Columna Cantarrana

Más romería y menos poesía

José Daniel Gil alguna vez se refirió al tema. Hablo, pues, de aquel asunto de que en el culto a la Virgen de los Ángeles residen los móviles de una protonacionalidad costarricense. O sea, que en el culto a la Virgen de Los Ángeles aparecen indicios de una suerte de identidad que trasciende los regionalismos provinciales. 

Dicho en dos patadas: que el “ser costarricense” (si es que existe tal cosa), definitivamente, tiene que ver con La Negrita y con la romería.  

Es cierto que el mismo Gil replanteó ulteriormente sus consideraciones y estimó, incluso, que se trataba de un asunto que merecía matices. Pero, por otro lado,  no podemos negar que algunas de sus consideraciones resultan, por decir lo menos, sugerentes: el bachiller Osejo, que vendría a ser una suerte de liber-progre de la época, compuso obras en honor de La Negrita.

Hablamos de Rafael Francisco Osejo. 

Un liberal en serio. 

Un hombre cultísimo. 

Un tipo extraordinariamente brillante. 

No hablamos de Paola Vega revolucionaria y perezosamente sentada durante toda la homilía del 2 de agosto. 

Juan José Saer decía que el poder de la poesía no es una ilusión y que para creer en su poder, necesariamente, hay que creer primero en los hombres. Me parece que pasa algo parecido con los milagros de la Virgen de los Ángeles: solo un obtuso permanece indolente ante el peregrinar de millones de personas que suben cerros y cruzan ríos hasta llegar a la Basílica. O dicho de otro modo: solo alguien que no cree en los hombres puede ignorarlos. 

Ahí están y son tan concretos como una hemorragia. 

Hace un año caminé desde San Pedro hasta Cartago con dos de mis amigos de la vida. Teníamos varias décadas desde la última vez que hicimos la romería juntos. 

Miento si digo que el nuestro fue un peregrinar riguroso,  fervoroso. 

No íbamos rezando. 

No íbamos en actitud contrita. 

Caminábamos y ya. 

Nos quejábamos, de vez en cuando, de dolores y fatigas. 

Descansábamos. 

Merendábamos. 

Y nos reíamos muchísimo. 

Quienes me conocen saben que no soy precisamente un eremita. Pero sospecho que ese caminar, ese descansar, ese merendar y ese reír con mis amigos se parece mucho al Evangelio y se parece mucho a eso que entendemos como el “ser costarricense”. 

O al menos eso quisiera pensar. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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