Lic. Alejandro González Carrillo
Nací el 24 de Julio de 1987 y a mis 28 años tengo el hermoso recuerdo de la forma en que disfruté mi niñez en la Costa Rica de los 90´s: salir a jugar a la cuadra con todos los amigos sin miedo a ser secuestrados por bandas de tráficos de órganos, que la preocupación más grande era escoger el equipo de futbol improvisado del día, que el mayor error se reprochaba con una nalgada y un regaño reflexivo de turno.
Hoy extraño la Costa Rica donde se sabía respetar al prójimo, donde los niños y jóvenes respetaban al adulto mayor, donde los padres se encargaban de inculcar valores y principios morales y las escuelas de impartir conocimiento, extraño el país donde los niños corrían libres al viento, donde los adultos resolvían sus problemas sin violencia, el país de paz, ¡extraño la Suiza Centroamericana!
Hoy acepto que muero de miedo; miedo porque no imaginé ver la Costa Rica post moderna llena de violencia (con tantos crímenes sin nombre) y me invade la preocupación de no saber qué país le voy a heredar a Mathias y Abigail, mis sobrinos.
Me siento sumamente avergonzado por la ola de violencia que nos ataca, por saber que un descuido de 3 minutos es suficiente para ver desaparecido a uno de nuestros niños, por ver adolescentes menores de edad que (creyéndose las bromistas más graciosos) desaparecen hasta una semana para irse con su novio a la playa sin avisarle a sus padres poniendo a todas las autoridades y a la ciudadanía a movilizarse para encontrarlos, mientras ellos en su carencia de valores y deseos precoces, disfrutan de la vida adulta sin merecerlo.
Me avergüenza tener que contarle a Mathias y a Abigail que en mi niñez y adolescencia cuando me equivocaba o faltaba el respeto a cualquier adulto, mi abuela lo resolvía a chancleta o faja sin que fuese un hecho reprochable, ni que hubiese nadie que intentara quitarle su autoridad moral adquirida por derecho divino, y que las generaciones posteriores fueron mimadas por un tal PANI que le quitó la autoridad a los padres de corregir y enderezar a sus hijos.
Me da pena tener que entregarles a mis sobrinos una patria llena de violencia y delincuencia promovida por un Estado de Derecho con doble moral, que con leyes incoherentes en una corte termina castigando al agredido y victimizando al agresor.
¿Cómo les explico a mis sobrinos que Jairo Mora murió asesinado por hacer lo correcto según sus convicciones ambientalistas? ¿Cómo explicarle a Mathias que Parmenio murió por hacer el uso correcto de su derecho a la libre prensa, la libre comunicación, la libre información y la libre expresión? ¿Cómo le explico a Abigail que debe demandar a cualquier “macho cabrío” que quiera faltarle al respeto mientras la joven defendida por Gerardo Cruz brilla por su ausencia?
No comprendo el tipo de pueblo en que nos hemos convertido. ¿En qué momento traicionamos la crianza de valores morales que nos heredaron nuestros abuelos? ¿En qué momento convertimos en Sodoma y Gomorra la nación que soñaron nuestros bisabuelos y que construyeron nuestros abuelos con tanto esfuerzo y dedicación?
Muchos dicen que es la falta de Dios, otros tantos que ha sido la falta de valores y hay hasta quienes le han dado la culpa a la globalización, a Hollywood, a la transculturización inevitable que vive el mundo y a otras tantas cosas que a la postre ya no sabemos ni a quien echarle la culpa.
Lo cierto es que mientras escribo estas líneas he llegado a la conclusión de decirle a Mathias y a Abigail que me perdonen, que ha sido mi culpa que esta patria esté al borde de la destrucción; que ha sido mi culpa apoyar la violencia mediante mi silencio, que ha sido mi culpa la discriminación a mis pares por ser cómplice mediante el silencio, que ha sido mi culpa por no levantar la voz ante los abusos diarios que veo en la calle, que ha sido mi culpa por no enfrentar a los matones, a los abusadores, a los corruptos, a los ladrones, a los violadores, a los asesinos, a los que nos tienen la patria jodida.
¡Porque es cierto! Ha sido mi culpa que, por miedo a ser mártir, no he denunciado y defendido las causas de violencia cuando lo he debido hacer, porque he escudado cualquier situación alegando que para eso está la ley, pero esa ley no actúa si yo no denuncio. Ha sido mi culpa por olvidar más pronto que temprano a mártires como Parmenio y Jairo, por no seguir sus ejemplos y por despreocuparme en el camino por hacerles a mis amados sobrinos una patria mejor.
Porque con el silencio a situaciones de violencia familiar, violencia contra la mujer, violencia infantil, violencia animal, violencia contra la naturaleza y corrupción soy tan cómplice y tan culpable que merecería la cárcel junto con los delincuentes intelectuales de tales hechos.
Ha sido mi culpa porque he dejado que la arrogancia intelectual me haga creer que mediante publicaciones críticas en redes sociales ya he arreglado algo, mientras que yo mismo no cambio las conductas sexistas, racistas, machistas y xenofóbicas que presencio día con día.
Aunque pensándolo bien no es solo mi culpa; es culpa mía, de mis hermanos, de mis amigos, delos amigos de mis amigos, porque “somos toda” escribiendo, criticando y lapidando en redes sociales a los demás, pero tan siquiera intentamos cambiar el mundo más allá de una publicación venenosa solo por “likes” y comentarios banales, vacíos, sin sentido o meramente solo por el asqueroso aplauso público.
Salir de casa hoy es una tortura: los acosadores no pueden ver una enagua porque quieren tocar lo que va debajo, los conductores brincan altos, no conocen la cortesía y mencionan mamás a diestra y siniestra; abrimos el periódico y los titulares hablan de asesinatos, robos, puñaladas, corrupción, pobreza, abusos sindicales, falta de empleo y lo mejor que leemos es que Keylor Navas atajó un penal y la televisión nos inyecta de un grupo de atolondrados auto hormonados que “combaten” por seguir en un programa que adormece a la masa plebeya.
Andamos por la calle domesticados a callar, a reprimir nuestras preocupaciones, a actuar correctamente y a ignorar el mundo real que nos rodea.
¡Ya no podemos seguir igual! No podemos seguir siendo ignorantes por decisión y siervos menguados por convicción; esclavos de la torpeza ilógica de creer que un pequeño grupo de personas amantes a la violencia nos hagan temer a unirnos en mayoría y repeler dichos ataques.
Me rehúso a que Costa Rica siga igual o empeore, me niego a seguir bajando la mirada ante tanto abuso y tanta maldad que está socavando a mi país, me opongo a que mi generación sea la causante de devastar años de historia pacífica de esta patria, me abstengo de seguir callando y que por mi estúpido silencio dejarle el peor de los mundos a los dos niños inocentes que son mi mundo.
Iba a escribirles una carta a Mathias y a Abigail que empezara más o menos así: “Lamento que haberles dejado esta patria hecha añicos…”; pero prefiero escribirles algo así:
“Mathias (mi cachorro amado)
Abigail (mi princesa de ensueño)
Si alguna vez les contaron que esta patria estaba caída económica, social y políticamente, es muy cierto. Tuvimos miles de pretextos y cosas a quien culpar, sin embargo, tus papás, tus abuelos, tu tía, tu tío y yo decidimos transformar este país en algo mejor para ustedes porque los amamos y decidimos hacer el cambio.
Increíblemente en el mismo instante que nosotros decidimos eso, miles de personas decidieron hacer lo mismo y empezamos un macro cambio de actitud que al final regeneraron la patria que hoy día ustedes disfrutan.
No nos arrepentimos de haber empezado a cambiar nuestras malas costumbres y que luego convertimos en valores arraigados y que, en muchas ocasiones, de forma autoritaria les inculcamos a ustedes por el amor que les tenemos.
Por favor no olviden estos valores y eduquen a las futuras generaciones igual o mejor para que, cuando haya partido de este mundo, pueda irme con la conciencia tranquila de que cambiamos nuestro su mundo y logramos que ustedes se lo mejoren a las futuras generaciones y así consecutivamente.
Los ama,
El tío Ale”
¡Hagamos el cambio! Empecemos con más acciones y menos palabras, el cambio empieza con uno mismo y ayúdeme a crear una mejor Costa Rica para mis sobrinos, sus nietos, sus hijos, sus sobrinos, para todos nuestros niños.
¡El cambio comienza por nosotros!