma, la comida y sobre todo la familia, han marcado mi vida tan profundamente como para mantenerme conectado a mis raíces. Durante la licenciatura descubrí que podía dirigir mis estudios y profesión hacia lo que me apasionaba, que era el conocimiento de la región centroamericana, y así fue como descubrí a la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA), que me abrió las puertas para cursar la Maestría en Relaciones Internacionales y Diplomacia.

Mi experiencia en la UNA ha sido más que agradable por la calidez de mis compañeros y el profesionalismo de mis docentes, que puedo decir que ahora me siento “un tico más”. En algún sentido se puede decir que soy producto del poder blando de la diplomacia y paradiplomacia costarricense.

Como parte de ese trabajo que ha venido haciendo bien Costa Rica, quiero recordar la importancia del país en la resolución de los conflictos en la región centroamericana durante los ochenta y en específico, mi país de origen, El Salvador.

Mientras los países de Guatemala, El Salvador y Nicaragua se enfrascaban en conflictos internos y guerras civiles, Costa Rica vivía una relativa paz.

Ahora bien, que Costa Rica no tuviera conflictos internos no significaba que la situación en los vecinos del norte le fuera indiferente, al contrario, los afectaba indirectamente en asuntos como en el flujo de refugiados, decrecimiento económico por la falta de intercambio comercial, y en la parte humana, el ver que sus hermanos centroamericanos se desangraban.

Antes de Costa Rica, el Grupo Contadora (Colombia, México, Panamá y Venezuela) intentó mediar en la situación de Centroamérica, pero desafortunadamente sus esfuerzos no fructificaron como se esperaba. De allí que el presidente costarricense don Óscar Arias, en 1987, ante los presidentes de El Salvador, Guatemala y Nicaragua, en San José, retomó la iniciativa de promover la paz a través de la propuesta “Una Hora para la Paz” que se terminó concretando en los Acuerdo De Esquipulas II, el 7 de agosto de 1987, y que ahora son conocidos como el Plan Arias.

Esa ardua labor nació de un hombre visionario que le valió el Premio Nobel de la Paz. No se puede dejar de recordar sus formidables palabras dichas en Oslo:

“La paz es un proceso que nunca termina, es el resultado de innumerables decisiones tomadas por muchas personas en muchos países. Es una actitud, una forma de vida, una manera de solucionar problemas y de resolver conflictos. No se puede forzar en la nación más pequeña ni puede imponerla la nación más grande. No puede ignorar nuestras diferencias ni dejar pasar inadvertidos nuestros intereses comunes. Requiere que trabajemos y vivamos juntos”.

Sin embargo, no cabe la duda que detrás de él estaba un equipo diplomático con la misma visión y cualidades para escuchar, disuadir, mediar y sobre todo con mucha paciencia para dialogar con las partes que, por muy distantes que parecieran, al final decidieron ceder a la buena voluntad de personas con oficio y vocación por la paz de la región.

Esa disposición de muchos costarricenses por trabajar en la resolución de un conflicto de la región dio su fruto años más tarde en la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec, México, donde los representantes del gobierno de El Salvador y del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), pusieron fin a 12 años de conflicto ante los representantes de muchos países hermanos, entre ellos Costa Rica.

Los costarricenses se deben sentir orgullosos por ese hermoso logro y corresponder al legado que hizo y se sigue forjando a través de la diplomacia costarricense a nivel mundial.

Considero que la vida no se equivocó conmigo al llevarme a esta casa de estudios (UNA), porque me siento afortunado al tener un grupo de profesores con vasta experiencia en la diplomacia, que me hacen saber el porqué de los logros costarricenses y sus vocaciones con las que siguen dando de qué hablar positivamente y ayudando al mundo a ser un lugar mejor.

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El autor es salvadoreño radicado en Estados Unidos. Graduado en ciencias políticas por la Universidad Estatal de California, East Bay, actualmente es estudiante de la maestría en Relaciones Internacionales y Diplomacia por la Universidad Nacional de Costa Rica.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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