Columna Cantarrana

El Che Manson y Charles Guevara

Enero de 1998. 

El Papa Juan Pablo II arribaba a La Habana y yo estaba a punto de cumplir diecisiete. En una extraña librería católica, muy cerca de la Basílica de Los Ángeles, vendían uno de los tantos libros de fotos del Che que aparecieron bajo el auspicio del treinta aniversario de su muerte, la muerte del Che. O, lo que es igual, uno de los tantos libros de fotos que aparecieron bajo el auspicio de la repatriación de sus restos. 

Era una tarde de vacaciones, vacaciones en serio, vacaciones de esas donde la gente joven pargueaba y no sentía presión de ir a clases de mandarín, de robótica, de emprendedurismo ni de eyaculación resiliente.  

Llegué a casa y le dije a mis papás que quería, como regalo de cumpleaños, el libro de fotos del Che que vendían en la dichosa librería católica. Mi tata, por supuesto, me dijo que jamás, que nunca, que bajo ninguna circunstancia me compraría un libro de un asesino vividor. 

Yo, adolescente y estúpido, repliqué con palabras pomposas y apelé al internacionalismo del Che, a la valentía del Guerrillero Heroico. Y mi tata, que de joven visitó la construcción de la represa de Cachí, me salió con un: “¿Valiente? ¿Valiente un hijue puta mercenario? ¡No me jodás! Valientes los tuneleros del ICE”.

Sucedió, desde luego, lo que tenía que suceder.
La dialéctica ordinaria de las generaciones: mi tata financió mi dudoso fervor revolucionario y mi penoso tránsito por San Pedro Montes de Oca, yo lo acusé todo ese tiempo  de ser un pequeño burgués, discutimos pródigamente en cada cena y, al cabo de unos años, para cuando yo me acercaba a los treinta y él a los sesenta y cinco, ambos terminamos coincidiendo en algo: alguien que está dispuesto a morir por una causa, mal que bien, está dispuesto a matar por ella y eso, digan lo que digan, constituye un motivo de sospecha.

Ahí, en esa misma sospecha necrófila, estaban El Che y Charles Manson

Charles Manson traza con sangre de sus víctimas una fatal inscripción que dice  Helter Skelter y El Che Guevara crea campos de concentración para homosexuales y católicos. 

Opera, en ambos, la misma cultura sacrificial. 

A Guevara, por supuesto, lo asiste todo un aparato publicitario y una pirotecnia retórica especialmente elaborada. No es casual que Jean Paul Sartre se refiriera a él como “el hombre más excepcional del siglo XX”. 

Charles Manson, por su lado, solo gozó del favor de Guns N’ Roses y de ciertos rednecks conspirativistas. 

Los hippies, ya se sabe, engendraron a los serial killers. Voy más allá: los hippies fueron desde siempre serial killers. Y digo hippies pero podría decir socialistas, revolucionarios, guevaristas o internacionalistas. Basta pensar, por ejemplo, que durante el juicio de la Familia Manson, Susan Atkins aseguró haber matado por amor, para liberar a Sharon Tate de las cadenas del cuerpo. Nada muy distinto de quienes ponían bombas y mataban inocentes en pos de la libertad y la revolución. Nada muy distinto de aquello que decía Gioconda Belli sobre tomar un fusil como un acto de amor.   

En el 2006 Jorge Volpi escribió un artículo sobre el aniversario de la publicación del Quijote donde planteaba que el Ingenioso Hidalgo y el Ché pertenecen a una misma clase de individuos que son incapaces de amar a los semejantes (a la gente común), con sus pequeñas traiciones, y que, en su lugar, declaran un dudoso amor por la humanidad, por decirlo así, en abstracto. Manson, convencido de que no existe diferencia entre amar y odiar, estaba muy cerca de ambos. 

Era, si se quiere, un Che o un Quijote en LSD. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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