-En el principio fue la discordia, y la discordia abrió la herida del costado, de ahí brotó sangre sobre sus generaciones y manchó con la culpa de la violencia las puertas de cada casa, de cada pueblo. –
La historia anterior también había sucedido en tiempos inmemoriales, en el Monte del Olimpo, durante el banquete de la boda de Peleo y Tetis, impulsada por la humillación de no ser invitada, la diosa Éris ingresó en el recinto y lanzó una manzana dorada al aire mientras exclamó a los cuatro vientos: ¡para la más bella!
Esta estrategia desencadenó una tensión entre Hera, Atenea y Afrodita, que tuvo que ser resuelto por el joven Paris, quien seducido por su deseo, eligió a Afrodita con la promesa divina de conquistar el amor de la mujer más bella: Helena de Esparta. Lo que desencadenó una tempestad que afectó cielo y tierra.
La trampa del deseo oculta en la manzana desencadenó la avalancha de la discordia. La diosa Éris triunfó sin un solo ejército, sin un solo golpe, solamente abriendo la ventana al deseo y vanidad de los otros, dividiendo el corazón de los demás.
Así es como nace la Eristocracia en nuestros días, es el arte de gobernar en medio de la discordia, que encuentra tierra fértil para brotar en las democracias frágiles. Esta nueva categoría política, -La Eristocrácia-, describe los gobiernos que siembran la discordia, la sospecha, la polarización en el pueblo con el único fin de alimentar una forma de poder que nace de la sensación de ser humillado.
La Eristocracia se entreteje de los hilos disueltos de la comunidad. Esta forma de gobierno se encarna en el narcisista político, quien es un individuo que disfruta contemplar su imagen en el espejo: en las redes sociales y en los medios de comunicación masiva. El Eristócrata es un narcisista político por excelencia, utiliza diferentes manzanas doradas como anzuelos, para incitar, para provocar la confrontación en los pueblos.
La Eristocracia tiene el potencial capaz de llevar a la destrucción a los pueblos, pero ¡un momento!, la caída de la manzana no debe verse como un eterno retorno, la discordia no debe ser el destino, porque incluso en medio de las noches más oscuras despuntará un amanecer. En medio de la tormenta que provoca la discordia, es posible renunciar a ser vivir en las cadenas de la vanidad del Eristócrata y de sus polillas de closet.
Si en la Eristocracia el deseo individual quebranta los cimientos de la comunidad, es necesario un hombre y mujer renovados, que sean capaces de no esquivar la realidad de la discordia, y en medio de las voces seductoras que incitan al deseo individual, resulta necesario atarse al mástil de la humanidad, sin perder el horizonte de un porvenir por el bien común.
Mientras el Eristócrata, que es un narcisista político, se contempla a sí mismo, la resistencia debe brotar, en el germen de la humanidad que es capaz de mirar en los ojos de la pluralidad y la diversidad. La resistencia frente a la Eristocrácia no se resuelve con la confrontación que el mismo esquema político desea, ya que más bien se alimenta de él. La discordia plantea falsos dilemas, construye fantasmas, manipula los datos, comunica con cizaña.
Ante esto es necesario, la reproducción del ser otro entre los otros, dicho de otra manera, del ser “nos-otros”, pero para esto es primordial acudir a las periferias de la sociedad, ahí donde la explotación y la marginación ha sido el abono del sentimiento de humillación y separación. La Eristocrácia hunde su mala hierba en la fragmentación social, producto de las desigualdades económicas.
Es posible ver emerger la esperanza de la comunidad y de una nueva forma de gobierno, una casa de los comunes, donde el poder se comparte y se socializa, pero para esto hay que pactar en primer lugar con las clases desposeídas, marginadas, aquellas que se perciben como inquilinas de su propia patria. Para volver a reconstruir una casa común, es prioritario tender la mano a quienes sufren la dictadura de la explotación laboral, de la violencia machista, en las fábricas, en las plantaciones, en los puntos de producción donde la plusvalía hunde sus botas sobre el rostro de la vida.
La manzana de la discordia no debe caer eternamente, en lugar de eso, manos comunes en diversidad pueden liberarse de las cadenas de la falsa democracia, de los falsos dilemas, y sembrar las semillas del “porvenir-ahora”, para reparar el mundo, con y desde las vidas que nos están siendo arrebatadas.