1. Partidocracia. Lo que un día fue…
En la faceta electoral y representativa de la democracia, los partidos políticos han sido fundamentales para su construcción y sostenimiento, especialmente porque solo a través de ellos y en el marco de comicios libres, es posible la postulación y elección de cargos populares mediante sufragio universal.
Desde la perspectiva de una democracia consolidada, importan también otras complejas dimensiones sobre calidad democrática, como: fuerte Estado de Derecho, robustas libertades y oportunidad real de su ejercicio, renovada cultura política, vigorosa institucionalidad para el acceso efectivo a los servicios públicos y buena respuesta estatal para resolver problemas nacionales y generar bienestar.
El sistema electoral que produce gobiernos y representación política –hace rato con tendencia a la baja- apareja otra seria dificultad: los partidos políticos pese a dicho monopolio para presentar candidaturas y sobrevivir si obtienen deuda política, abandonaron su ideario, dejaron de agregar intereses de la sociedad en su conjunto y de ser los principales y legítimos interlocutores de ella frente al Estado.
Así, cada vez más oligárquicos y menos ciudadanos, los partidos tornados máquinas electorales saturan el registro electoral (160 inscritos según tse.go.cr y contando porque es algo fácil crearlos); cuando alcanzan representación parlamentaria o municipal, suelen priorizar agendas de intereses estrechos.
Y es que más partidos no han significado más democracia, mejor función y política pública. Tampoco el fracaso electoral y castigo financiero -porque no ganaron nada- ha implicado un estímulo normativo para crear barreras objetivas y legítimas que contengan impresentables agrupaciones en formación o registro.
2. ¿Hacia candidaturas independientes?
La “erosión” del sistema de partidos no ha pasado desapercibida para la mayor parte de la ciudadanía costarricense, cada vez más informada y consciente de su realidad social y política. Por ejemplo, en la encuesta de opinión pública de octubre de 2025, habiéndose convocado oficialmente a elecciones, el CIEP informó que un 75% de las personas no sentía ni tenía simpatía partidaria.
Ahora, en el reporte del CIEP de diciembre de 2024 ese porcentaje fue de un alarmante 85%, y en una escala de 1 a 10 la ciudadanía calificó a las agrupaciones partidistas con un vergonzoso 3.7%. Esta valoración se ha mantenido parecida por varios años. Puede verse en: https://ciep.ucr.ac.cr/ .
Entonces: ¿por qué no debatir con seriedad la habilitación jurídica para distintas formas de candidaturas independientes que rompan el monopolio existente? ¿Acaso los fondos públicos que financian la deuda política no merecen “buenos partidos”, así como el retorno ético de una magnífica representación?
3. Irrupción de liderazgos enérgicos
El “libre mercado electoral” favorece la comparación-diferenciación y competencia partidaria, presuntamente en beneficio de una mejor elección del segmentado consumidor ciudadano, sin embargo, esa lógica no supera su “test” de decencia y aceptable desempeño esperado.
Ese contexto, aunado a la corrupción pública y política, así como a una larga lista de demandas populares insatisfechas por bienes y servicios básicos y otros estratégicos, ha causado el surgimiento de figuras políticas ajenas a los viejos partidos que, con un fuerte liderazgo y capacidad demostrada para enfrentar problemas sin postergar su resolución, aglutinan a la ciudadanía en torno a un relato válido de cambio y de acción gerencial coherente de mejora (ejecutividad).
Se trata de un estilo entendido como “personalista/decisionista” que conecta fácilmente con un pueblo cada vez más exigente, y que sin violar la legalidad – pues el control sano y proporcionado sigue existiendo- no teme a los ajustes sustantivos que el soberano reclama hace rato.
Ojalá ese formato “personalizado” y brioso de representación democrática, que coexiste con el añoso sistema partidista que lo origina, resulte además suficiente incentivo para producir buena legislación electoral, que sin amenazar la ya débil existencia partidista, las libere de ataduras burocráticas, adornadas con pluralismo y respeto a la voluntad del pueblo.
4. Señales de alteración en la cultura política
Quizá todavía no exista específica y abundante evidencia empírica sobre la profundidad del cambio que experimenta nuestra cultura política, pero hay datos importantes que la sugieren. Por ejemplo, en la encuesta del CIEP de setiembre de 2025, una parte de la ciudadanía consultada dijo que votaría en 2026 para “cambiar el Legislativo y la Constitución Política”.
Igualmente, en el informe CIEP del mes siguiente (octubre 2025) al explorarse el perfil presidencial preferido y estilo de liderazgo, la opción “mano dura” registró un 49%, la experiencia política y empresarial alcanzaron el 86% y 89% respectivamente, mientras que un 74% de los encuestados se inclinó por una candidatura representante del cambio. Disponible en: https://ciep.ucr.ac.cr/ .
Por su lado, el Latinobarómetro de finales de 2024 que indaga la opinión pública sobre actitudes y valores democráticos y conformidad socio-económica, encontró que en nuestro país un 18% está insatisfecho con los resultados de la democracia, sumado a un 33% que no alienta su funcionamiento. Además, según este estudio una creciente valoración ciudadana prefiere un gobierno con liderazgo más estricto pero efectivo. En: https://www.latinobarometro.org .
5. A modo de conclusión
Ya dejó de ser solo un asunto de partidos, ideologías, programas y estrategia comunicativa. La gente prefiere liderazgos potentes y aptos para enfrentar temores atávicos, y para sobreponerse a nostalgias de un pasado que ya no es.
La ciudadanía favorece el realismo y el uso de una brújula política calibrada, para que más líderes y no partidos encabecen transformaciones puntuales pero sustantivas, donde la muy diagnosticada institucionalidad las requiere.