Cuentos chinos en Hispanoamérica

Desde 1949, el Partido Comunista Chino —el cual acumula todo el poder en China y es actualmente liderado por el gobernante Xi Jingpin— ha tenido la convicción de acabar con Taiwán para anexarlo a la China continental. Para ello se ha valido de diversas estrategias militares, políticas, mediáticas y diplomáticas.

Parte de las estrategias diplomáticas ha sido aislar a Taiwán del mundo, evitando que pueda incorporarse a organizaciones regionales y mundiales, así como presionar y sobornar a aquellos países que le otorgan reconocimiento diplomático.

Esto fue lo que sucedió en Hispanoamérica, donde muchos países reconocían libremente a Taiwán hasta que llegó la presión china. Los resultados, que estos países ahora reconocen solo a la China comunista y han cortado lazos con la democrática Taiwán.

De esta forma, son cada vez menos los países que mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán. Sin embargo, todos los que han cesado relaciones reconocen que Taiwán es un gran socio, que ayuda a las sociedades de sus aliados a través de proyectos culturales, educativos, tecnológicos, y que no interviene en las cuestiones soberanas de cada nación, al contrario de la contraparte comunista.

Hemos visto en los últimos años cómo Centroamérica, poco a poco, ha ido cambiando y sucumbiendo a las presiones y promesas chinas. Por ejemplo, Costa Rica, a cambio de la construcción de un estadio, reemplazó a Taiwán por China en el 2007. Le siguieron, con muchas promesas de inversión, casi todos sus vecinos: Panamá (2017), El Salvador (2018), República Dominicana (2018), Nicaragua (2021) y ahora Honduras (2023).

Con estas promesas y amenazas, China logra que se desconozca a Taiwán para poder tener relaciones diplomáticas exclusivas y excluyentes. A cambio, las promesas chinas se enfocan especialmente en materia económica, prometiendo infraestructura, comercio e inversión directa.

Pero analicemos cómo les ha ido a estos países a partir de que cedieron a la presión china: en Costa Rica, después del estadio que les construyeron en San José, la balanza comercial y el intercambio en general ha sido negativo. El presidente costarricense ha reconocido que China “ha quedado debiendo” en los últimos años: “Ha habido poca inversión, el comercio es bastante deficitario y nos están poniendo trabas no arancelarias”. Las empresas chinas en Costa Rica generan apenas 390 empleos, y los capitales tan solo rondan los 2 millones de dólares. Cifras mínimas que nada tienen que ver con las promesas de hace 17 años.

Los demás países del área, después de ceder a los caprichos chinos, tampoco han visto ninguna ventaja, excepto evitar la presión constante de los funcionarios chinos. Los capitales chinos que entraron a dichos países ya salieron. El comercio ha resultado ser sumamente deficitario, ya que China no les compra casi nada, pero les vende de todo.

Las exportaciones de la región centroamericana a China apenas son del 3.8% del total,  una cifra prácticamente irrelevante para sus economías. En cambio, las importaciones son del 15%, menos de la mitad de las que reciben de los Estados Unidos, que son del 32%.

Las promesas de inversiones directas para generar empleos se han quedado en eso, en promesas. La gigante dictadura asiática no ha enviado capital a la región; al contrario, las escasas inversiones de las empresas chinas se han retirado rápidamente, generando incluso un balance negativo en las economías centroamericanas.

Ahora bien, las tramposas promesas chinas no son exclusivas para Centroamérica, sino que las han llevado a cabo por todo el mundo, especialmente en África y Asia, ya que buscan desarrollar infraestructura que favorezca a China en la obtención de materias primas y en la venta de productos chinos.

Las infraestructuras que los chinos construyen alrededor del mundo están destinadas esencialmente a beneficiar a China; principalmente ferrocarriles, aeropuertos y puertos. Pero la trampa es que también las financian.

La trampa del financiamiento chino es cobrar las obras que construyen para que estos países tengan deudas casi impagables con los comunistas chinos. Así los mantienen bajo un control multidimensional, no solo político, sino económico, atándoles de manos en muchas decisiones que deberían ser soberanas.

Los proyectos de inversión chinos en la región centroamericana siguen esta línea: atender a intereses comerciales chinos y hacerlos caer en la trampa del financiamiento. Muchos de los empleos que generan las obras son para trabajadores chinos importados desde China, al igual que los materiales, los ingenieros y las empresas que desarrollan estas obras. Así que, tampoco durante las obras se generan beneficios para los países y comunidades que las reciben.

La inconstancia y futilidad de las promesas chinas en la región también se extiende a las dictaduras aliadas, como el régimen de Ortega en Nicaragua. Desde diciembre de 2021, cuando Nicaragua y China negociaron el restablecimiento de relaciones, las ayudas económicas han sido limitadas y esporádicas, a diferencia de los numerosos proyectos de cooperación que Taiwán realizaba, hasta el 2021, en Nicaragua por cerca de 1051 millones de dólares.

Los discursos chinos y orteguistas de desarrollo fructífero, beneficio mutuo e intercambios culturales no se han materializado en exportaciones nicaragüenses a China, que no superan ni el 1%. Ni siquiera la alineación ideológica de estos dos aliados ha salvado a Nicaragua de costosos proyectos de infraestructura por China, como aeropuertos, que deberá repagar el pueblo nicaragüense por décadas.

Los créditos otorgados por China son muy onerosos y, desde el inicio, saben que no podrán ser pagados, por lo que apuestan por la presión y el control con estas herramientas financieras.

China, después de conseguir el apoyo diplomático de las naciones centroamericanas, incumple sus promesas y los utiliza como un peón más. El interés chino en la región hispanoamericana está concentrado en otros países, sobre todo en Sudamérica.

Pero, incluso en el caso de sus socios sudamericanos, la dependencia financiera y comercial con China amenaza la autonomía de estas naciones, con serias consecuencias a largo plazo. Por ejemplo, en la Patagonia argentina, China ha construido un supuesto observatorio satelital que fue negociado como territorio chino hasta al menos el año 2067.

En términos económicos, lo más preocupante de esta transferencia de soberanía argentina es que el gobierno de Néstor Kirchner no le cobró a China ni un solo centavo ni tampoco publicó los detalles del contrato en un período en el que el país sudamericano estaba inundado de deudas internacionales, incluyendo las de China. El costo real de los préstamos chinos como herramienta política y militar es incalculable.

La grosera práctica diplomática de forzar el rompimiento de relaciones entre democracias a cambio de supuestos beneficios con una dictadura ha demostrado ser falsa y contraproducente. China engaña, explota y abandona a quienes le han obedecido. Malas decisiones para los pueblos y gobiernos centroamericanos.

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El autor es presidente de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos y presidente de la Comisión Justicia Cuba.

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