“Viví pobremente pero aquí estoy”

Mi nombre es Alba Julia Montero Gómez, tengo 71 años y nací en Dulce Nombre de Tres Ríos. Mis papás son nativos de ahí mismo. En Dulce Nombre mi mamá tenía hermanos; tenía primos, tíos, de todo, pero nosotros no teníamos tiempo como de salir con ellos, como de jugar con ellos, como de pasear con ellos, porque teníamos que trabajar; por parte de mi papá fue muy poquita la familia. Conocí a mi abuela por el lado de mi mamá. La de mi papá no, porque mi papá quedó huerfanito pequeño…

En Dulce Nombre mi papá cuidaba una finca grandísima dedicada al cultivo de flores, y era jardinero de la misma finca. Él hacía arreglos florales y los otros que se hacen para los matrimonios. Los patrones de mi papá eran panameños; ellos le daban la casa para vivir, pero no tierra para trabajar. Somos siete hermanos, tres mujeres y cuatro hombres. Yo soy la segunda, tengo un hermano mayor y después sigo yo. Mi mamá no trabajaba, nada más se dedicaba a la casa y a cuidarnos a nosotros… Nosotros trabajábamos regando abono, volando cuchillo. Cuando trabajábamos en las fincas, a las cuatro de la mañana andábamos jalando las vacas, dejándolas ordeñadas para después ir a trabajar. Luego salíamos de la finca de trabajar y teníamos que traernos una carga de leña cada uno para la comida. Pero esa vida yo no la cambio por esta que hay ahorita.

Mis papás eran muy católicos, los dos. ¡Mi papá, Dios libre sentarse a comer y no rezar! El viernes se rezaba la pasión a las tres de la tarde, ahí hincado todo el rato y ¡Dios libre alguien se moviera! Los domingos íbamos a la misa, a la iglesia; ahí íbamos todos. Él nos llevaba a todos a misa y a pie porque en ese entonces aquí no había buses, no había nada.

A veces una persona llegaba y le decía a ellos, “Présteme a sus hijos para que me vayan a hacer un mandado a Tres Ríos” y teníamos que ir a Tres Ríos a pie. En ese entonces, había un quebrador aquí arriba, y bajaban los carros llenos de material… Yo me le colgaba a un carro de esos y bajaba hasta Tres Ríos, y para arriba venía otro y me le colgaba y así me venía. Yo siempre fui muy… Dice mi mamá que fui como un hombre porque todo me gustaba: me encaramaba en los palos y todo… Yo me iba con mi papá; él pasaba a alguna cantinilla a comprarse un cigarro y salían los borrachillos y le decían: “Si no me das un trago, te pego….” Y yo juntaba piedras y les decía: “¡Tóquenmelo y verán ustedes lo que les pasa!” Yo andaba con él en todo lado, él cortando y haciendo los arreglos de flores y yo sentada a la par de él. Yo con mi papá… para mí es algo especial.

Para la Guerra del 48 yo medio me recuerdo, estaba muy chiquitita, podía tener como unos siete o tal vez ocho años, algo así. Estaba mi mamá embarazada de un hermano mío, no del último, de otro, y yo lloraba porque mi papá salía en carrera a esconderse. Incluso mi padrino llegaba y nos botaba la puerta. Yo sí me acuerdo de eso, que llegaban ellos y le botaban a uno las puertas y si uno tenía algo de comer se lo llevaban y de todo. Yo de eso sí me acuerdo, pero yo le decía a mi padrino: “Usted me mata a mi papá y yo lo mato a usted”. Abajo, en la finca, había un río y había unas piedras grandísimas; entonces ellos iban y se escondían ahí y yo lloraba porque me lo iban a matar y yo quería irme con él porque todo el tiempo anduve detrás de él. Mi mamá fue siempre liberacionista; toda la vida. Pero yo no me acuerdo de mi papá, seguro era liberacionista también, igual a mi mamá.

Más luego, yo salí de esa finca y me metí a trabajar en un vivero. Ese vivero lo hicimos nosotros, lo empezamos; ahí cortábamos el helecho para la exportación. Después, trabajamos en otras fincas. Los trabajos que hacíamos eran regar abono, cortar itabos para hacer cercas, ir a ayudarles a los hombres a hacer cercas, coger café. Cogíamos café en la misma finca; se llama la Cafetalera Bella Vista y todavía existe. Ahí se cogía café y terminaban las cogidas de café y uno se quedaba trabajando en la misma finca, regando abono, sembrando almácigo, todo eso…

Después, los patrones de mi papá se fueron; mis papás compraron una casita aquí en Dulce Nombre y nos vinimos a vivir ahí. Ahí se tenían gallinas, se tenían las vacas. Todos estos cerros eran montazales; entonces, las vacas cogían para estos lados. Mi papá también comenzó a trabajar en fincas.

Fui nada más hasta tercer grado de la escuela. Cuando tenía once años a mi papá Diosito se lo llevó… A mi papá lo operaron de una úlcera y él se llevó una cólera a los dos días de operado. Entonces, él estaba sentadito en una silla y se quiso parar, y donde él se quiso parar, se le reventó todo por dentro y de eso murió él; pero era una bella persona: fue muy especial, él fue un papá especial, trabajador, no tuvo vicios ni nada. Para mi manera de pensar no lo puedo comparar con nadie… Mi papá tiene 57 años de muerto y para mí fue como si hubiera sido ayer; yo guardo un recuerdo tan grande de él.

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Cuando mi papá murió, él tenía 37 años y mi mamá también tenía 37 años. Mi mamá estaba embarazada y por dicha nunca se casó, nunca nos puso un padrastro. Ella se fajó a trabajar con nosotros y nunca nos puso un padrastro porque nosotros le decíamos que padrastro no queríamos. Mi mamá me sacó a mí de la escuela para que yo fuera a trabajar y le ayudara para poder sobrevivir. Mi hermano mayor trabajaba; él sí sacó el sexto. Todos mis hermanos sacaron el sexto, solo yo no. A mí se me olvidó todo, mi 17 mente quedó en blanco. Yo no sé leer ni escribir, nada de eso, no sé nada de eso. La escuela me gustaba, pero incluso ahora, después, me dijo el psicólogo que no porque a mí se me hizo como un trauma; entonces yo no puedo aprenderme nada y más bien dice que es peor porque me puedo enfermar más… Yo no tuve estudio porque no pude, pero yo no cambiaría el tiempo de antes por el tiempo de ahora.

Once años tenía yo cuando mi papá falleció. Falleció, y ya de ahí para acá, de esa etapa para acá, nosotros tuvimos que comenzar a trabajar y a ganarnos la vida como podíamos. Mi hermano y yo éramos los que trabajábamos, porque mi mamá estaba que ya reventaba del último, porque a los 15 días de muerto mi papá, ella se mejoró… Mi mamá me mandó a trabajar a casas; entonces, yo ya no pude estar con mis hermanos porque yo dormía en la casa, en el trabajo.

Trabajé donde don Nilo Villalobos; después cuidaba a una señora inválida; cuando ella murió tuve que buscar trabajo y vine a trabajar en una casa aquí a Tres Ríos, donde doña Gladys Monestel. En esas casas se hacía de todo: lavar, cocinar, limpiar, aplanchar; todo se hacía, pero era tan lindo… Trabajaba toda la semana, venía el día domingo a ver a la familia, me quedaba con ellos un ratito en la mañana y en la tarde ya me iba.

¡Uno era tan inocente! Uno no sabía nada, uno no estaba para preguntar nada. Yo oía esas cosas de “la luna de miel” y yo le decía: “Mami, ¿qué es la luna de miel?” “¡Ay, muchacha! Sentarse afuera, comerse un puño de maíz con un pedazo de dulce…” Así le decían. Y yo me robaba las tapas de dulce y los puños de maíz porque en mi casa todo el tiempo había de eso, y me llevaba todo el montón de chiquillos “pa’ la luna de miel” al lado atrás de la casa. ¿Y qué era lo que hacíamos? Hartarnos el maíz. Ahora un chiquito ya sabe todo porque a ellos les enseñan en la escuela eso. Yo en veces digo: ¿estará bien o estará mal que les enseñen eso?

Cuando tenía como unos catorce años me cansé de trabajar en las casas y me vine para trabajar en las fincas, a las cogidas de café… Nos íbamos todos mis hermanos a coger café y con eso vivíamos. Cuando uno cogía café, trabajábamos en la finca; terminaba, venía la cogida de café, luego salíamos para trabajar otra vez sembrando café, regando abono, chapeando…

Ya entonces le gustaba a uno como que lo dejaran salir, y no lo dejaban. Me gustaba bailar y me escapaba a bailar al “Costa Rica”. Eran bailes con rock-ola. Preciosos. Eso se llenaba los sábados y domingos. Todo mundo se conocía y ahí estaban todos los amigos de uno. Mis hermanos me veían y ya venían y me acusaban; y ya venía mi mamá y me sacaba del pelo y me daba unas palizas; pero yo venía contenta porque ya me había bailado un par de piezas. Yo no cambio la vida de antes por la de ahora; ya los chiquillos no pueden ni trabajar: tienen 18 años y si trabajan, les cae el Patronato. En cambio, antes no existía eso; era preciosa la vida de antes.

El trabajo en las casas me gustaba, pero el trabajo que a mí toda la vida me ha gustado es el del campo. Para mí es lo más lindo. Por eso, ahora sufro cuando nos quiten de aquí donde vivo, porque aquí al menos en bandejas yo siembro culantro, siembro lechuga, siembro lo que me como; lo siembro aquí en este pedacito y soy feliz. Aquí yo he “yo no cambio la vida de antes por la de ahora” sembrado papa y me comía la papa de aquí… Entonces, cuando nos dijeron que tenía que botar todas las matas, para mí fue como si me dieran un balazo porque mi corredor está lleno de matas. Esa es mi felicidad, y allá atrás tengo un patio con gallinas. Ya al quitarme de aquí, la verdad es que tal vez me muera más rápido.

Al tiempo me casé… Él era cobrador de la ruta de buses de Tres Ríos. En mi casa me exigieron y yo me escapé con él…. Después a uno le pesan las cosas, pero ya es tarde… Como dice el dicho: “Cuando uno llama a Malhaya, ya Malhaya va largo…” Él me llevó a vivir con la mamá. La mamá fue una bella persona conmigo –no puedo hablar de ella, fue algo especial–, pero él se hizo vago, no quería trabajar y ya me pegaba… Tuve tres hijos con él, fueron así un año, un año, un año, porque él era muy machista, y nos dejamos: él por su lado y yo por el mío. Pero él siguió jodiéndome la vida. Entonces, yo le dije: “OK, nos vamos a divorciar.” Yo tenía como 20 años.

Lo dejé y me vine otra vez para mi casa. Mis hermanos se casaron y cada uno se fue y me quedé yo con mi mamá. Solo mi hermana, la menor, esa nunca se casó, se quedó con mi mamá y todavía ahí, tiene sus hijos y está sola… Mami se hizo cargo de mis hijos 21 y yo me fui otra vez a trabajar en casas. Yo venía todos los domingos a ver a mis hijos y a traerle la plata mi mamá para que se mantuviera ella.

Entré a trabajar a la casa de don Paco Calderón Guardia. Ahí trabajé como cinco años, hasta que murió. Él me trató como si fuera una hija, solo “Mi chiquita” para arriba y “Mi chiquita” para abajo y así… ¡Fueron tan bellos conmigo! A uno no lo trataban como a un empleado, lo trataban como si fuera de la casa. Don Paco para mí fue una gran persona. Después de don Paco, me pasé a trabajar donde el yerno de él, y ahí trabaje como unos ocho años.

Cuando yo trabajaba donde don Paco, una vez no le llego a dormir… Y comienza ese señor a llamar y a llamar y a llamar por teléfono. Mi marido era policía y le dijo a una patrulla que parara; les habló en claves y me montaron en la patrulla y me llevaron detenida. Yo lloraba porque me llevaron donde están todas las mujercillas, y el oficial me pregunta y le digo “Vea, hágame el favor y me llama a don Paco Calderón”. Y le digo yo: “Yo trabajo ahí.” Y lo llaman y les dice: “¡Hágame el favor y me la traen aquí, si no quieren quedar ustedes detenidos también! Ella no es lo que ustedes dicen.”

Al tiempo ya otra vez me cansé de trabajar en casas y me vine otra vez a trabajar en las fincas… La última casa en la que trabajé fue en la de ellos, la del yerno de don Paco.

Después, en un baile, me encontré al papá de mis otros tres hijos, porque yo tuve tres con mi marido y tres que no son de mi marido. Al tiempo quedé embarazada y él dijo: “No, tiene que venirse conmigo.” Fue cuando yo me fui con él y le dije: “El día que usted no quiera vivir conmigo, sea sincero porque yo soy sincera con usted… Si usted me da vuelta, usted sabe que yo lo dejo… Cuando usted me dé vuelta, usted llega y me dice: ‘Me gusta otra mujer y me voy y ¡ya está! Aquí no pasó nada…”

Cuando me junté con él, ya yo no volví a trabajar más. Ya él dijo: “No, hasta aquí; yo tengo la obligación, y yo la levanto.” Al principio, él trabajaba vendiendo copos. En eso siguió por un tiempo; trabajaba también en carpintería y en mantenimiento, todo eso él lo hacía. Después comenzamos a hacer juguetes. Yo trabajaba con él en la casa; en octubre comenzábamos a hacer jueguitos de comedor, cunitas, coqueticas para las güilas, carritos, carretones, todo eso… Él lo hacía y yo se los pintaba. Los vendíamos en los almacenes o en las casas, nos íbamos a vender a las casas o hacíamos rifas. La verdad, era un señor muy responsable. Él tiene nada más estos tres hijos.

Mientras estuve con él, yo venía a ver a mis hijos mayores todos los domingos. Veníamos a verlos mientras estuvieron pequeños; nosotros les dábamos, le ayudábamos a mi mamá… Después ya se casaron y ya cada uno agarró su rumbo.

Vivíamos en el Barrio Santa Cecilia, en Guadalupe; de ahí traíamos los güilas a la escuela Pilar Jiménez. Ahí vivimos muchos años, los 20 años que viví con él. Era una casita humilde, igual a esta, de alquiler. En mi casa yo vendía helados y vendía gelatinas y vendía de todo.

Viví 20 años con él; pero en cinco segundos se perdió todo porque yo soy muy delicada y a mí me gusta que si yo digo una cosa me la respeten, y yo a él le decía: “El día que usted se encuentre a otra mujer, no le dé pena, usted viene y me dice: ‘Me voy porque me encontré otra mejor que usted’, y me voy y no pasa nada. Así como nos juntamos, nos dejamos.” Yo me quedaba trabajando en la casa y él se iba con otra mujer y yo, “¿Qué es esto? ¿Qué es esa barbaridad? No, aquí se termina todo…” Y me fui, lo seguí y estaba él sentado con la mujer en la mesa, y llegué y le dije: “Me hace el favor y llegue temprano…” Ese hombre jamás se imaginó. Y llegó y le dije: “Ahora sí, hasta aquí! Este libro se cerró y no se vuelve a abrir nunca más…” Y hasta ahí.

Cuando lo dejé, yo iba para 50 años y la menor tenía tres años. Me vine otra vez para aquí, para donde mi mamá, a vivir. El mayor ya había terminado sexto grado y el segundo vino nada más a recibir el título. Comenzamos a trabajar y trabajar con mis dos hijos en las fincas. Yo ganaba como 5 mil pesos por semana, y así seguimos y seguimos y seguimos; la menor se cuidaba solita. Y ya se me casó el mayor, y bueno, muy bien… Ya me quedó uno menos, y ya seguimos; ya salió el otro de la escuela y ya ese se fue a trabajar también a la finca, y ya teníamos dos entraditas… Y al tiempo se fue él a estudiar de noche, y ya se encontró a la esposa… Y lo que fue que llegara y me dijera, “Me caso.” “¡Santo Dios!” le digo: “si ya metiste las patas…” “No, mami.” “¡Sí, ya metiste las patas, ya viene un hijo en camino!” “¡Ay, mami!”, dice: “Usted sí que es bárbara.” “Sí, cásese. Sea responsable.” “Mami, pero…” “Por mí, no se preocupe, cásese que esa es su obligación… Pero nada más le digo: usted se casa y el día que yo lo vea con otra mujer, usted sabe lo que a usted le pasa.” Y se casó y me quedé solo con la menor.

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Me metí otra vez a trabajar en el vivero; ahí trabajé tamaño tiempo, tamaños años… Ya después salí a trabajar otra vez a la finca; íbamos a coger café. Cuando el trabajo en la finca se para, el trabajo de mujeres, va uno a coger café y con la plata del café, pasa uno… Después termina el café y vuelve uno a trabajar a la finca. Ahorita no porque ya quitaron a las mujeres; ahora solo los hombres trabajan en la finca…

Y al tiempo ya vino la enfermedad. Primero vino la diabetes; yo me mareaba y me daba mucha sed, entonces me hicieron el examen, y sí, salí con diabetes, pero hace como 20 años de eso. Yo me inyecto insulina dos veces al día. También tengo presión alta, artrosis y la osteoporosis también; tengo dos clases de enfermedad. Entonces, hice las vueltas y me pensioné. No volví trabajar más y hasta el presente, que estoy aquí sentada…

Mi pensión es de invalidez, vejez y muerte. (La no contributiva es que usted nunca le ha dado a la Caja nada; la mía no es de esas, es por cuotas, pero no pude sacar la grande porque en eso la enfermedad ya no me dejó.) La pensión que recibo es de ciento y resto mil colones; en lo que yo pago aquí de luz y de teléfono, se me va casi la mitad. Los doctores me dan dictámenes para que vaya al IMAS, y sí, me estuvieron dando la ayuda, pero este año me dio el doctor los dictámenes -a mí me los dan todos los años- y me dice el doctor, “Vaya al IMAS y entrega los dictámenes para que le ayuden”, dice… Porque hay veces que yo tengo que comprar medicinas que el Seguro no las tiene, tengo que comprar ungüentos, porque sin eso no puedo dormir. A veces me despierto en la noche y yo digo: “¡Señor, voy al hospital a que me corten las manos!”, por los dolores que me dan.

Entonces, fui este año y topé con una señora que me hizo llorar, salí llorando de ahí. Me dijo: “Con esa pensión que usted recibe puede pasear, puede comprar, puede salir, puede comprarse todo lo que usted quiera….” Le digo: “Señora, ¿usted pasaría con una pensión así?” “¡Hombre, claro que sí…!” “Usted lo dice porque usted gana un sueldazo aquí”, le digo yo: “pero con una pensión de ciento y resto”, le digo yo: “eso no es para vivir un pobre: eso es para medio vivir. Yo no puedo tomar nada con azúcar, yo tengo que comprarme mis gotas”, le digo yo. Salí llorando. Ahí no vuelvo más, ahí lo que hacen es humillar a los adultos mayores. Y no volví más, no fui. ¿Para qué ir donde lo humillan a uno?

Yo tengo mi seguro, soy pensionada. Tengo mi seguro, pero que me vean mal no, nunca… Tengo un psicólogo, por él estoy aquí. Él fue el que me sacó de esto, de lo que yo sentía porque cuando uno se queda solo y usted ve que no puede, uno comienza y dice “¿Qué hice? ¿Qué fue?” Cuando yo dejé al papá de mis hijos, “¿Qué hice? ¿Qué voy hacer ahora?” Y él se fue y nunca me dio nada. Como no me daba nada, me decía: “Yo quiero ver a los güilas” y no, fui y le puse pensión. Le puse orden de captura y le dije: “Aquí no se me arrime, yo salgo avante, yo salgo con la ayuda de Dios…” Pero es triste, muy triste, y este doctor, el psicólogo, el que me sacó, él mismo dice: “Yo deseara hacer un libro de todo lo que yo sé de usted”, dice: “porque vea, aquí vienen señoras y les digo ‘¿De qué viven ustedes?’ ‘¡Diay!, de lo que mis hijos me dan.’ Y yo le pregunto a usted: ‘¿De qué vive?’ y usted me dice que de su pensión.”

Nunca le pedí yo a ninguno de los dos hombres, los papás de mis hijos. Pero es lo más lindo porque yo hoy ando en la calle y levanto la cara muy en alto. Digo: “¡Púchica, a ningún hombre le debo nada! Este muro los construí yo y Dios; fue entre nosotros dos.” El día que lo entregué en la iglesia, dice mi hijo, “Ay, yo quiero que mi papá me vaya a entregar.” “Que venga”, dije. Cuando llegó, le dije: “En esta iglesia, solo Dios, la Virgen y yo valemos; usted no porque usted no tiene que ver nada aquí…”

Yo a mis hijos no los molesto porque también ellos son pobres, no pueden. Tengo uno que tiene dos hijos estudiando; tengo el otro que tiene los tres; los otros dos estudiando. Entonces ¿cómo los voy a ir a molestar? Yo no puedo. Mi hijo mayor es contratista de casas, remodelan y todo eso; el otro trabaja en mantenimiento y el otro también es contratista: hace casas, remodela… Ellos trabajan en lo que los pongan, pero a Dios gracias no tienen vicios.

Yo salgo avante, yo sé que Dios no me deja porque cuando yo dejé al papá de mis hijos le dije: “Señor, yo me voy con usted, me agarro de su mano, para mí los hombres murieron… Pero nunca me deje sin comer porque eso sí yo no lo aguanto…” Y yo nunca he aguantado hambre. Si hoy no tengo, le digo: “Señor, no hay nada para mañana…” Y no sé cómo llega la comida a la casa, pero llega.

Aquí vino una religión evangélica, y ese día yo no tenía qué comer y me dijo “Vaya a mi iglesia, yo le doy.” A mi iglesia yo no la traiciono aunque no tenga qué comer. ¿Por qué? Porque yo sé que Dios me trae de comer, no sé de donde la coge, pero él viene y me da. Un día tenía una cuenta y yo, “Ay, Señor, ¿qué hago? Tengo que pagar esa cuenta…”  Me fui a la pulpería y tenía 200 pesos y fui y me los pegué en “Tiempos.” Dicen que Dios no repara en eso, pero sí repara cuando uno no tiene, y le puse a un numerito y en la tarde pegué y fui y pagué lo que debía en la pulpería. Yo veo a muchas mujeres que hacen loco, que van de aquí para allá, y yo nunca, gracias al Señor: yo me quedé con Él y con Él muero, y sé que a Él no tengo que ir a darle cuantas de nada porque Él ve mi vida, ve como viví pobremente, pero aquí estoy.

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En la casa de Dulce Nombre quedó mi hermana, la menor. Ahí vive ella con sus hijas. Mi mamá le pasó eso a ella como herencia. Yo vivía aquí, más abajo, con mi mamá, en una casita de alquiler.

Me vine para acá porque allá no podía tener mis animales ni nada, y aquí sí. Además, mi mamá cayó al hospital y yo presentía que se iba a morir y no quería quedarme ahí y saber que ya ella no está. Un día me decidí y le digo a un hijo, “Vaya, hágame un rancho allá arriba para irme…” Aquí ya había bastante gente viviendo. Entonces, mi hijo vino y me hizo primero una parte; aquí nos metimos todos con el chunchero y dice: “No mami, aquí está muy feo.” Me hizo otra parte al lado, y dice: “No, no muy chiquitito, vamos hacer el otro.” Ya me hizo el otro y entonces esto quedó como la tienda La Gloria: solo gradas.

Mi madre falleció hace ocho años y yo ya tengo como doce de vivir aquí. Mi hija menor está aquí conmigo; al lado de mi casa hay una casita, pero ella no puede vivir ahí: es un charco de agua lo que se hace ahí en invierno; entonces, ella se queda aquí conmigo. Y ahí tiene un chiquito porque metió las patas y el hombre, apenas la vio que nació el güila, se largó… Tengo 23 nietos y 5 bisnietos y viene otro de camino.

Aquí nos está ayudando la Fundación Costa Rica-Canadá. Estamos esperando no sé qué, como que tienen que hacer un tanque de captación, pero no nos van a hacer las casas aquí mismo; nos las hacen allá arriba, pero son condominios. Yo no quiero irme de aquí, prefiero quedarme en una casita así. ¿Irse a uno de esos condominios? Lo primero, qué miedo, y lo segundo, yo me sentiría seguro como en una cárcel… Aquí uno está libre, hace lo que quiere y ahí que tiene que estar uno callado, que no diga nada, y ese escándalo y que los vecinos toman y gritan… En el condominio está uno como en una cárcel; no va a tener un corredor para tender ropa. Es una cosita así para donde está la pila y el tenderillo ahí, se siente uno como metido en una cárcel. Yo soy feliz sembrando matas y arranco pa’ acá y llevo pa’ allá, y vuelvo. En eso paso todo el día. ¿Cómo voy a botar yo mis matas? Yo salgo en la mañana y les hablo, “¿Cómo amanecieron, mis chiquitas?” Y ellas viven tan felices, lo más lindas, llenas de flores. Digo yo: “¿Cómo voy yo a agarrar mis matitas y botarlas?”

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