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Crecí en uno de los barrios más humildes de San José

» Por Saray Salazar - Actriz, Artista Plástica

Crecí en uno de los barrios más humildes de San José, habitado principalmente por personas de clase obrera.  Sin embargo, a pesar de eso, todas, o casi todas, las familias que ahí vivían eran propietarios de sus casas y todos sus niños iban a la escuela o colegio.  En ninguna de esas casas, por humilde que fuera, faltaba el agua o la electricidad.  Mi mamá, una mujer sola cuyo marido la abandonó con dos niños pequeños, trabajaba como dependiente en un almacén muy grande del centro de San José, también se las arreglaba para estudiar y estar presente en todo lo concerniente a sus hijos. Mientras ella estaba en el trabajo mi hermano y yo éramos cuidados por nuestros abuelos, él funcionario pensionado de la Municipalidad de San José y ella ama de casa.  Sobra decir que también éramos muy mimados y protegidos.  Fui a una escuela pública y a un colegio privado,  ya para ese entonces la situación económica de mi mamá había mejorado mucho.

Debo decir también que, a pesar de la humildad mi familia tenía carro, teléfonos, dos televisores y cuanto  aparatejo eléctrico de moda que se puedan imaginar y que les hacía la vida doméstica un poco más fácil a mi mamá y a mi abuela.  Hasta casita en la playa teníamos.

Muy jovencita me casé con mi primer novio.  Él, brasileño, fue compañero de colegio y estaba en Costa Rica porque sus papás eran funcionarios de la Embajada de Brasil. Poco después de mi boda nos fuimos a vivir a Brasil.  Fue en ese momento en que empezó realmente mi historia de amor con ese inmenso país en el que terminé de crecer. Una historia de amor que, debo confesar, fue aún más fuerte que la historia de amor que me llevó a él en primer lugar.

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Brasil es enorme.  Enorme físicamente y enorme también culturalmente. Bello, luminoso, alegre, rico,  verde como sus bosques, pero también triste, oscuro, pobre, ignorante y hambriento.  Brasil es un pueblo muy homogéneo en su alegría, en su color, en la riqueza de su música, pero extremadamente desigual. Brasil es intenso, no permite términos medios.

Durante toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia nunca, en mi país, había conocido a una persona analfabeta. En la Costa Rica de mi infancia no existía la indigencia, el hambre o la pobreza extrema ( al menos no existía en mi entorno inmediato), hoy sé que la cosa no era taaan así, pero esa era mi realidad.  En mi humilde barrio de clase trabajadora nadie pasaba hambre, nadie.  Ni mis amiguillos del barrio, ni sus papás o ni siquiera sus abuelos no sabían leer o escribir.  Hasta la familia más humilde  tenía la oportunidad de abrir un tubo y tomar un vaso de agua con la seguridad de que su salud no se iba a ver afectada. En mi país nadie nunca iba a saber lo que era hacer el servicio militar.

Cuando llegué a Brasil, me encontré con una realidad muy diferente.  Conocí, por primera vez en mi vida, a personas adultas que nunca habían ido a la escuela .  Oí historias de personas que habían perdido hermanos por el hambre o por una diarrea fulminante por tomar agua contaminada. También vi las casas más exageradamente hermosas que me podría haber imaginado hasta ese momento.  En Río de Janeiro las playas más bellas y exclusivas del mundo convivían con las tan conocidas favelas, los barrios más pobres y abandonados del país. Llegué a un Brasil hermoso y jerárquico, donde las empleadas domésticas no podían sentarse a la mesa a comer con los patrones o un funcionario  tenía que invitar a su casa al jefe en señal de respeto pero su jefe no lo invitaba a la suya porque su lugar en la jerarquía era menor  Un Brasil donde no todos podían comer carne  o pasear un domingo.  Un Brasil en que una parte de su población tenía acceso a lo mejor que los privilegios de la clase media alta y alta pueden ofrecer.  Un Brasil de gente cultísima y muy cosmopolita, pero también de gente analfabeta.  Un Brasil donde una parte de su población, la parte más numerosa, no tenía acceso siquiera a agua entubada y de calidad y, mucho menos, a educación básica que era, dicho sea de paso, obligatoria en mi país. Fue en Brasilia donde asistí por primera vez a un desfile militar .  Todo eso era nuevo para mí.  Mi fascinación con ese enorme país crecía a cada historia, a cada lágrima derramada al empatizar con una realidad que hasta ese momento no era mía, a cada risa al presenciar la alegría de ese pueblo tan diferente y también tan cercano. Viví con entusiasmo la caída del régimen militar.  Me sentí parte de la historia cuando, por presión de ese pueblo tan querido, los militares accedieron a ceder el poder y convocar a elecciones , aún parlamentarias, para que, por primera vez en muchos años,  la presidencia de la República estuviese en manos de un civil.  Viví, también con entusiasmo y esperanza, las primeras elecciones directas y democráticas de Brasil, que en mi país eran lo más normal del mundo. Sin embargo aún tendrían que pasar muchos años para que Brasil pudiera ser más justo, menos hambriento, más educado, menos desigual.  Años más tarde, de vuelta en mi Costa Rica, me había divorciado de mi esposo pero no de mi amado Brasil, me sentí feliz por ese mi otro hogar cuando me llegaban las noticias de un Brasil más amable con sus hijos más necesitados.   Por primera vez en toda su historia, Brasil vivía un tiempo de bonanza que incluía a todos:  al que no tenía casa se le dio; al que no podía darle de comer a sus hijos ahora podía sentarse a la mesa con ellos a comer al menos tres veces al día; a quien la educación básica era como un sueño imposible ahora tenía la oportunidad de ver a sus hijos graduarse de la universidad. Todo esto gracias a un señor que hoy está preso por un crimen que no cometió.

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¡Hoy mi Brasil me duele mucho!

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