La Corea del Centro y los plutócratas de izquierda

  • Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Carlitos Marx, ya se sabe, era un carajo habilidosísimo a la hora de urdir metáforas y lanzar invectivas cargadas de ironía. Ludovico Silva lo entendió tan bien que, incluso, escribió un libro formidable sobre el estilo literario de obras como El Capital o Contribución a la crítica de la economía política. 

Marx, para mostrar que en el capitalismo prevalece una suerte de fetichismo mercantil, tiraba cosas tipo: 

«Un tomo de Propercio y ocho onzas de rapé pueden aspirar al mismo valor de cambio a pesar de la disparidad de los valores de uso del tabaco y de la elegía». 

¡Una genialidad!

Debo confesar que conforme más releo a Marx, más detesto a los marxistas. Y digo esto porque fueron los marxistas quienes lo arruinaron todo: Marx era, básicamente, un gran escritor que pretendía hacer filosofía y análisis económico cuando, en realidad, hacía literatura. 

Literatura brillante, por cierto. 

Umberto Eco alguna vez comparó aquello de «Un fantasma recorre el mundo» con el inicio portentoso de la Quinta de Beethoven. 

Un inicio impecable. 

Extraordinario. 

Y no solo porque hablar de fantasmas a mediados del siglo XIX, antitos de la novela gótica, era sin duda una cosa muy seria, sino porque esa obertura, combinada con el call to action de «Proletarios del mundo, uníos», hace del Manifiesto Comunista un relato perfectamente redondo. 

Pero nuestros socialistas nunca leyeron a Eco ni a Ludovico Silva. Es más, cada día me convenzo más de que, tampoco, leyeron a Marx. 

Hoy, por ejemplo, asistimos a un fenómeno curiosísimo. Un fantasma, de nuevo,  recorre el mundo. Pero no es el fantasma del comunismo. Es el fantasma de la Corea del Centro.

Lenin llamaba oportunistas honrados a los socialdemócratas que adherían a las consideraciones de Bernstein. Y quizás la categoría resulte vigente hoy, especialmente cuando vemos que tantos zurdos, en incontenible hemorragia, se pasan al lado de los progres, de los tibios. 

De la socialización de los medios de producción pasaron a la fascinación por el  impuesto a la renta. Y de la reforma agraria pasaron al TCU sobre agricultura orgánica. Ortega y la Chayo ahora son unos opresores. Maduro, un polazo. Y la Revolución Cubana, de repente, les empezó a parecer atroz. Soy más preciso: la Revolución Cubana de Díaz-Canel les empezó a parecer atroz. Porque la de Fidel, la que sometió a torturas a Padilla y a Reynaldo Arenas, la de «Vamos a andar hundiendo al poderoso», la Revolución Cubana macondiana, a la Eduardo Galeano y Ramonet, no. Esa, por el contrario, sigue siendo un souvenir intelectual. 

Hoy algunos diputados del Frente Amplio, que en determinadas ocasiones se presumen herederos de Carmen Lyra, se ofenden cuando los califican de socialistas y los vinculan con Venezuela o Nicaragua o Cuba. Alegan que ni ellos ni ninguno de esos países son socialistas. Y, aunque nunca hayan leído a Paul Claudel, aseguran que quienes no votamos por ellos no tenemos ojos para ver lo imposible… aunque ellos hoy sean más realistas que un ministro de Hacienda.   

El capitalismo, ya se sabe, solo sonríe en quincena. O, bueno, solo sonríe para una parte del mundo en quincena. El asunto es que esa sonrisa es tan, pero tan seductora que hace de Julia Roberts una vieja chimuela con un hollejo de frijol pegado en el único colmillo que le queda. 

Marx auspició que la concentración de medios de producción y de capital en manos de unos pocos, en definitiva, provocaría el estallido rabioso del proletariado. Pero, en su lugar, esa concentración provocó la eclosión de una casta de rémoras y sofistas millonarios cuyo capital social y económico depende, necesariamente, del control de las universidades, la industria cultural y, desde luego, la alta burocracia estatal. 

Nadie, absolutamente nadie que, para usar términos marxistas, depende de la venta de su fuerza laboral es capaz de ignorar esa sonrisa quincenal del capitalismo, esa sonrisa que llega a ser superior a la de Julia Roberts. Y de ahí que hoy asistamos a un llamativo éxodo de zurdos que, como Sabina y algunos diputados del Frente Amplio, se dirigen a los puestos migratorios de la Corea del Centro para pedir asilo. 

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