Si mañana tuviéramos que someternos a una cirugía de corazón, nadie elegiría al cirujano por su simpatía, por la cantidad de seguidores en redes sociales o porque nos cuenta chistes en la sala de espera. Buscaríamos al mejor: al que estudió, al que tiene experiencia, al que ha salvado vidas. Lo mismo haríamos antes de abordar un avión. A ninguno se le ocurriría pedir que el piloto sea el pasajero más carismático de la fila. Sin embargo, cuando se trata de decidir quién manejará el presupuesto de un cantón, quién redactará las leyes de la República o quién conducirá el país, ese sentido común parece evaporarse. Vivimos tiempos en que elegimos al más popular, no al más necesario.
Hace casi veinticuatro siglos, Platón ya había descrito este fenómeno con una imagen que conserva toda su vigencia. En el diálogo Gorgias, Sócrates imagina a un médico y a un pastelero compitiendo ante un jurado de niños. El pastelero acusa al médico: este hombre les da medicinas amargas, les prohíbe los dulces, los somete a dietas y a tratamientos que duelen; yo, en cambio, les ofrezco manjares deliciosos. ¿Quién creen ustedes que gana? Los niños, por supuesto, votan por el pastelero. No porque sea mejor, sino porque ofrece lo agradable y no lo sano. Para Platón, ese es el retrato exacto del político adulador: el que dice a la multitud lo que quiere oír, no lo que necesita saber.
La tristeza de nuestro tiempo es que esa escena ya no es una alegoría, sino una descripción. Basta con que alguien se presente bajo el ala de un líder carismático para que obtenga apoyos, por escasa que sea su formación y por evidente que resulte su desconocimiento de la cosa pública. Se vota por el apellido del padrino político, por el video que se hizo viral o por el enojo del momento, y muy poco por la preparación, la trayectoria o las ideas del candidato.
Peor aún es la excusa que con frecuencia se escucha para justificarlo: «al menos no sabe robar», «no tiene experiencia, entonces no está contaminado». Se presenta la ignorancia como si fuera una virtud y la inexperiencia como garantía de honradez. Es exactamente al revés. Quien no conoce cómo funciona un presupuesto, cómo se tramita una contratación pública o qué dice la ley que debe aplicar, no es más honesto: es más vulnerable. Queda a merced de asesores interesados, de funcionarios que conocen los atajos y de grupos que saben perfectamente cómo aprovechar a quien no entiende lo que firma. La falta de formación no protege contra la corrupción; la facilita. Un regidor, un diputado o un ministro que no comprende los documentos que aprueba no es un hombre limpio, es un instrumento.
Lo digo desde la experiencia de haber ocupado un asiento en un concejo municipal: gobernar exige saber. Exige leer, estudiar, entender los números y conocer las normas. No basta con buenas intenciones ni con una cara amable. Así como el pasajero confía su vida al piloto, el ciudadano confía su dinero, su seguridad y el futuro de sus hijos a quienes elige. Esa confianza merece algo más que un aplauso fácil.
Extraño, como muchos costarricenses, aquellas asambleas legislativas de altura donde se discutían ideas. Donde el debate enfrentaba visiones del país: el liberalismo frente a la socialdemocracia, el papel del Estado frente al mercado, la manera de financiar la educación o la salud pública. Se podía estar de acuerdo o no con los oradores, pero se aprendía escuchándolos. Hoy el debate público se ha reducido con demasiada frecuencia al insulto, al meme y al chisme: quién dijo qué en una transmisión en vivo, o si fulanito salió con fulanita. Hemos cambiado la discusión de ideas por el espectáculo, y el espectáculo, como el pastel, alimenta poco.
No se trata de proponer, como Platón, que gobiernen únicamente los filósofos, ni de despreciar la voluntad popular. La democracia sigue siendo el mejor sistema que conocemos, precisamente porque permite corregir los errores en la siguiente elección. Pero esa corrección depende de un electorado que exija más. Que pregunte al candidato qué ha estudiado, qué ha hecho y qué propone, y no solo a quién sigue. Que entienda que el voto no es un «me gusta», sino la contratación de alguien que administrará lo de todos.
Al final, la responsabilidad es nuestra. Si seguimos comportándonos como aquel jurado de niños, seguiremos premiando al pastelero. Y después no podremos quejarnos de que la enfermedad avanza mientras celebramos el sabor del dulce.