Columna Cantarrana

Los nuevos insectos

Si el pensamiento humano no es materia ni es energía, ¿cómo es posible que, desde que existe, el mundo físico haya experimentado tantísimas transformaciones? 

Richard Sennett menciona que, a menudo, algunos trabajos que consideramos “manuales” son más “intelectuales” que aquellos de suyo reconocidos como tales. Pienso, por ejemplo, en uno de esos ebanistas a punto de la extinción que transforman la áspera madera con su pensamiento, sus manos y sus herramientas. Y pienso, como contrapunto, en el Project Manager que aparece de vez en cuando en los chats para tirar un lacónico e insignificante “¿Y cómo les ha ido?”. 

Es de sobra conocido que existe una buena cantidad de prejuicios respecto al papel de eso que conocemos como el trabajo intelectual y, sobre todo, de eso que conocemos como los intelectuales. La más extendida, quizás, sea esa idea del intelectual en tanto pensador clásico con capacidad de llegarle a las audiencias, profundizar más allá del comentario casual y, con suerte, contribuir a transformar la realidad. 

Se trata de una idea que, por lo demás, se funda en la dudosa oposición entre trabajo intelectual y manual. Pero, también, es otra cosa: se trata de una consideración que parte de la sospecha de que ese actor social, el intelectual, tan solo pudo existir en esa breve primavera que va del caso Dreyffus al caso Rossenberg. O sea, un actor social delimitado por la movilización de la opinión pública para salvar una vida y la escena atroz de dos esposos achicharrados en la silla a despecho de clamores y sesudas reflexiones. 

W.O. Stapledon, que no era precisamente un mae de derechas, insistía en que los intelectuales “deben” alejarse de la palabra urgente en los momentos de crisis. Se basaba, por supuesto, en esas premisas que conciben al “intelectual” como la voz prudente de la sociedad. 

Una suerte de autocrítica de la autoconciencia, si se prefiere. 

O dicho de otro modo: un Project Manager que se levanta de su escritorio para preguntarle a la sociedad “¿Y cómo les ha ido?” y luego lanza sus admoniciones y sus reproches desde su relativo confort. 

Al igual que David Cooper y los antipsiquiatras que deliraban junto a los pacientes, al igual que los rabiosos y acongojantes personajes que comentan con palabras soeces en las publicaciones de la prensa sensacionalista, creo que bastante falta nos hace que eso que entendemos como “intelectuales” se ensucien la ropa con burucha y se astillen las manos como los remotos ebanistas que transformaron la madera a punta de formones y cepillos y serruchos.

Hace falta, cuando menos, que hablen desde el deseo y el corazón. Por lo menos así podrían diferenciarse un poco de los anodinos compendios de obviedades que genera ChatGPT y buena parte de los analistas y profes de la U. 

Edmond Perrier decía que en la era mesozoica, bajo condiciones climáticas muy favorables, tuvo lugar el gran desarrollo de los insectos y la aparición en ellos de facultades intelectuales elevadas. Y decía que nosotros hoy observamos apenas restos hereditarios de esas facultades: observamos, si se quiere, una inteligencia fosilizada. 

Perrier, además, mencionaba que, de alguna manera, la inteligencia se retiró poco a poco de los insectos dejándoles solamente el programa que se había establecido, el algoritmo que la máquina hoy ejecuta. 

Quizás no estamos muy lejos de eso. 

Quizás no se pueden dar por imposibles ciertas regresiones culturales, cierta degeneración del espíritu humano. 

Quizás no es necesario detenerse en los soviets o en los congresos del Partido Comunista Cubano o en los chats del Frente Amplio para constatar que, también, hay una suerte de inteligencia fosilizada, gregaria, insectil en los humanos de hoy. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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