En los dos artículos de opinión previamente publicados en este diario se expusieron varios de los hechos que hemos aprendido acerca de nuestro pasado más remoto, gracias a la arqueología. Pero aún falta hablar acerca de la relación que tenemos hoy en día con ese pasado y a eso nos vamos a referir en el presente artículo.
Seamos conscientes o no, todos los costarricenses somos descendientes directos o indirectos de los primeros pobladores del territorio que hoy denominamos Costa Rica. En cada costarricenses existe una herencia vital de ese pasado. Tal y como lo han demostrado investigadores de la Universidad de Costa Rica y de la Universidad Nacional, dentro de la composición genética de los costarricenses en general (sin considerar lugares específicos dentro del territorio nacional) entre un 20% y un 40% de nuestros genes son herencia de las poblaciones indígenas americanas. La historia familiar de cada costarricense incide en un mayor o menor porcentaje de dichos genes, pero prácticamente todos los costarricenses los poseemos en mayor o menor medida. El resto de nuestra composición genética proviene de migraciones de poblaciones europeas, africanas y asiáticas posteriores al siglo dieciséis. Por lo tanto, nuestra ancestralidad genética está conformada tanto por poblaciones que migraron de distintos continentes como por poblaciones indígenas americanas ancestrales. Entre una cuarta parte y la mitad de nuestro bagaje genético proviene de estas últimas poblaciones.
Además, nuestro vínculo con estas poblaciones ancestrales americanas no está plasmado únicamente en nuestra composición genética, también una parte importante de nuestra cultura está constituida por dicho bagaje. Ese vínculo está presente en, por ejemplo, nuestra alimentación. El frijol, el ayote, el chayote, la papa, la yuca, el maíz, el aguacate, el cacao, el chile, el tomate, la piña, el pejibaye, el maní, por solo mencionar algunos de los componentes básicos de nuestra alimentación provienen de plantas que fueron domesticadas por poblaciones indígenas ancestrales a lo largo y ancho de nuestro continente americano. Por otra parte, muchos nombres de lugares que habitamos y que visitamos cotidianamente tienen origen en lenguas indígenas pasadas y presentes, tales como Barva, Quepos, Tucurrique, Curridabat, Aserrí, Tibás, Diquís, Pacuare, Nicoya, Curime, Kamuk, Irazú, Chirripó, Nosara, Upala, Sarapiquí, Chira entre muchos otros. Además, nombres de animales como yigüirro, pizote, cusuco, guatusa, manatí, iguana, entre varios otros, también tienen origen en lenguas indígenas ancestrales de múltiples lugares de América Central y del Caribe. La cercanía y el grado de identificación cultural que tengamos con todo este legado ancestral depende de los contextos socioculturales específicos en los cuales nacimos y fuimos criados. Por supuesto, las poblaciones indígenas costarricenses actuales tienen una mayor cercanía cultural e identitaria con todo este legado ancestral. Sin embargo, todos los costarricenses hemos recibido y utilizamos a diario una parte importante de ese legado, tal y como lo hemos expuesto.
Todo lo anterior nos lleva a la importancia de la preservación del patrimonio arqueológico. Las poblaciones indígenas ancestrales dejaron una huella de su vida cotidiana también en los objetos y en las edificaciones que crearon en el pasado remoto. El patrimonio arqueológico es herencia dejada por nuestros ancestros locales y, por lo tanto, nos pertenece a todos los costarricenses, independientemente de dónde vivamos. Algunos de esos objetos los podemos observar hoy en día cuando visitamos los museos; mientras que, en el caso de las edificaciones, las podemos observar cuando visitamos, por ejemplo, el Monumento Nacional Guayabo de Turrialba. Objetos y edificaciones precolombinas son justamente las cosas que los arqueólogos investigan para poder adentrarse en el pasado más remoto de lo que hoy es Costa Rica.
Sin ese patrimonio los arqueólogos no podrían ofrecernos información acerca de cómo la gente vivía antes de la conquista española. Cada vez que visitamos un museo, aprendemos mucho acerca de la información que lograron recuperar los arqueólogos de los restos materiales que dejaron nuestros ancestros precolombinos. Sin embargo, para que los arqueólogos puedan obtener información de esos restos materiales y que nos puedan informar acerca de cómo vivían nuestros ancestros precolombinos, se requiere que estos objetos y estructuras no hayan sido saqueadas ni destruidas. Si queremos seguir aprendiendo de nuestro pasado más remoto debemos de proteger nuestro patrimonio arqueológico.
Además, no podemos pasar por alto un aspecto muy importante de dicho patrimonio: los objetos y las edificaciones precolombinas son limitados y son recursos no renovables. La cantidad de objetos y edificaciones que las personas en el pasado remoto crearon y construyeron es limitada y muchas de esas cosas no lograron sobrevivir hasta nuestros días debido a factores naturales y humanos. Por otra parte, esa cantidad limitada de objetos y edificaciones del pasado que sobrevivieron hasta nuestros días, si se destruyen, se destruyen para siempre, nunca más las volveremos a tener debido a que sus creadores dejaron de existir hace cientos o miles años atrás. Por eso decimos que el patrimonio arqueológico es un recurso no renovable y limitado en cuanto a cantidad disponible para la investigación de nuestro pasado. Felizmente, nuestro país cuenta con una normativa nacional que protege el patrimonio arqueológico. La ley 6703 “Ley sobre Patrimonio Nacional Arqueológico” establece que dicho patrimonio nos pertenece a todos los costarricenses pero el custodio es el estado costarricense, representado en este caso por el Museo Nacional de Costa Rica.
Hay tareas por hacer. Debemos promover que se incorporen mayores y mejores contenidos acerca de nuestra historia más antigua y acerca de nuestro patrimonio arqueológico en los contenidos educativos de primaria, secundaria, e incluso, en toda formación universitaria. También tenemos que ser vigilantes de que nuestro patrimonio arqueológico no siga siendo destruido. Como dijimos, nuestro patrimonio arqueológico es limitado y no es renovable. Cuando nos enteremos de este tipo de hallazgos, contactemos al Museo Nacional de Costa Rica e informemos. Los profesionales del Museo Nacional están prestos a asistir y atender ante este tipo de informes. También, debemos de impulsar el que se inviertan más recursos en la protección, en la investigación y en la difusión de nuestro patrimonio arqueológico. Todos quisiéramos que existiesen más monumentos arqueológicos conservados como Finca 6 en el Pacífico Sur y Guayabo en Turrialba, los cuales podemos visitar en los cuales podamos aprender mucho acerca de nuestro pasado precolombino. Debemos de promover que se preserven más monumentos arqueológicos que sean visitables y que sirvan para conocer más acerca de nuestro pasado.
El célebre estadista del siglo veinte, Winston Churchill, alguna vez dijo “Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante es probable que veas”. La arqueología y nuestro patrimonio arqueológico nos permiten mirar lo más lejano de nuestra historia; así que, si deseamos mirar hacia adelante y planificar hacia futuro debemos, como costarricenses, valorar más nuestro pasado y aprender más de él. Los recursos que se inviertan en ello salvaguardan nuestro porvenir. No podemos perder nuestra memoria si queremos construir un mejor mañana.