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El Niño: el valor de actuar con anticipación

» Por Andrea Padilla - Representante asistente de Programas de la FAO en Costa Rica.

El Niño no afecta a todos por igual. Este fenómeno global altera las lluvias y las temperaturas, con impactos diferentes entre regiones, países e incluso comunidades cercanas. En Centroamérica, y más concretamente en el Corredor Seco, sus efectos suelen reflejarse en las mismas imágenes: tierra agrietada, pozos vacíos, ganado esquelético, una familia que perdió sus cultivos. Un escenario que puede anticiparse, pero que suele abordarse cuando los impactos ya son visibles y las pérdidas difíciles de evitar.

La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) sitúa en un 81 % la probabilidad de que el fenómeno de El Niño sea muy fuerte entre octubre y diciembre, uno de los mayores desde 1950 y que se extendería hasta principios de 2027. En Centroamérica significaría temperaturas por encima del promedio y lluvias por debajo de lo normal o concentradas en episodios intensos que pueden inundar y dañar las cosechas.

El escenario esperable no es que deje de llover, sino que llueva menos y de forma más irregular: menos lluvia acumulada, canícula más larga, períodos secos más extensos. Para quien siembra en el Corredor Seco, la diferencia es decisiva. Las cosechas no se pierden porque no llueva: se pierden porque la lluvia llega tarde para la siembra o cae de golpe sobre un suelo que ya no retiene el agua.

El Corredor Seco no es lo que sugiere su nombre. Es una franja agroecológica que se extiende desde el sureste de México hasta el norte de Colombia, donde vive una población dedicada a la agricultura familiar, que por generaciones ha sostenido sistemas productivos viables.

Lo que ha cambiado no es solo el clima. Coinciden una variabilidad climática más extrema, suelos y cuencas degradados y una pobreza estructural que deja a las familias sin margen para absorber las pérdidas de un mal año. El Niño no crea esa vulnerabilidad: la amplifica y la hace visible.

No es solo sequía. Un Niño fuerte deja biomasa seca y puede intensificar la temporada de incendios pronosticada para 2027. También provoca estrés hídrico, favorece plagas y reduce el peso y valor del ganado. Meses después, podrían llegar lluvias intensas sobre terrenos incapaces de absorberlas.

Esto no es intuición: está medido. Desde 1984 la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) vigila por satélite los cultivos y pastos del istmo. En 38 años, la mitad registró una canícula que dañó las siembras, con mayores impactos en años de El Niño fuerte. El golpe más duro, sin embargo, puede llegar meses después. Cuando una familia pierde la cosecha, agota sus reservas, reduce la calidad de su alimentación y termina vendiendo su ganado para sobrevivir. Ese deterioro no ocurre de inmediato: se manifiesta entre seis y nueve meses más tarde. Por eso, las decisiones que se tomen hoy se reflejarán en los niveles de inseguridad alimentaria de mediados de 2027.

Hay otra parte de esta historia: en la última década la región construyó la capacidad de actuar antes. La acción anticipatoria se basa en acuerdos previos sobre indicadores de riesgo, medidas de respuesta y financiación, de modo que la acción pueda ponerse en marcha antes de que la crisis se materialice. Cuando los pronósticos alcanzan los umbrales predefinidos, se activan medidas destinadas a proteger los medios de vida rurales: distribución de semillas resistentes a la sequía, apoyo al ganado mediante alimento y vacunación, y transferencias de efectivo antes de que las familias vendan activos productivos o interrumpan la educación de sus hijos.

Ante los posibles efectos del fenómeno de El Niño en Costa Rica, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), junto con las instituciones del Sector Agropecuario, Pesquero y Rural, avanza en una estrategia nacional preventiva para fortalecer la capacidad de respuesta de las personas productoras, proteger la seguridad alimentaria y reducir los impactos de la sequía y las altas temperaturas. Las acciones incluyen capacitación para pequeños y medianos productores, uso eficiente y almacenamiento de agua, ajustes en los calendarios de siembra según los pronósticos climáticos, prácticas para conservar la humedad del suelo y medidas para garantizar la alimentación del ganado, como bancos forrajeros, ensilaje y heno. También se promueven tecnologías adaptativas, manejo fitosanitario preventivo y prácticas sostenibles en rubros como la apicultura, la caña de azúcar y la producción hortícola.

Anticipar reduce el daño, pero no sustituye la inversión estructural. Entre un Niño y el siguiente es necesario construir resiliencia y adaptar los sistemas productivos a un entorno cada vez más variable: agua, suelos vivos, semilla adaptada e información agroclimática oportuna. El conocimiento existe; lo que persiste como limitante es el financiamiento.

Anticiparse a los impactos climáticos significa también invertir en la capacidad de las comunidades para adaptar sus territorios y mejorar sus medios de vida. En Costa Rica, el Programa Regional de Adaptación basada en Ecosistemas para aumentar la resiliencia climática en el Corredor Seco Centroamericano y las Zonas Áridas de República Dominicana (ADAPTA-R) se suma a los esfuerzos que el país ya impulsa en esta dirección, aportando recursos y capacidades para fortalecer y ampliar las acciones en los territorios. El programa es financiado por el Fondo Verde para el Clima (FVC), el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), y se ejecuta en el marco del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), el Ministerio de Ambiente y Energía (MINAE) y la FAO.

El programa interviene en la cuenca del río Tempisque, ubicada en la provincia de Guanacaste, específicamente en los cantones de Liberia, Nicoya, Santa Cruz, Bagaces y Carrillo. Su objetivo es impulsar medidas de adaptación basada en ecosistemas y seguridad hídrica, junto con servicios financieros y no financieros que favorezcan sistemas productivos más resilientes. Se estima que cerca de 69.000 personas se beneficiarán de estas acciones, fortaleciendo su capacidad para enfrentar las sequías, la variabilidad climática y otros fenómenos que amenazan la producción de alimentos y el bienestar de las familias rurales.

El Corredor Seco figura entre los focos críticos globales identificados en el informe “Puntos críticos del hambre: alertas tempranas de la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) sobre inseguridad alimentaria aguda” que presenta pronósticos para el segundo semestre de 2026. Este escenario se enmarca en un contexto de inseguridad alimentaria creciente, reducción del financiamiento humanitario y brechas en el acceso al financiamiento de la agricultura familiar. Aunque la atención suele centrarse en la respuesta inmediata ante las pérdidas, la experiencia demuestra que la solución más sostenible combina inversión resiliente, acción anticipatoria y respuesta humanitaria para las crisis que no puedan evitarse.

La pregunta no es si El Niño está afectando al Corredor Seco. La pregunta es cuánto de su impacto puede aún mitigarse actuando a tiempo.

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