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Columna Cantarrana

De Barbenheimer a Hiroshima y Nagasaki

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Un viernes 6 de agosto de hace diecinueve años encendí un viejo Crown y, gracias a una humilde antena fabricada a partir de ganchos de ropa y cables de cobre, logré sintonizar Radio Habana. 

Radio Habana y Radio Martí constituyen dos curiosos remanentes de la Guerra Fría que aún hoy se disputan la hegemonía del éter. 

Socialismo o libertad, 

Cuba o Miami.

Patria o muerte o Patria y vida. 

Ambos bandos aúnan importantes esfuerzos a esta disputa. Y justamente por eso sintonizar una u otra no constituye una gran hazaña diexista. 

Para mí, sin embargo, aquella noche del 2004, fue algo maravilloso.

Recuerdo que estaban transmitiendo un programa sobre el bombardeo atómico en Japón y sonaba una pieza de Sivio. Una pieza que habla de un ave negra que abre la boca cuando atraviesan Hiroshima.

Estamos a setenta y ocho años de ese bombardeo y ni en Radio Habana ni en otras radios se habla muchísimo al respecto. En su lugar, las personas hablan de la peli sobre Oppenheimer: un físico teórico sin experiencia experimental ni administrativa, que, según David C. Cassidy, fue elegido director del proyecto Manhattan tan solo porque su pasado zurdo lo ponía en una situación comprometedora ante el poder político. Y si no hablan de eso, hablan del feminismo rosa a lo barbie.   

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Lo sé porque he pasado buena parte de la tarde escuchando emisoras remotas en una radio china de onda corta. 

Lo sé, sobre todo, porque reviso redes sociales. 

Vale la pena recordar que antes de la bomba, las catástrofes globales pertenecían al ámbito religioso, escatológico. Pero la bomba fue una suerte de ruina prometeica. Un arma que desproveyó a las guerras de toda posibilidad épica y, por consiguiente, de todo ejercicio de reflexión ética. 

Quizás por eso de 1945 en adelante entramos a una suerte de pax atómica de baja intensidad. 

Una pax donde la gente sigue matándose. 

Donde, por supuesto, hay guerras. 

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Pero sin ámbito para el heroísmo. 

En su libro sobre los sobrevivientes de Hiroshima, John Hersey cuenta que, cubriendo todas las ruinas de la ciudad, se extendía un manto de verdor fresco, vívido, lozano y optimista. Y decía que entre las cenizas y los restos aparecían flores silvestres. 

La bomba, según Hersey, no solo había dejado intactos los órganos subterráneos de las plantas, sino que los había estimulado. 

Pasaba algo semejante con Chernobyl: tras unas décadas del peor accidente nuclear de la historia, no se produjo ningún declive en la población de mamíferos. 

Y uno va a Japón y parece mentira que dos bombas atómicas cayeron hace sesenta y ocho años. 

La guerra, ciertamente, es un laboratorio en el que suceden las cosas más abominables de las que somos capaces. Pero, al mismo tiempo, es el escenario por excelencia de la camaradería y la solidaridad llevadas al paroxismo. 

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Ernst Jünger lo entendió así. Es decir, entendió que la guerra es una cosa inevitable y entendió que la paz, como correlato de la guerra, también lo es. 

Yo se lo compro. 

Y no me importa que hoy la gente hable más de Barbenheimer que de Hiroshima y Nagasaki. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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