Por Ofira Koopmans y Saud Abu Ramadan (dpa)
Bnei Dekalim/Gaza, 13 ago (dpa) – Debió transcurrir toda una década tras la retirada israelí de la Franja de Gaza para que Rachel Saperstein y su esposo pudieran volver a instalarse en un hogar estable. “Aún estoy traumatizada”, dice la mujer de 74 años, mientras se acuerda de la evacuación forzada de 21 asentamientos judíos por parte del Ejército israelí.
“Tenía una casa preciosa en Gush Katif y quisiera seguir estando allí en lugar de aquí”. En los años posteriores a la retirada israelí en agosto de 2005 la pareja vivió inicialmente en una casa prefabricada a 20 kilómetros al norte de la Franja de Gaza.
Unas 9.000 personas -alrededor de 1.900 familias- se vieron obligadas hace una década por orden del entonces primer ministro israelí Ariel Sharon a abandonar los asentamientos en la delgada franja costera. Israel los había construido en medio del territorio palestino tras la conquista de la Franja de Gaza en la Guerra de los Seis Días en 1967.
Para la mayoría de los palestinos, los colonos israelíes eran seres ajenos y odiados. Una y otra vez hubo ataques con cohetes y atentados contra personas que eran consideradas la punta de lanza de la fuerza de ocupación israelí. Sus asentamientos estrictamente vigilados y rodeados por alambres de púa se parecían más a un puesto militar que a una residencia de civiles.
En vistas de la mala situación de seguridad, Sharon resolvió durante su mandato una retirada unilateral del territorio hostil, sin un acuerdo político con los palestinos. Israel y Egipto continuaron controlando las fronteras hacia el enclave.
Los habitantes de Gaza festejaron la “expulsión” de los colonos como un triunfo. Sin embargo, desde que Hamas asumió el poder por la fuerza en el año 2007 sufren un bloqueo aún más intenso. Desde entonces tres guerras de envergadura asolaron al territorio costero densamente poblado y miles de personas murieron.
Entre los palestinos se desató además una sangrienta guerra fratricida. Pese a una reconciliación oficial, persiste la rivalidad latente entre el movimiento radical islámico Hamas en la Franja de Gaza y el más moderado Al Fatah en Cisjordania.
El presidente palestino Mahmud Abbas dijo inmediatamente tras la retirada del último soldado israelí de la Franja de Gaza que una parte de Palestina había sido liberada. Y se manifestó esperanzado de que ocurriera lo mismo con Cisjordania y Jerusalén. Sin embargo, esto no ha sucedido hasta el momento.
Para muchos israelíes, la retirada iniciada el 15 de agosto de 2005 continúa siendo una “herida abierta” y por último un fracaso. Desde el repliegue que en realidad debía llevar más calma a la región, militantes palestinos dispararon unos 16.500 cohetes y granadas de mortero hacia Israel. Esto le viene como anillo al dedo a los israelíes de derecha, que utilizan los ataques con cohetes como argumento contra más concesiones de territorio hacia los palestinos en Cisjordania.
Los colonos recibieron tras la retirada una indemnización financiera, a veces de cifras millonarias. Pero los Saperstein percibieron la evacuación forzada pese al entorno hostil como una “expulsión del paraíso”. La pareja, que llegó a Israel hace medio siglo desde Nueva York, tiene tres hijos, 12 nietos y un bisnieto.
En su ex asentamiento Neve Dekalim, el mayor de los 21 en la Franja de Gaza, los palestinos crearon entretanto la Universidad Al Kuds. Hamas, que gobierna la Franja de Gaza, se refiere a las regiones de las que se replegó Israel como “territorios liberados”.
Tras la retirada se registraron saqueos masivos de la población palestina, según explicó Mohammed al Shaer, responsable de los ex asentamientos. “Se perdieron millones de dólares”, afirma. Recién tras la victoria electoral de Hamas en 2006 y la creación de un gobierno de unidad con Al Fatah se establecieron autoridades responsables de los “territorios liberados”.
Los colonos israelíes dejaron tras de sí numeroso equipamiento agrícola, invernaderos y otra infraestructura valiosa. Algunos de los ex asentamientos son usados actualmente como granjas, y otros como parques de entretenimiento, hospitales e instalaciones deportivas. Los nombres hebreos de los asentamientos mutaron al árabe. Los nombres proceden del Corán o describen batallas históricas de combatientes musulmanes contra infieles, cruzados o judíos.
En los ex asentamientos Azmona y Bdolaj en el sur de la Franja de Gaza se cultivan melones, pepinos y mangos. Fueron unidos y se los rebautizó como Ein Dshalut, el nombre árabe de una batalla en el año 1260 entre musulmanes y mongoles en las cercanías de Beit Shean, en el actual Israel.
Otros ex asentamientos como Katif, en las cercanías del campamento de refugiados de Dir el Balaj, se convirtieron en sitio de entrenamiento de militantes palestinos, para el pesar de Israel.
Itamar Yazdi, guardia en Bnei Dekalim, también se encuentra entre los colonos que debieron abandonar la Franja de Gaza hace una década atrás. Las tres guerras desde el repliegue y los continuados ataques con cohetes prueban, en su opinión, que “sin ninguna duda la retirada fue un error”.
También muchos de los que en su momento apoyaron esa decisión se encuentran actualmente desilusionados, sostiene. “Ahora ya nada me ayuda, pero quizás en el futuro impedirá iniciativas similares”, reflexiona.
