La potencia sin cabeza

ANÁLISIS

Por Ross Douthat (NYT)

Si no existiera el imperio estadounidense en todo su poder, si el Washington de Donald Trump y James Comey solo fuera el pantano siciliano que parece ahora, entonces nadie que examinara los eventos recientes dudaría de que todo el Medio Oriente está al borde de su propia versión de la gran guerra europea.

En estos momentos están presentes todos los elementos que lanzaron al conflicto a las potencias europeas en 1914 y en 1939 (así como en 1870, 1853, 1805, 1756 …). Tenemos dos alianzas rivales, una encabezada por Irán y otra por Arabia Saudita, separadas por la religión, la ideología y los intereses estratégicos. Tenemos guerras entre ellas, libradas por sus validos, en Siria y en Yemen, que recuerdan la guerra civil española en su ferocidad y complejidad facciosa. Tenemos varias fuerzas externas imprevisibles, desde el Estado Islámico hasta los kurdos y los rusos, cuyas actividades de instigación o simple interés propio podrían ayudar a poner en marcha una catástrofe.

Y ahora, con el súbito intento saudita de aislar a Qatar e imponerle una larga lista de exigencias, tenemos un enfrentamiento como el de Austria y Serbia en 1914: una gran potencia exigiéndole a un país pequeño que corte sus nexos con el terrorismo, mientras el país pequeño busca apoyo entre los rivales del grande y encima de los esfuerzos por resolver la disputa flota una bruma de rumores y desinformación (ahora por Internet, no por telégrafo).

En efecto, lo que los sauditas y sus aliados le están haciendo a Qatar es, según su definición tradicional, un acto de guerra: cerrar fronteras y vías de agua y suspender vuelos en lo que equivale a un bloqueo suave. Mientras tanto, las muestras de apoyo a Qatar por parte de Irán y Turquía son el tipo de medidas que a lo largo de la historia han convertido crisis en conflicto declarados, pues la intensificación se alimenta de intensificación mientras no estalle la guerra de verdad.

Una salvedad: en estos ejemplos históricos no había un poder hegemónico con unas fuerzas armadas que empequeñecieran a todas las potencias belicosas, un claro interés en que los conflictos no salieran de su escala local y de que las fronteras se mantuvieran tal como estaban trazadas. Y el principal objetivo de la Pax Americana, el mejor argumento para justificar todo el dinero gastado en mantenerla, es que promete mantener contenidos precisamente ese tipo de conflictos regionales, ya sea tranquilizando, intimidando o protegiendo a naciones que, de otro modo, estarían dedicadas a una carrera armamentista y a librar guerras.

Por tanto, Estados Unidos confía en que sus desagradables amigos sauditas no van a iniciar una guerra regional, pues ellos dependen del armamento estadounidense y, también en ciertos casos, de que Estados Unidos libre sus guerras por ellos. Estados Unidos confía en que sus desagradables enemigos iraníes no van a iniciar una guerra regional pues no querrán arriesgarse a luchar directamente contra un gigante militar. Estados Unidos espera que Qatar acepte su mediación porque (entre otras razones) tiene una enorme base militar en su territorio. Y aunque los qataríes y todos los demás involucrados –kurdos, turcos, iraquíes, israelíes– tienen forma de influir en la política estadounidense, saben que hay límites y que tienen que obtener lo que quieren sin hacer nada que haga que Estados Unidos se voltee en su contra.

Todo esto puede funcionar, y ha funcionado, en el Medio Oriente y en otras partes. En los últimos años hemos visto menos guerras, menos muertes en combates y menos conflictos entre estados que en la multipolar era anterior a la Pax Americana.

Pero no es inevitable que funcione y tampoco es inevitable que dure. Los estadounidenses pueden desestabilizar las cosas desde arriba, como hizo George W. Bush cuando trató de remodelar a Irak por la fuerza de las armas. Y los agentes locales siempre pueden exponer los límites de la hegemonía estadounidense, como hicieron durante los años de Barack Obama y su estilo de no intervención, que evitó un error como el de Irak pero permitió que se debilitara la paz mundial con el estallido de varias sangrientas guerras de interposición.

Ahora, el heredero del error de Bush y de las luchas de Obama es un hombre que no tiene ni la menor idea de lo que está haciendo en ningún aspecto de la presidencia. Y no es de sorprender que esa incompetencia e inexperiencia sea una razón de que la crisis de Qatar se haya vuelto tan peligrosa. Los bailes con espadas y los globos brillantes en los que intervino Trump en Arabia Saudita le dieron a la alianza saudita la sensación de que tenía margen para ser inusualmente agresiva y, desde que empezó la crisis, los tuits y las declaraciones públicas del presidente han estado chocando con lo que están haciendo los diplomáticos. (Mientras tanto, la estrategia de Trump en Siria, tal como está, ha metido a Estados Unidos más a fondo en esa guerra de interposición.)

Estamos ante una prueba: ¿Qué tan bien funciona la hegemonía estadounidense cuando le falta la cabeza? ¿La estructura básica de la Pax Americana –el peso de su ventaja militar, los hábitos geopolíticos contraídos en 25 años de unipolaridad, la atrofia de otros países para intervenir en conflictos entre estados– tiene la fuerza suficiente para mantener a las potencias menores alejadas de la guerra, aun cuando el presidente no entienda su papel ni sepa desempeñarlo?

Esta vez esperamos razonablemente que la respuesta sea sí.

Pero si es así, no se ponga cómodo: el Medio Oriente estará alineado como en 1914 mientras dure esta presidencia, y las pruebas como la que se está dando en Qatar van a venir más de una vez.

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