Columna Cantarrana

Generaciones, triunfos y fracasos

Mi generación, ciertamente, no es una gran generación. Y basta un hecho para demostrarlo: Carlos Alvarado Quesada. 

Nacimos a inicios de los 80 y fuimos adolescentes mientras los socialistas empezaban a adquirir gusto por el mercado y los productos Apple. 

Pasamos, en cuestión de cinco años, de la paranoia del chupacabras a las movilizaciones contra el Combo. 

Entramos al milenio delirando con la posibilidad de que un prestamista concho de Pérez Zeledón se convirtiera en presidente. 

Votamos, mayoritariamente, por el No al TLC. 

Y, por si fuera poco, provocamos que el PAC llegara al poder. 

Creo, con todo, que no somos una generación fracasada. Hablo de fracaso aunque, también, podría hablar de derrota, de un espacio de resistencia que privilegia el honor y la dignidad frente al éxito. 

Quien fracasa es infinitamente más sabio que cualquiera que se presume y se reconoce triunfador. Nosotros, sobra decirlo, distamos muchísimo de ser sabios. En la experiencia del fracaso se alumbran los mecanismos del mundo y la tenacidad de la decencia. Con  la Guerra Civil todavía fresquita, María Zambrano decía que las derrotas dan testimonio de la historia y que en ellas se esconden las claves del porvenir. Pero hay un asunto que considero aún más meritorio: los fracasos, las derrotas, a diferencia de los triunfos, se construyen. Ser ganador, en definitiva, pertenece al ámbito de lo fortuito: hoy no existe y quizás nunca existió tal cosa como el self-made man. El fracaso es la consecuencia de una sucesión de decisiones, a veces fatales, que nos llevaron hasta el foso de la lucidez y la memoria. Porque sí, el triunfo, pese a su propensión al homenaje conmemorativo, instaura un olvido. Y la derrota, por el contrario,  sostiene la memoria de lo ocurrido y sostiene la propia identidad.

Allen Ginsberg aseguraba haber visto las mejores mentes de su generación arruinadas por la locura y la heroína. La de Ginsberg era la generación de los beatniks, la generación de los hipsters. O sea, a la par de esa gente, un mae destruido en La Cali no pasa de ser una suerte de San Antonio Abad. 

Mi generación nunca llegó a tanto. 

Por eso, quizás, yo he visto a las mejores mentes de mi generación arruinadas por la sustitución de un pronombre: si elle, si él, si ella.  

Saber fracasar es una gran virtud.
Saber fracasar es una forma superior de victoria que se funda en la orgullosa aceptación de la derrota. 

Más que por sus acrobacias, más que por su facha extravagante, René Higuita es René Higuita por su yerro, por su metida de patas. No importa siquiera que haya hecho un escorpión en Wembley o que lo haya hecho frente al mismísimo Maradona. René Higuita es enorme, precisamente, por su gesto desafiante, por su desprecio respecto a todo aquello que consensuadamente es valorado como correcto.  

René Higuita, dicho en dos patadas, es enorme por su fracaso en el partido contra Camerún. O, lo que es igual, por regalarle la gloria a Roger Milla. Porque no existe nada tan noble como renunciar voluntariamente a la gloria. Es casi como los justos de los que hablaba Borges, esos hombres que renuncian a ganar una discusión. 

Pero más grande. 

Pero mejor. 

Porque René Higuita, también, reivindica la payasada y la payasada, sin más, nos libera.

Como la derrota. 

Pero, claro, mi generación nunca llegó a tanto: no somos, ni siquiera, payasos.  

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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