
Las palabras del papa Francisco, del 20 de setiembre del 2013, reflejan con certeza la situación electoral de Costa Rica: “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Tenemos que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre el peligro de caer como un castillo de naipes”.
En ese mismo sentido, los obispos de Costa Rica advirtieron, el 9 de febrero, sobre la importancia de que la ciudadanía apoye con su voto una visión integral de la sociedad, el modelo de desarrollo solidario que necesita el país. Dicho en breve, que disminuya la desigualdad en la distribución de la riqueza. Costa Rica nunca había producido tanta riqueza como ahora, pero también nunca ha tenido tantos pobres.
Es importante expresar que los obispos en ningún momento han manifestado que los católicos deben votar por determinado partido, ni que votar por uno u otro candidato sea pecaminoso. Sí afirman en su comunicado del 9 de febrero, que la ciudadanía necesita ser bien informada sobre las propuestas de los candidatos a la presidencia; que tengan la oportunidad de decirnos con toda claridad cuáles son sus ideas para afrontar los graves problemas nacionales, en especial los de tipo social y económico. Esto exige que quienes los entrevisten por TV y radio hagan preguntas inteligentes y que no los interrumpan. La prensa digital puede prestar un servicio invaluable.
Pasemos a otro tema también relacionado con lo electoral. El diario La Nación abre con el siguiente título la edición del domingo pasado: AYUDA QUE DA LA IGLESIA EVANGÉLICA PESÓ EN EL VOTO DE LIMONENSES. No sé en qué medida esa afirmación se corresponda con la realidad, pero la aprovecho para comentar que la Iglesia Católica, desde las parroquias, gracias a las ofrendas y trabajo voluntario de los fieles laicos en coordinación con los presbíteros, ayuda de modo consistente a miles de familias pobres por todo el país. Pero hay una diferencia: los católicos no convierten esa asistencia en caudal electoral. La Iglesia católica no tiene ni quiere tener partido político propio, por dicha.
El principal culpable, no el único, de que en el presente proceso electoral lo religioso haya tomado tanta e injustificada relevancia se llama Tribunal Supremo de Elecciones. En efecto, desde hace años viene haciendo caso omiso del artículo 28 de la Constitución, que prohíbe a los grupos religiosos hacer política aduciendo motivos de fe. Ha permitido la existencia y funcionamiento de partidos confesionales. El TSE le ha hecho un grave daño a la democracia con su interpretación flácida y permisiva, tal vez para lograr uno o varios votos derechistas en la Asamblea Legislativa. Cuando los llamados partidos “cristianos”, nombre equívoco, sacaban uno o tres diputados, el asunto pasaba desapercibido. Ahora se nos vino un tsunami.
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