La Cueva volvió al centro del debate morado, pero ya no desde la euforia de un título ni desde la urgencia del calendario. Esta vez, el contraste lo marcan dos presidencias y dos maneras de entender el futuro del Deportivo Saprissa.
Por un lado, el sueño. Por el otro, la decisión.
Durante su etapa al frente del club, Juan Carlos Rojas nunca escondió su gran anhelo: un nuevo estadio en Tibás. Lo dijo sin fechas, sin promesas cerradas y con la cautela que marcó su gestión. “Mi sueño es tener un estadio nuevo en Tibás… sería el legado ideal para los próximos 30 o 50 años”, confesó en febrero, en entrevista con Yashin Quesada.
Rojas habló siempre de aspiración, no de plan. Reconoció que Saprissa podía aspirar a una obra así por tamaño de afición y peso institucional, pero también dejó claro que no le correspondía dar el banderazo de salida. El proyecto, en su discurso, vivió como una ilusión posible, nunca como una ruta inmediata. Y así terminó su mandato: 11 títulos deportivos como saldo positivo y una salud financiera delicada que volvió cuesta arriba cualquier megaproyecto.
Con su salida —apenas hace semanas— el foco cambió. Roberto Artavia tomó el relevo y, en su primera comparecencia pública, fijó una línea distinta: La Cueva no se abandona.
“Nos quedamos aquí, en La Cueva. La Cueva va a ser un estadio maravilloso, bonito y acogedor”, dijo Artavia, sin rodeos, dejando claro que la casa morada no se mueve de Tibás. El mensaje fue directo: no habrá mudanza ni estadio nuevo en el corto plazo; lo que viene es mejorar, modernizar y cumplir.
Artavia no habló de fechas milagro ni de renderizados espectaculares. Habló de procesos: mejoras estructurales, compromisos con Bomberos, crecimiento de palcos y graderías, mayor conectividad, vallas electrónicas y un estándar más cercano al fútbol moderno. Todo, eso sí, con tiempo. “No lo esperen para la semana que viene”, advirtió.
El contraste es evidente.
Rojas imaginó un nuevo estadio como cierre de ciclo y símbolo de grandeza futura.
Artavia propone hacer grande lo que ya existe, sin romper el vínculo emocional con el barrio, la historia y la identidad.
No es una discusión menor. Es una decisión filosófica. Para Rojas, La Cueva fue siempre arraigo… pero también límite. Para Artavia, La Cueva es destino, no transición. Donde uno hablaba de “ojalá”, el otro habla de “nos quedamos”.
Ambas visiones conviven en el tiempo reciente del Saprissa. Una pertenece al ciclo que ya terminó; la otra, al que recién empieza. El punto de encuentro sigue siendo el mismo cemento, las mismas graderías y el mismo nombre.
La diferencia es clara: el sueño queda atrás; la realidad, ahora, manda.
Y La Cueva, lejos de desaparecer del mapa, vuelve a ser el centro del proyecto morado.