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Contra la juventud

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Una época obsesionada por la juventud, en definitiva, es una época profundamente decrépita. Una época ruinosa, una época Windows, una época atroz en la que, permanentemente, necesitamos actualizar algo o, sencillamente, actualizarnos a nosotros mismos.

Salvo en los 60/70 nunca antes ser joven fue motivo de tantísimo orgullo como hoy.  O sea, salvo la época de los hippies y Vietnam, nunca fuimos tan decrépitos.  

Tim O’Brien alguna vez mencionó que su generación, esa, la de los hippies y Vietnam, fue la primera en confirmar que los padres mienten. Tal vez no haya sido la primera, pero sin duda fue una de las que más lo padeció. 

No voy a extenderme mucho en esto, basta un hecho para demostrarlo: un general condecorado como William Westmorland, héroe en la lucha contra los nazis, ocultó información y llevó a la muerte a centenares de jóvenes estadounidenses en una guerra absurda contra el Việt Cộng. Ese fue, de seguro, el aspecto más relevante de la revolución cultural de los sesentas y del desencanto posterior. 

Se entiende, así, que el correlato de la exaltación furiosa de la juventud, sin más, sea la búsqueda furiosa del padre. Eso que hoy se expresa en la dialéctica ominosa del macho herido y le progre heride: de Obama a Trump y de Trump a Biden. 

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Pero hay un tema aún más curioso: al menos en el último medio siglo, el término joven resulta automáticamente sinónimo de zurdo o de progre. 

Se trata, desde luego, de una ecuación demasiado fácil que ignora la complejidad y diversidad de esa categoría social. Y la ignora, seguramente, de manera deliberada. 

Y hay algo más: cierta vulgata posmoderna que ha terminado de embarrar esa obra que empezaron los activistas de la identidad y que plantea que los jóvenes, como las mujeres y ciertas minorías sexuales, son, de suyo, seres desinteresados, inimputables, víctimas históricas, representaciones indiscutibles del virtuosismo. 

Por si fuera poco, los parámetros etarios de la juventud cada vez se elongan más. Se es joven hasta los 35 años, o sea, casi la mitad de la vida. 

Hoy por ejemplo tenemos diputados de treinta y pico de  años que ganan diez veces más el salario mínimo, que se gastan las boletas de gasolina del Congreso en el carro de quien sabe quien, que se presumen progresista y de izquierdas y que, ante todo, se proyectan bajo el auspicio de su juventud. 

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Son jóvenes diputados.

Son virtuosos. 

Oyen reguetón. 

Son audaces a la hora de tuitear y hacer stories de Instagram. 

Usan tenis y rompen ciertos códigos de vestimenta. 

Ernesto Hernández ha mostrado que después del affaire Dreyfus el concepto de intelectual estuvo ligado indisolublemente a la izquierda. Pomposas y abusivas denominaciones tipo intelectual comprometido. Eso, sin embargo, no significa que no hayan existido intelectuales reaccionarios, de derechas. Intelectuales que no se persignaban frente a la foto de Carlitos Marx.   

Estaba Jünger, Céline, Pound o Vasconcelos. 

Estaba Rózanov y Julius Evola. 

Pero no hay duda de que el establishment ha persistido en invisibilizarlos sistemáticamente. Es más, acá en Costa Rica, hasta hace un tiempo, sucedía con autores como José Marín Cañas o Eunice Odio. 

Sospecho que pasa lo mismo con la juventud. 

Así como a lo largo del siglo XX el intelectual de derechas fue un auténtico perdedor, el joven de derechas, según parece, ha sido y es una flébil señal de extrañamiento. 

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Una cosa que incomoda. 

Una cosa que se ignora. 

Existen, claro está, los disparatados exabruptos de jóvenes de derecha que terminan siempre parodiados hasta el cansancio. Sin embargo, no son más que eso, parodias, insumo para la pródiga industria del meme. 

Del otro lado estarán siempre esos otros profesionales de la edad que monopolizan la cartografía de la cultura y la política. 

Hace un tiempo se viralizó un posteo según el cual,  palabras más, palabras menos, el mayor éxito del capitalismo es el pobre de derechas. Cada vez estoy más convencido de que, en realidad, el mayor éxito del capitalismo es el joven progre que llora y, además,  factura.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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