Hay depredadores que matan de un solo zarpazo, con una violencia rápida y casi misericordiosa. Y hay otros —los pacientes, los siniestros, los verdaderamente eficaces— que prefieren rodear a la presa, envolverla, segregar sobre ella sus jugos gástricos y esperar, con la serenidad de quien tiene toda la eternidad por delante, a que la víctima se disuelva sola. Sin gritar. Sin patalear. Agradeciendo, incluso, el abrazo que la deshace.
Los biólogos a esto lo llaman fagocitosis. Yo, desde este lunes 25 de mayo de 2026, lo llamo simplemente la relación entre el Frente Amplio y el Partido Liberación Nacional.
Porque ocurrió. Ocurrió a plena luz del día, en conferencia de prensa, sin pudor y sin anestesia. La bancada verdiblanca anunció que votará en contra del expediente 23.414, la Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional. Y hasta ahí, dirá usted, no hay escándalo: un partido tiene todo el derecho de votar como le plazca. Cierto. Salvo por un pequeño detalle, un detallito ínfimo, casi invisible, que lo cambia todo: el texto sustitutivo que ahora repudian con cara de asco lo había impulsado la propia fracción de Liberación Nacional en el período constitucional anterior.
Lean eso de nuevo, despacio, porque merece ser saboreado. El PLN va a votar contra una criatura que el PLN engendró. Va a ahogar en la bañera al bebé que él mismo amamantó. Va a renegar de su propia firma, de su propia letra, de su propio empeño, como ese padre que de pronto descubre, en mitad de la cena, que no soporta al hijo que tanto presumió en las fotos de bautizo.
¿Y qué pasó entre el amor y el repudio? ¿Qué milagro, qué revelación, qué descenso del Espíritu Santo sobre la Asamblea operó semejante conversión? Nada del otro mundo, queridos lectores. Pasó el Frente Amplio.
La voz de su amo
Reconstruyamos la escena, porque es de antología. La decisión liberacionista se anunció horas después de que el secretario general del PLN, Miguel Guillén, sus juventudes, y —agárrense de la silla— hasta el excandidato presidencial del Frente Amplio, Ariel Robles Barrantes, salieran a pedirle a la bancada que no votara el proyecto.
Detengámonos en esa última figura, porque es deliciosamente humillante. Un dirigente del Frente Amplio, un partido que no gobierna, que perdió la elección, que no tiene los votos, levanta el dedo y dicta una orden. Y Liberación Nacional, el partido más antiguo de la socialdemocracia costarricense, el partido de don Pepe, el partido que abolió el ejército y construyó medio país, obedece. Obedece con la docilidad de un perrito faldero al que le enseñan a dar la patita.
No hubo necesidad de masticar. La presa entró sola a la boca del depredador, ordenó su propia digestión y pidió la cuenta.
Y para coronar la ceremonia, ¿quiénes pusieron la cara? Álvaro Ramos Chaves, el excandidato presidencial verdiblanco, y Álvaro Ramírez Bogantes, jefe de fracción. Dos Álvaros anunciando, con la solemnidad de quien cree estar tomando una decisión propia, lo que en realidad ya les habían dictado desde la acera de enfrente. Dos Álvaros que no se dieron cuenta —o peor, que sí se dieron cuenta— de que no estaban votando: estaban siendo votados.
El milagro de la ventriloquía
Hay un dato que el liberacionismo preferiría que olvidáramos, y por eso mismo conviene repetirlo. En la legislatura pasada, cuando este mismo proyecto se cocinaba en la Comisión de Energía, fue la diputada Kattia Rivera quien condujo el tema por la fracción, quien dialogó, quien construyó consensos, quien empujó, pospuso y negoció. El PLN no era espectador del proyecto eléctrico: era coautor. Tenía las manos metidas hasta el codo en la masa.
Hoy esas mismas manos firman la sentencia de muerte. Y lo hacen, además, adoptando palabra por palabra el vocabulario del verdugo: el Frente Amplio bautizó la iniciativa como la “ley del apagón”, y de pronto, por arte de magia, toda la verdiblanca empezó a temerle a la oscuridad. Es el viejo truco del ventrílocuo: la marioneta jura que las palabras son suyas, mientras la mano ajena le mueve la mandíbula desde adentro.
Porque eso es lo que estamos presenciando, señores. No una alianza. No una coincidencia táctica. No un acuerdo entre iguales. Estamos presenciando una absorción. El Frente Amplio no necesita ganar elecciones para gobernar al PLN; le basta con tener apetito.
El partido que se volvió apéndice
Yo entiendo que la política es el arte de lo posible, de las alianzas incómodas, de las camas compartidas con quien uno detesta. Lo entiendo. Pero hay una diferencia abismal entre aliarse y disolverse, entre pactar y desaparecer, entre sentarse a la mesa y ser la mesa.
El PLN cada día se parece menos a un partido y más a un órgano vestigial del Frente Amplio. Un apéndice. Esa cosita inflamable que todos cargamos en el abdomen, que no sirve para nada, que nadie sabe muy bien por qué sigue ahí, y que solo da señales de vida cuando se infecta y hay que correr al quirófano. El apéndice verdiblanco del cuerpo frenteamplista: presente, sí; funcional, ya no tanto.
Lo trágico no es que el PLN cambie de opinión. Los partidos maduran, evolucionan, rectifican. Lo trágico es que cambie de opinión por encargo. Que su brújula moral apunte, infaliblemente, hacia donde sopla el viento de la izquierda dura. Que un partido fundado para gobernar haya descubierto, en su crepúsculo, la extraña vocación de ser gobernado por quienes ni siquiera ganaron.
Don Pepe Figueres se subió a un caballo y refundó la República. Sus herederos se subieron a la grupa del Frente Amplio y se dejaron llevar. La pregunta, la única pregunta que importa, es si el PLN todavía es capaz de bajarse del caballo ajeno antes de que el jinete se dé cuenta de que ya no lo necesita.
Porque los amoebas, queridos lectores, tienen una virtud que conviene no olvidar: cuando terminan de digerir, no recuerdan lo que comieron. Y el Frente Amplio ya tiene puesta la servilleta.