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¡Corra, don Cleto!

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador

La insólita carrera del presidente de Costa Rica que nació de una broma infantil

Hay historias que aparecen en los libros de historia. Otras, en cambio, sobreviven en la memoria de los pueblos porque tienen algo que los documentos oficiales difícilmente pueden registrar: sentido del humor.

Esta es una de ellas.

Era poco antes de las siete de la mañana. San José amanecía esplendoroso y las calles de la capital comenzaban a despertar. Don Cleto González Víquez, presidente de la República, salió de su casa, ubicada al costado norte del Parque Morazán, como lo hacía habitualmente.

Su destino era la Casa Presidencial, situada a unas cuatrocientas varas de distancia. Don Cleto acostumbraba a realizar aquel recorrido a pie, sin la aparatosa seguridad que hoy acompaña a un jefe de Estado.

Aquella mañana llevaba el saco y el paraguas bajo el brazo mientras terminaba de acomodarse el sombrero y el chaleco. Todo parecía transcurrir con absoluta normalidad.

Hasta que vio a dos niños.

Los pequeños estaban sentados en el quicio de una puerta y lloraban desconsoladamente.

El presidente, conocido por su carácter afable, se acercó con la preocupación propia de quien encuentra a dos criaturas en dificultades.

¿Qué les pasa, muchachos?

Los niños, entre lágrimas, le explicaron que necesitaban dejar un recado, pero tenían un problema aparentemente insuperable:

¡Señor, señor! Somos tan pequeños que no alcanzamos a tocar el timbre.

Don Cleto, conmovido, decidió ayudarlos.

Se acercó a la puerta. Levantó solemnemente el brazo, extendió el dedo índice y presionó el timbre.

Entonces comenzó la verdadera historia.

Apenas se escuchó el sonido, los muchachos gritaron:

Corra, corra, ¡don Cleto! ¡Corra! ¡Ahí vive una viejita que se pone de los diablos cuando le tocan el timbre!

El presidente comprendió demasiado tarde que había caído en una trampa.

Los niños salieron disparados.

Y don Cleto, ni corto ni perezoso, también.

La escena debió ser extraordinaria.

Por las calles de San José corría nada menos que el presidente de la República, perseguido por una señora indignada y acompañado al menos al comienzo por los dos pequeños autores de la travesura.

La persecución avanzó por las inmediaciones del Parque Morazán y continuó por la calle que pasaba frente a la Fábrica Nacional de Licores.

Don Cleto corría como podía. La señora, enfurecida, no se quedaba atrás.

Finalmente, el mandatario logró alcanzar la Casa Presidencial.

! ¡Que nadie entre!  – ordenó al guarda, casi sin aliento.

Poco después apareció la señora. Exhausta, se dejó caer en uno de los poyos del parque y, todavía indignada, preguntó al policía por aquel hombre al que venía persiguiendo.

El guarda, imperturbable, realizó el saludo militar y respondió:

Por ahí pasó como un balazo, señora. Se perdió entre los árboles del parque.

Mientras tanto, dentro de la Casa Presidencial, don Cleto ya se encontraba sentado en su despacho, recuperándose del inesperado esfuerzo físico y bebiendo un refrescante vaso de agua.

Aquel día, sin decreto, sin ceremonia y sin prensa oficial, el presidente de Costa Rica había protagonizado una singular hazaña deportiva.

Había corrido los cuatrocientos metros presidenciales.

Entre la historia y la leyenda

Palabras más, palabras menos, hace muchos años conocí esta simpática historia al leer las memorias de don Cleto González Víquez, quien tenía un particular talento para recordar los episodios de su vida con una mezcla poco común de inteligencia, sencillez y buen humor.

La anécdota pertenece a ese territorio fascinante situado entre la historia y la memoria popular.

Las generaciones la han contado y recreado de distintas maneras. Como ocurre con tantas historias transmitidas oralmente, algunos detalles pueden variar con el paso del tiempo. Sin embargo, existe un elemento especialmente significativo: la anécdota fue atribuida al propio don Cleto y se ha señalado que él mismo la confirmó.

Y eso cambia su significado.

Porque no estamos simplemente ante una ocurrencia inventada mucho después para convertir a un expresidente en personaje de una historia graciosa. Estamos ante una anécdota vinculada a la memoria personal de un hombre que ocupó la Presidencia de Costa Rica y que, lejos de tomarse demasiado en serio a sí mismo, supo reírse de aquella inesperada situación.

Eso dice mucho de don Cleto y también dice mucho de la Costa Rica de aquella época.

Cuando los presidentes caminaban por la ciudad

Quizá lo más extraordinario de esta historia no sea la carrera.

Lo verdaderamente extraordinario es que un presidente pudiera salir caminando de su casa, atravesar las calles de San José y encontrarse con dos niños que decidieran gastarle una broma.

Hoy, una escena semejante parece casi inimaginable.

La distancia entre el gobernante y los ciudadanos se ha transformado profundamente. Los dispositivos de seguridad, las comitivas, los protocolos y la exposición permanente de los funcionarios públicos hacen difícil imaginar a un presidente caminando tranquilamente por la capital y convirtiéndose, de repente, en víctima de una travesura infantil.

Pero esa proximidad formaba parte de otra Costa Rica.

Una Costa Rica más pequeña, más provinciana, más sencilla y, posiblemente, mucho más espontánea.

La historia nos permite asomarnos durante unos segundos a aquella sociedad.

Y allí aparece un presidente que no es solamente una figura de bronce.

Es un hombre.

Un hombre que escuchó llorar a dos niños, quiso ayudarlos, tocó un timbre y terminó corriendo para salvarse de una señora furiosa.

La historia también sabe reír

Como historiador, siempre me ha interesado esa otra dimensión de la memoria nacional: la que no aparece necesariamente en los grandes tratados.

La historia de un país no está construida solamente por guerras, constituciones, presidentes, tratados, elecciones y acontecimientos solemnes.

También está hecha de pequeñas historias.

De aquellas que pasan de boca en boca.

De las que provocan una sonrisa.

De las que sobreviven porque las personas encuentran en ellas algo profundamente humano.

La anécdota de don Cleto es precisamente eso: una pequeña ventana hacia una Costa Rica que ya no existe, pero que todavía podemos imaginar.

Y quizá esa sea la razón por la que la historia ha sobrevivido durante generaciones.

Porque los costarricenses no recuerdan solamente al presidente Cleto González Víquez.

Recuerdan al hombre.

Al ciudadano que caminaba por San José.

Al gobernante que podía acercarse a unos niños para ayudarlos.

Y, sobre todo, al presidente que una mañana, sin saberlo, se convirtió en protagonista de una de las bromas más célebres de nuestra memoria popular.

Al final, los niños lograron su propósito.

La señora quedó con su enojo.

El guarda cumplió con su deber.

Y don Cleto consiguió ponerse a salvo.

Pero aquella mañana ocurrió algo más importante: la historia oficial perdió por un instante su solemnidad y le abrió espacio al humor.

Y tal vez por eso, más de un siglo después, todavía podemos escuchar aquel grito imaginario recorriendo las antiguas calles de San José:

Corra, don Cleto, ¡corra!

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