El pasado domingo 12 de abril, tuve el enorme privilegio de asistir a la puesta en escena costarricense de la internacionalmente avalada obra de teatro Sweeney Todd: El barbero demoníaco de la Calle Fleet, del compositor y letrista Stephen Sondheim, basada en la obra de teatro del dramaturgo Christopher Bond. Por su complejidad musical, esta pieza trasciende a un género que se debate entre el musical y la ópera, de tal dificultad que sólo los escenarios mundiales de altísimo prestigio se permiten producir.
Un valiente grupo de actores, artistas y emprendedores teatrales —liderado por Costa Risa Producciones— asumieron el descomunal reto de montarlo en nuestro país contando con la licencia oficial de Music Theatre International (MTI). Con tan buen tino que, gracias a su enorme esfuerzo y gran profesionalismo, pudimos disfrutarlo en el Teatro Eugene O’Neill, un espacio cuya cercanía favoreció la inmersión en la atmósfera claustrofóbica de la calle Fleet.
Esta compleja pieza es una “obra maestra internacional moderna” con un estilo musical muy complicado de interpretar y un estilo literario y escénico que explota el victoriano oscuro y el gótico negro. El objetivo de su autor es describir y criticar, con absoluta contundencia, la torcida evolución de la sociedad donde predomina el mezquino y macabro accionar de la humanidad por hacer valer sus avaros intereses por encima de los valores y la sana solidaridad.
Resulta imperativo destacar la interpretación de sus actores, sobresaliendo la maravillosa actuación de los dos protagonistas que, con habilidad histriónica y dominio del escenario, cautivaron a la audiencia de principio a fin. Johnny Howell, en la piel de Sweeney Todd, entregó una interpretación imponente que se alejó de las caricaturas para presentar a un hombre consumido por la injusticia; su técnica de “alquimia energética” y su registro de barítono permitieron proyectar tanto potencia como una vulnerabilidad aterradora.
Frente a él, la Mrs. Lovett de Manuela Cornick fue una revelación de ritmo cómico y pragmatismo macabro. Cornick exhibió una elocuencia gestual y una plasticidad corporal que delatan su formación en las “grandes ligas” internacionales, logrando una conexión única con la audiencia a través de ligeras personalizaciones que inyectaron frescura al rol. La química entre ambos fue palpable, convirtiéndose en el motor indiscutible del montaje y logrando una simbiosis orgánica que elevó la tensión en cada escena.
La dirección de Miguel Mejía, la minimalista pero efectiva escenografía, así como el manejo impecable de la iluminación, resultaron magistrales para capturar la decadencia victoriana. A pesar de enfrentar desafíos técnicos en el diseño sonoro que por momentos dificultaron la comprensión de las letras en los números polifónicos, el resultado final deja en el paladar intelectual un agradable “bouquet” artístico.
Es una obra de tal calidad y excelso montaje que todo amante del arte debe ver obligatoriamente. Por ello, se hace necesario que las instituciones culturales, tanto públicas como privadas, tomen interés para continuar su presentación en todos los escenarios posibles y así compartirla con la mayor cantidad de público costarricense. Merece, eso sí, por su profundo contenido y dificultad teatral, hacer una previa introducción explicativa del por qué sus autores escogieron estilos tan complejos para comunicarnos su mensaje.