Todos Somos “troles”

  • Por Aramis K. Vidaurre Álvarez - Profesor Universitario https://mixcloud.com/AramisCR/

Quiero iniciar la presente para referirme a ese tono tan dramático de parte de los medios, y no, no hago uso del trillado vocablo de “prensa canalla”, sino de la prensa en general por esa honda preocupación, casi que apocalíptica, con que han abordado el “trollgate” o supuesto uso de “troles” de parte de funcionarios de gobierno para atacar a algunos periodistas. Han llegado a afirmar sobre un aparente riesgo en que se encuentra la democracia.

Primero, la prensa o los medios de información no son el único bastión o pilar sobre la cual se ciñe la democracia. Es arrogante pensar que sí y a la vez pone de manifiesto desconocimiento de los cimientos de nuestra democracia, que se dice es “democracia a la Tica”, sí; que es imperfectísima, también, pero aquí estamos, hemos sobrevivido.

Segundo, me permito recordarles a los estimados medios que desde marzo de 2020 el entonces diputado del PUSC Rodolfo Peña (q.d.e.p) había denunciado la operación de un supuesto “troll center” que operaba desde Casa Presidencial, al cual Carlos Alvarado con todo cinismo admitió, pero lo matizó como un centro con funcionarios a sueldo que manejaban supuestamente sondeos de opinión; interesantemente luego lo desmantelaron después de días del destape del caso UPAD.

La democracia la ponemos en riesgo o la menoscabamos nosotros mismos cuando no ejercemos nuestros derechos constitucionales o los derechos que nos confieren las leyes o cuando abusamos de ellos; la democracia la destruimos cuando despreciamos los espacios de participación y representación política y se la cedemos a quienes son los menos idóneos para dirigir el país.

La democracia la menoscabamos cuando renunciamos a nuestro libre derecho a la opinión, racional o no, ya eso es otro tema, sino que se la endilgamos a terceros, que, disfrazados bajo perfil falso, lo hace por nosotros.

Los “troles” o personajes ficticios que abundan en las redes nosotros mismos los hemos creado no sólo por cesión sino también cuando compartimos, cuando le damos “likes” a la opinión de cualquier “hijo de vecino”, cuando hacemos eco o somos caja de resonancia de algo que medio suene “sexy”, cuando nos enfrascamos en discusiones estériles en la sección de comentarios de las páginas con las que interactuamos a diario. El “troll” se nutre de ello, de nuestras emociones, de nuestra renuncia al ejercicio racional de nuestro pensamiento, se nutre de nuestra ira y de todo aquello que nos descontrole cuando estamos frente al dispositivo.

Aclaro, cuando digo “hijo de vecino” no me refiero a que el emisor debe tener doctorado o deba ser un figurón político o público; me refiero que le ponemos un megáfono a todo aquello que refleje nuestros intereses porque somos incapaces de opinar por nosotros mismos.

Cuando somos incapaces de proyectar en las redes nuestros pensamientos, estemos en lo correcto o no, y se lo delegamos a otros, le damos poder a los “troles”; es más, hasta indirectamente nos convertimos en uno de ellos. Y lo peor es que esos “troles” lucran a costa nuestra.

La democracia no está en riesgo porque los medios digan que lo están; está cuando todos nos convertimos en troles. Y por cierto, si está en desacuerdo con todo lo que he manifestado, excelente, dígalo, no se lo deje a ellos.

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