
En los últimos días hemos observado una amplia cobertura mediática de los tiroteos trágicos y recurrentes que azotan a los Estados Unidos. Cada nuevo incidente parece superar en número de víctimas y heridos al anterior, todo esto ante la perplejidad y confusión de los costarricenses, para quienes una masacre perpetrada con fines políticos, raciales o por el simple desequilibrio mental de su autor es completamente ajena a su realidad.
Todos estos denominados “Mass shootings” tienen como su común denominador a un victimario determinado a dar muerte a cuantas personas le sea posible antes de perder la vida o ser frenado por la respuesta policial, han sido tantas y tan distintas las motivaciones de los protagonistas de estos ataques que identificarlos y detenerlos preventivamente parece completamente ilusorio. El mayor de los tiroteos recientes fue perpetrado por un sujeto acaudalado que mato a 58 personas que atendían a un concierto en Las Vegas, para lo cual utilizó un rifle semi-automático modelo AR-15, se desconoce aún la motivación detrás del ataque, pero el instrumento de su fechoría es viejo conocido.
Estados Unidos vive actualmente una crisis de violencia armada anómala y estadísticamente sin par. Con este este contexto debe resaltarse que las matanzas a gran escala representan los picos más llamativos de su problemática, son el detonante que pone el tema sobre la palestra política una y otra vez, pero se olvida que el volumen más significativo de los hechos violentos se origina en la delincuencia común, los accidentes domésticos y hasta los suicidios.
Existen distintos factores de riesgo que alimentan esta problemática, entre ellos la proliferación del comercio de armas de fuego, la tenencia masificada de armas de su población civil y el arraigo cultural de los norteamericanos hacia el uso y la posesión de armas que no encuentra rival en ninguna otra nación. Nuestro país por su lado no se ve alcanzado por situaciones tan alarmantes, si bien no esta exento en lo absoluto del problema de la violencia armada. Tal vez este es un buen momento para reflexionar sobre cuáles factores de riesgo compartimos y cuáles de son los más peligrosos.
En Costa Rica consumimos día con día exponentes culturales norteamericanos como parte de nuestro entorno globalizado, cine hollywoodense, música y programas de televisión, a través de estas y otras formas de expansión cultural anglosajona se ha venido a visibilizar en nuestro país la violencia armada con notable intensidad, particularmente con el cine y las series de televisión se nos expone a las armas de fuego como objetos mundanos de la vida cotidiana, entonces la pregunta del millón es -¿Corremos el riesgo de tropicalizar el escenario estadounidense en Costa Rica?-. Esto último no es nada sencillo de responder.
En nuestro país la criminalidad y seguridad ciudadana son un tema de interés primordial que desde relativamente vieja data se ha venido a identificar como parte de las más sentidas necesidades de la población (aspecto que no en pocas ocasiones busca ser explotado por los políticos de turno), sin embargo, no por esta situación se observa un auge alarmante en la presencia de armas en los hogares. Un muestreo realizado por una empresa privada en los cantones más densamente poblados de San José en 2014 arrojó que solo el 5% de las personas dijo poseer un arma en su casa, muy lejos de las 89 armas por cada 100 habitantes que presenta Estados Unidos (según datos de la ONU).
Nuestra Ley de Armas y Explosivos prohíbe terminantemente so pena de prisión la tenencia de armas capaces de disparar en ráfaga, para la tenencia de armas de fuego de bajo calibre exige una serie de requisitos dentro de los cuales están la inscripción del arma, una prueba de idoneidad mental y una certificación de antecedentes penales entre otros requisitos. Nuestra legislación es sumamente restrictiva, en un claro contraste con la del país del norte, no obstante, si ello en efecto favorece a la contención local del problema el tráfico ilegal de armas sigue siendo un dolor de cabeza.
El panorama legislativo y el estadístico no aparentan tenernos al borde del precipicio como para alcanzar los niveles de violencia armada que se observan en Estados Unidos, pero el mayor riesgo que presentamos es precisamente normalizar culturalmente ese tipo de violencia. No tengo objeción alguna a la tenencia responsable de armas de fuego sencillas y sin capacidades desbordadas para matar, pero existe un límite racional que no debe perderse en cuanto a la necesidad razonable de contar con un medio de defensa frente a la delincuencia.
La obsesión por las armas cada vez más potentes en la sociedad nos puede hacer caer en un agujero cultural donde identifiquemos a un hombre fuertemente armado como la respuesta a la violencia de otros hombres armados, aunque gracias a Hollywood se hayan consagrado personajes como Harry el Sucio y su justicia que se sirve de la boca de un revólver calibre calibre 44, y que difícil es no sentir admiración.
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo y número de identificación al correo redaccion@elmundo.cr.