El dolor del pueblo venezolano desgarra a una comunidad internacional en medio de una crisis humanitaria en la que todos estamos llamados a ayudar. Es nuestro deber solidarizarnos con un pueblo hermano que ha sufrido tanto y no se encuentran palabras ideales para consolar a quienes lloran una catástrofe de dos recientes terremotos de gran envergadura.
Con genuino respeto y honesta solidaridad con las víctimas y sus familias, expreso mi deseo de que se levanten de los escombros y que su resiliencia, Dios mediante, les permita salir adelante. Milagros van y vienen por medio de cada rescatado, de cada extracción, de cada curación en hospitales, de cada atención de auxilio y de cada corazón que sigue luchando por vivir.
Entre las primeras lecciones de la tragedia están nuestra vulnerabilidad frente a la naturaleza y que una situación como la vivida en Venezuela de dos sismos tan fuertes y sus réplicas resultan en una emergencia casi imposible para atender a cualquier estado por sí solo. La respuesta de miles de rescatistas y ayuda internacional enviados por decenas de países – incluido Costa Rica -, trabajando hombro a hombro países aliados y enemigos del régimen venezolano, nos hacen recordar que hay una obligación de ayuda al prójimo más allá de colores políticos, ideologías, discursos y hasta intereses, al final somos todos parte de una aldea global y nos necesitamos mutuamente.
Otra lección es la que da el presidente Bukele y El Salvador, quien hace honor a su nombre. Así como mandó a sus unidades de rescate en las inundaciones de Guanacaste y en el Pacífico Sur de Costa Rica en forma récord, la forma de política exterior salvadoreña mediante una cooperación internacional efectiva es muy evidente, aplaudida y destacada. Más allá de la propaganda en redes sociales para cada país que manda rescatistas y que realiza operaciones en terreno venezolano, es de destacar el esfuerzo salvadoreño, que es una nación grande y que da pasos de gigante en el tema geopolítico. Estoy casi seguro que si se hiciera una consulta popular en Latinoamérica si desea que Bukele sea el gobernante de su país, muy probablemente arrasaría el sí.
En otro sentido, una lección que Costa Rica no puede olvidar es que muchas veces Venezuela nos ha tendido la mano y es imperativo ser agradecidos y solidarios. Los que pintamos canas sabemos que en 1978 Venezuela y Panamá mandaron fuerzas armadas a nuestro territorio para defender la soberanía costarricense ante las hostilidades de Nicaragua. Sí costarricenses, nos vinieron a defender desde otra patria. En el libro “La guerra no declarada” del entonces ministro del interior Juan José Echeverría y publicado por la EUNED se reseña este capítulo de la historia nacional. El artículo “Operación Buena Voluntad: Cuando las alas de Venezuela protegieron la democracia costarricense” del autor Arturo Soto Loreto nos muestra las fotos de los aviones y equipos militares venezolanos en el Aeropuerto Juan Santamaría y apoyando a las autoridades del entonces presidente Rodrigo Carazo. En otro aspecto, no podemos dejar de lado, nuestra dependencia de precios accesibles para combustibles provenientes de Venezuela, en los ochentas y noventas, que incluso llevó al mismo Oscar Arias a coquetear con el ingreso de Costa Rica al PETROCARIBE de Hugo Chávez.
Volviendo a la tragedia venezolana, no podemos dejar pasar la diáspora de millones de venezolanos que han tenido que salir de su país por las conocidas razones relacionadas al
chavismo. Hoy con los terremotos, es casi inevitable pensar que será imposible que haya condiciones para permitir a los venezolanos que puedan recuperarse en su propio país, cuando se estiman daños equivalentes al 6% del PIB de ese país y una economía que previamente ya estaba arruinada. Si tomamos en cuenta que el petróleo ha sido objetivo geopolítico, incluso para justificar la captura de Maduro, junto con el impacto del narcotráfico y organizaciones como el Tren de Aragua, el futuro no pinta nada halagüeño para los ciudadanos de la tierra de Bolívar y de Miranda.
Otro aspecto a tomar en cuenta como lección de vida es la desgracia que significa para un pueblo estar dividido y polarizado. Los pro régimen chavista y los opositores están en plena campaña de odio en medio de la catástrofe y ningún país puede salir adelante así. Creo que está claro que es un craso error pensar en intereses políticos con un pueblo que clama por ayuda. Para que Venezuela se recupere, todos sus ciudadanos deben remar juntos y parejo. En este contexto, vídeos en donde aparecen ciudadanos rescatando con sus manos a heridos mientras tanto que el ejército está alejado de la zona de desastre son señales de que se necesitan cambios individuales y colectivos en esa sociedad que solo los ciudadanos tienen la responsabilidad de realizar.
En lo internacional, una lección que causa profunda reflexión es la desdibujada participación en esta misión humanitaria de los grandes beneficiados de recursos de Venezuela en la región Latinoamericana mientras estaba la opulencia del chavismo: Cuba y Nicaragua. Lo lógico es pensar que los miles de militares de esos países, de médicos y de manos “amigas” estuvieran palmo a palmo sacando escombros con los venezolanos en reciprocidad por lo que ellos recibieron en el pasado. Hoy por ti, mañana por mí dice el viejo refrán popular. Pero hilando más delgado, a nivel nacional, dónde están los partidos políticos costarricenses que han recibido apoyo del chavismo venezolano y que ahora no participan en las labores de ayuda a este pueblo hermano. A este momento, ni un comunicado de prensa oficial han sacado, menos los vemos con pico y pala para reconstruir Caracas.
En conclusión, como dicen los viejos, en los momentos de crisis es donde se conocen quiénes son los verdaderos amigos. Nuestra obligación como costarricenses y como cristianos es ayudar de las diversas formas posibles a los venezolanos y respaldar las acciones de nuestras autoridades para el sostenimiento de nuestros bomberos y brigadistas de la Cruz Roja. Por otro lado, será inevitable el crecimiento del fenómeno de la migración y tendremos que ser flexibles e ingeniosos para encontrar soluciones viables y responsables más allá de tener personas venezolanas en nuestros semáforos con niños en brazos solicitando ayuda fuera de todo control. En fin, nos tocará ser hermanos…