Columna Cantarrana

Día de la madre: el paréntesis, el nido y la caverna

Existen numerosos casos de seres que se entierran, que bajan a las profundidades cuando son derrotados o cuando se sienten amenazados. Esto, claro está, es particularmente frecuente en aquellos animales que excavan sus madrigueras o habitan cuevas naturales: conejos, taltuzas, aves, armadillos, arañas, reptiles, anfibios e incluso peces. Pero sucede que los humanos, también, suelen descender a las profundidades cuando son derrotados o se sienten amenazados. Los vietnamitas que huían a través de complejas redes de túneles son un buen ejemplo de ello. Los trabajadores empobrecidos del siglo XIX que se veían obligados a descender a las minas de hulla, de cierto modo, también lo son. 

Alguien como Rambo, cuya rudeza y valentía no podrían ponerse en entredicho, se interna en una caverna al verse acorralado y reelabora el relato de la resurrección de Cristo. Rambo, sin embargo, va más allá y nos muestra lo que pasa en Sábado Santo, lo que pasa dentro del sepulcro. 

Cuenta Robert Macfarlane que en 1797 un par de jóvenes cazaban conejos en las montañas de Somerset, Inglaterra. En algún momento, vieron cómo una de sus potenciales presas se refugió en una cueva y entonces la siguieron: así descubrieron lo que hoy conocemos como Aveline´s Hole, un osario subterráneo donde los humanos del Mesolítico dejaban a sus muertos. Gentes errantes y hambrientas de hace miles de años tuvieron la delicadeza de buscar un sitio seguro para sus seres queridos en una escarpada montaña. La caverna era, además, una suerte de mausoleo donde era común dejar ofrendas y toda clase de objetos con un profundo valor simbólico. Y por si fuera poco, estaba cerrada. Es decir, cada vez que entraban, tenían el cuidado de volver a cubrir la entrada. 

Las profundidades, con todo, no siempre están asociadas con arrebatos de ternura y humanidad como el de Aveline´s Hole. Existe toda una larga tradición metafórica en la que prevalece cierta aversión por el subsuelo: desde el infierno y el averno hasta el corazón de los cataclismos.  Y existen numerosos relatos antiguos en los que se narran peligrosos descensos a las profundidades a fin de buscar objetos o seres perdidos. Y sin embargo en todos, pese al diferente grado de carga ominosa que contengan, las profundidades también son representadas como ámbito de renovación y fuente de iluminaciones y epifanías. 

Porque son, repito, espacios seguros. 

En la novela de Fogwill, Los Pichiciegos, se cuenta la historia de un grupo de soldados argentinos durante la Guerra de Malvinas. Los soldados, muertos de frío y hambre, desertan y se meten en una cueva. Fundan, entonces, una suerte de sociedad utópica en la que se establece una picaresca de guerra. Hay, por supuesto, un drama y una serie de carencias. Pero los soldados se la pasan, como dicen, en un puro vacilón. Imaginan cómo será cuando acabe la guerra y no se imaginan desfiles triunfales ni reconocimientos. No piensan su situación de acuerdo con los códigos militares de honor de los tiempos napoleónicos. Piensan en cómo besarán a sus novias, en cómo abrazarán a sus amigos y, más importante, en cómo llorarán y reirán con sus madres. 

La cueva, así, se convierte en un puente imaginario y efectivo que los vincula con la memoria y el hogar. Decía Jules Michelet que el nido es, ante todo, amor. Yo diría que, como la cueva, es memoria y es idea de la madre. 

Mi mamá, ciertamente, está en mis recuerdos más remotos. Pienso, por ejemplo, en una visita a la Súper Despensa, más o menos, en julio del 83. Estamos comprando platos y vasos de CODESA (los únicos que había en tiempos de Carazo), ya que en casa todos se habían roto durante el terremoto de Buenavista. También se me viene a la cabeza la imagen de un puente, quizás en Guanacaste: le tapo los ojos a ella y le digo algo como “Mami, no vea, no vea, no vea porque sino le da miedo”. Y abajo hay un río con el cauce semidesnudo y yo me aterro ante la posibilidad de un vacío que casi es lagarto. 

Recuerdo estar con mi mamá cuando el Challenger voló en mil pedazos.  

Cuando Radio Rumbo transmitía biografías de Santos. 

Cuando Silvia Poll ganó en Seúl.
Cuando Maradona le ganó a los ingleses. 

Cuando todo en la tele era noticias del Huracán Juana y Esquipulas. 

Como Octavio Paz, sé que estoy vivo entre dos paréntesis. Y sé, además, que, al menos en mi caso, mi mamá es la apertura de esos paréntesis. Un paréntesis con vocación de cueva y nido.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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