En plena campaña electoral hay una pregunta que se repite más que cualquier consigna:
“¿Por quién hay que votar?”
La escucho en la calle, en redes sociales, en grupos de WhatsApp y hasta en espacios profesionales. Casi siempre viene cargada de cansancio, frustración y una sensación compartida de desconfianza. Y aunque muchos esperan una respuesta directa, la mía suele incomodar: no le voy a decir a nadie por quién votar.
No es evasión.
Tampoco neutralidad fingida.
Es una decisión consciente.
Decirle a otra persona por quién votar no es responsable ni ético. Es repetir el mismo vicio que hoy se le reclama a la política: delegar el pensamiento crítico y reemplazarlo por consignas, liderazgos prestados o simpatías momentáneas.
El problema no es la falta de opciones, es la falta de criterio
Hoy no faltan candidaturas.
Lo que faltan son explicaciones serias.
Abundan los discursos extremos, las promesas grandilocuentes y los personajes que confunden liderazgo con gritar más fuerte. Hay quienes venden soluciones mágicas para problemas estructurales y quienes convierten la política en espectáculo permanente.
Eso me preocupa más que cualquier nombre propio.
Porque cuando alguien pregunta “¿por quién votar?”, en realidad está diciendo otra cosa:
“No confío en nadie, ayúdeme a decidir”.
Aún no he decidido por quién votar (y eso también dice algo)
Y aquí viene una confesión que a muchos les sorprende: yo mismo aún no he decidido por quién votar.
No porque me dé lo mismo.
Sino porque sigo observando, leyendo, contrastando y exigiendo.
En un escenario electoral saturado de ruido, tomar una decisión apresurada solo para “tener respuesta” es caer en la misma lógica que criticamos. Decidir con responsabilidad también implica darse el tiempo de evaluar, incluso cuando eso incomoda o genera incertidumbre.
Mi posición es clara, aunque no tenga nombre propio
Aunque no tenga una papeleta definida, sí tengo criterios muy claros. No voto —ni votaría— por:
- Quien irrespeta la institucionalidad democrática.
- Quien usa el miedo, el odio o la desinformación como estrategia política.
- Quien convierte la seguridad, la migración o la pobreza en espectáculo.
- Quien ataca a la prensa, a la justicia o a las universidades públicas.
- Quien promete sin explicar cómo va a cumplir.
Tampoco me convence el “mal menor” automático ni el voto por castigo sin reflexión.
La democracia no se terceriza
Nos hemos acostumbrado a pedirle a otros que decidan por nosotros: al influencer, al periodista, al amigo “que sabe de política”. Pero la democracia no funciona así.
Un voto informado implica hacerse cargo de la decisión, incluso cuando ninguna opción entusiasma del todo. Implica leer planes de gobierno, revisar trayectorias, contrastar fuentes y preguntarse si lo que se promete es viable, financiable y coherente.
Es más difícil que seguir una recomendación.
Pero también es más honesto.
Mi invitación final
Si alguien insiste en que le diga por quién votar, mi respuesta sigue siendo la misma:
vote por quien no le prometa atajos, por quien respete las reglas del juego democrático y por quien trate a la ciudadanía como adulta, no como audiencia.
Tal vez no sea el discurso más viral.
Tal vez no calme la ansiedad inmediata.
Pero es el único que, a mi criterio, fortalece la democracia y no la reduce a un espectáculo electoral.
Porque al final, el problema no es por quién votamos cada cuatro años.
El problema —y la responsabilidad— está en cómo decidimos.