Hay imágenes que, más allá de las palabras, obligan a detenerse y a pensar. En una calle cualquiera de nuestro país, de noche, un sacerdote eleva la custodia con el Santísimo Sacramento. A su alrededor, hombres y mujeres se arrodillan, encienden velas y bajan la mirada en señal de adoración. Es una escena de profundo recogimiento… hasta que, en medio de ese momento sagrado, ondea una bandera que nada tiene que ver con la oración: un símbolo político que convierte el altar improvisado de la calle en una tribuna.
Quiero ser clara desde el inicio: esta no es una columna sobre geopolítica ni sobre las causas que cada quien, en su derecho, decide abanderar. Es una reflexión sobre algo más íntimo y más delicado: el respeto que se le debe a lo sagrado, y el daño que hacemos cuando convertimos la fe en instrumento.
Qué significa el Santísimo
Para los católicos, la Eucaristía no es un símbolo ni un recuerdo. Es la presencia real de Cristo —cuerpo, sangre, alma y divinidad— bajo las especies del pan. Cuando el sacerdote levanta la custodia, no muestra un objeto: muestra a Dios mismo hecho presencia. Por eso los fieles se arrodillan; por eso guardan silencio; por eso el Concilio Vaticano II llamó a la Eucaristía “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. La adoración al Santísimo es, quizá, el acto de mayor intimidad y entrega que existe en nuestra fe: es quedarse a solas con Dios, aunque sea en medio de una multitud.
Ese momento tiene una sola dirección: hacia el Cielo. No admite competencia. No es un escenario. No es una plataforma.

El respeto no se negocia
Aquí está el punto que me preocupa. Introducir una bandera política en medio de una procesión eucarística no es un gesto neutro. Es, aunque no se quiera, subordinar la adoración a un mensaje ajeno. Es aprovechar el recogimiento de los fieles como telón de fondo para una causa. Y por más noble o legítima que esa causa pueda parecerle a quien la porta, el instante en que Dios sacramentado está expuesto no es el lugar para levantarla.
El respeto por la fe no consiste en instrumentalizarla para atacar —ni para promover agendas, ni para señalar a quienes piensan distinto—. Respetar la fe es, precisamente, no usarla. Reconocerle un espacio propio, sagrado, que no debe contaminarse con las urgencias de la política. Quien ama de verdad lo que ese momento representa, lo protege del ruido.
En la vida hay que aprender a respetar la solemnidad de los momentos. Hay tiempos para la protesta y tiempos para la oración; hay lugares para el debate y lugares para el silencio ante Dios. Confundirlos no engrandece ninguna causa: empequeñece todas. Y termina, casi siempre, hiriendo a quienes con sinceridad habían acudido a rezar.

Un llamado a la unidad
Escribo esto no desde la condena, sino desde la preocupación por un país que se ha acostumbrado a dividirse por todo. Vivimos tiempos de fracturas: en la política, en las familias, en las redes. Y cuando ni siquiera lo sagrado se salva de convertirse en trinchera, algo se nos está quebrando por dentro como sociedad.
Jesús, en la víspera de su Pasión, no pidió por el triunfo de una causa. Pidió por la unidad: *”Que todos sean uno”* (Juan 17, 21). Esa es, me parece, la única bandera que cabe frente al Santísimo.
Que en estos tiempos de división aprendamos a buscar en la oración lo que la calle no nos da. Que confiemos en la Divina Misericordia —*”Jesús, en Ti confío”*, nos enseñó Santa Faustina— para salir, unidos, de nuestras adversidades. Porque un país no se sana a gritos ni a banderazos, sino de rodillas: reconociendo que hay momentos en los que lo único que corresponde es callar, adorar y pedir, juntos, por Costa Rica.