Columna Cantarrana

Carlos Cortés aún tiene razón

Richard Tarnas, un mae que se tomó bastante en serio todo el rollo de la astrología, menciona que los despertares dionisíacos y prometeicos regularmente están presididos por el alineamiento Urano-Plutón. Estos despertares donde lo prometeico actúa sobre, hacia y a través de los dionisiaco, dicho en dos patadas, corresponden a periodos de furiosa liberación erótica. 

Birringueo.  

Cachondeo. 

Degenere. 

Tarnas asegura que eso ocurrió en la década de los sesenta y no creo que haga falta insistir mucho en que los hippies y la revolución sexual son buenas expresiones de este principio arquetípico. 

Y, según dice, también ocurrió durante la Revolución Francesa. 

Resulta llamativo que estos procesos, a su vez, supongan el desarrollo de un correlato atroz: la muerte y la tortura como goma del amor y el coito. 

Light My Fire de The Doors y La Dolce Vita de Fellini, ya se sabe, acabaron en la trágica destrucción del Tíbet, el napalm de Vietnam y los asesinatos de Charles Manson. Y también vale recordar que antes de los guillotinazos, las bombas y el terror de Robespierre hubo una eclosión de de fraternité: los diputados de la Asamblea de julio de 1792 se abrazaban y se besaban entre lágrimas de hondísima emoción. 

Ignoro si la segunda década de este siglo estuvo presidida por Urano-Plutón. Pero sí recuerdo que asistimos a fenómenos como Occupy Wall Street y el Movimiento de los Indignados y las Primaveras Árabes y recuerdo que prevalecía una sensación de genuino optimismo respecto al potencial liberador de estos procesos. 

En febrero del 2011 los jóvenes de Bahrein se congregaban en torno a la Plaza de la Perla para protestar y exigir más libertades. Montaban tiendas de campaña en las que no era infrecuente el sexo casual y charlaban y bailaban y cantaban. 

Embriagados de futuro y esperanza, aquellos muchachos estaban convencidos de que todo cambiaría. Semanas después, los policías bahreiníes y los militares saudíes tomaban la dichosa plaza a punta de bala. Al respecto, basta ver un documental de Al Jazeera, Shouting In The Dark, para constatar una vez más que la esperanza es horrorosa porque nunca se cumple. 

Cosas parecidas sucedieron en Libia: lo que empezó como un movimiento de jóvenes liberales terminó con la escena de fundamentalistas pertrechados con ametralladoras en los cajones de un pick-up. En España, por otro lado, los indignados de Sol terminaron convertidos en vecinos de Galapagar. Y en EE. UU, los que antes reprochaban la avaricia de Wall Street, diez años después se comportaban como auténticos neomalthusianos o fascistas tardíos que abogaban por castrar a los pobres para evitarles sufrimientos.   

Nosotros, en Costa Rica, nunca llegamos a tales exabruptos. Somos la Corea del Centro de los arquetipos. Somos la tercera vía entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Y esta circunstancia, con todo, resulta provechosa. Nuestros jóvenes progresistas, lejos de luchar por la destrucción del aparato estatal y lejos de anhelar la socialización de los medios de producción, se ponen camisetas con leyendas inocuas tipo “Tax the richs”. Dicho de otro modo: nuestros jóvenes progresistas, más que un Lenin o una Rosa Luxemburgo, anhelan un Oduber o una Paola Vega. Y quizás por eso, el correlato atroz de tan modestos arrebatos de impulso dionisíaco y prometeico, no pasa de ser una discusión de Twitter ligeramente acalorada. 

Carlos Cortés aún tiene razón: por eso desde el Big Bang seguimos esperando un avistamiento, aunque sea uno austero, centroamericano, tipo Eulalia, del alineamiento  Urano-Plutón…  ¡No importa que Plutón ya ni siquiera sea planeta!  

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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