Un país de burócratas, un país sin épica

Benedetti dijo alguna vez que Uruguay era la única oficina pública que había adquirido estatus de República. Uruguay y Costa Rica, por entonces, se parecían mucho: eran países con una amplia clase media funcionarial cuyos integrantes siempre padecían un sentimentalismo afectado. Hombres flébiles que ansiaban ver el cielo y que extrañaban a su querendenga mientras llenaban casillas de Debe y Haber.

El ámbito de esa burocracia estuvo asociado imaginaria y efectivamente a papeleos, escritorios ruinosos, señoras que iban de un cubículo a otro con un bollo de pan bajo el sobaco y largas y anónimas filas que le dan vuelta a la cuadra fibonaccianamente. Así sucedía, al menos, en la etapa analógica de la burocracia: en ese severo siglo veinte donde los hombres todavía usaban camisa de manga corta y corbata, bigote y mocasines. 

Hoy, sin embargo, la cosa es distinta: cuando la tecnología se ha vuelto ideología, el burócrata se ha vuelto líder. Y si hace unos años tomaba café y comía pan con mantequilla a media mañana, hoy toma café y come pan con mantequilla a media mañana… ¡Pero con liderazgo! 

No hace falta leer todos los libros de Robin Sharma ni hace falta escuchar anodinas charlas de TedX para constatar que, en el fondo, el liderazgo es una negación del trabajo. O por lo menos una negación del trabajo en el sentido clásico. 

Marx consideraba que el valor de una mercancía o un servicio dependía del trabajo socialmente necesario para producirla. Es decir, que se calcula a partir del tiempo promedio requerido. ¡Pero sucede que los líderes nunca tienen tiempo! Y por eso no producen absolutamente nada más que liderazgo. 

No leen ni responden correos. 

No le dedican unos minutos a esa persona que necesita “ver un asuntito”. 

No hacen. 

No fabrican. 

No atienden. 

La temporalidad de los líderes es, más bien, una atemporalidad. Una atemporalidad como la de esas imágenes comprometedoras de Whatsapp que desaparecen de nuestro teléfono apenas las abrimos y que, sin embargo, perduran eternamente en la nube y en la vergüenza.  

La burocracia hoy es un conjunto de superfluas formalidades digitalizadas en cuyos remotos intersticios siempre hay líderes modestos, líderes minúsculos, líderes menesterosos. Y sucede que en la promoción de tales liderazgos, en la lucha contra la apatía virtuosa del burócrata clásico, analógico,  hemos terminado creando un funcionarismo divo que sonríe amablemente con sus soft skills y apuñala furiosamente con sus hard skills. 

Y esto ocurre tanto en el ámbito privado como en el público. 

Hay un cuento de O. Henry, La puerta verde, donde se menciona un hecho que hoy me resulta irrevocable: la aventura y la épica siempre son protagonizadas por hombres de negocios que nunca son sedentarios. 

Pensemos en la búsqueda del vellocino y del Santo Grial. 

Pensemos en  el amor de doncellas custodiadas por dragones. 

Pensemos en las caravanas del desierto y en los viajes ultramarinos. 

Ninguna de estas hazañas pudo ser emprendida por un asalariado aferrado a su casita propia. 

Mucho menos por un burócrata.

Todos, más bien, fueron anhelos de empresarios dispuestos a soltar todo y largarse. 

Así, las oficinas públicas o privadas que adquieren estatus de República, difícilmente, son propicias para la épica. Recordemos que, por más artificios semánticos y por más pirotecnia retórica, un precarizado dista mucho de ser un hombre de negocios. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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