“No callaré, porque me sobra aguante
y alzo mi voz, evitando el ablande del ladrón.
Desenmascarar esas muecas
y sus fingidas historietas.
esto que digo, yo lo siento hoy
y sabes bien que no te miento”.
Hermética, Evitando el ablande
Tiempo atrás publicamos un artículo que exponía todas las calamidades del reguetón (“La música es cultura, el reguetón es basura”, El Mundo, 5/10/2022). Desde eso ha fluido mucha agua por el río. Así, en una entrevista publicada en Rolling Stone y comentada por La Tercera, Fito Páez expuso que el llamado “género urbano” favorece la dominación social vía embrutecimiento colectivo (“Fito Páez lapidario: “El reggaetón pareciera la música de la época del fascismo”, La Tercera, 8/4/2025). Además, hace unos meses Adrián Barilari afirmó que Bad Bunny ni siquiera hace música (“Adrián Barilari destrozó a Bad Bunny y lo definió como “un tipo que balbucea y que no se le entiende el idioma”, Telefe, 27/2/26). Y hubo más, porque un aparato judicial se pronunció; de tal guisa, la justicia de Colombia atacó la producción “+57”, de J Balvin, Karol G, Feid y otros. Según un alto tribunal colombiano, dicha obra vulnera los derechos de los menores de edad al sexualizar a los niños (“Karol G, J Balvin y más violaron derechos de los niños con “+57”, dice tribunal colombiano”, Sigal Ratner-Arias, Billboard, 4/9/25). Y estos son solo algunos cuestionamientos.
Aquí se debate los argumentos que defensores del reguetón han publicado en redes sociales (refiéranse una supuesta filósofa mexicana y otros más), dicha gente ha atacado al rock en sus exposiciones; visto ello, les “devolvemos el favor” y argumentamos sobre la base de dicha forma. Una vez combatidos y descartados los argumentos rivales, planteamos los propios. El lema de “sin anestesia, sin filtros” lo retomo del canal periodístico de Facebook llamado Mundo Beto, que hace un trabajo serio y objetivo.
“Que el reguetón es obra de jóvenes desheredados del Caribe, los fans del rock lo aborrecen dado que en el fondo son clasistas y racistas”
Vemos enormes problemas en dicha idea. Primero, el argumento pretende agotar la producción de los jóvenes caribeños. El Caribe produce otras cosas. Así, mientras muchos apoyaban el reguetón, un joven caribeño venezolano llamado Cancerbero abordaba temas realmente importantes e incluso tuvo el coraje de oponerse a la atroz dictadura bolivariana. Murió, y siguen sin darle méritos, mientras que los medios y algunos otros encumbran los balbuceos que hace Bad Bunny (en cuenta dos diputadas de la anterior Asamblea Legislativa, sin poderse dilucidar el aporte cultural de esas escogencias). Otro ejemplo es Jamaica, donde no se produjo el reguetón y de donde han salido músicos de verdad. Y un caso más lo brinda el contexto costarricense, basta ir al Parque de la Democracia y escuchar a raperos componiendo, ellos demuestran ingenio (el rap no es reguetón, requiere destreza verbal), aunque la prensa nunca llega.
Por otra parte, y salvo muy pocas excepciones, el rock nunca ha sido una música racista ni incapaz de dialogar. Primero, porque en el rock convergieron diferentes géneros musicales previos (soul, blues, jazz, country, etc), varios de los cuales fueron claros aportes afroamericanos (Sister Rosetta Tharpe). También los rockeros y los músicos negros colaboraron, recuérdese los trabajos de Anthrax con Public Enemy, de Aerosmith con Run DMC, de Linkin Park con Jay-Z, o bien, la clara inspiración que bandas de rock hallaron en el reggae (The Clash retomó a Bob Marley) o en el blues, pues el nombre Pink Floyd tiene tal origen. El rock, en las antípodas de promover al racismo, lo ha combatido incentivando la integración inter étnica (lo cual no es poca cosa ni en la Gran Bretaña ni en los Estados Unidos) y valorando la cultura afroamericana. De Latinoamérica se cita el heavy metal argentino, el cual relata los cruentos procesos históricos que han padecido los indígenas.
“Que el rock tiene tufo elitista e incluso asociado a la alta cultura universitaria; el reguetón más bien se distancia y representa a los humildes y a los pobres”
Al respecto ya nos referimos antes (“La música es cultura, el reguetón es basura”), aunque dada la insistencia, será menester repetir argumentos. El rock no es ni por asomo una música elitista, al contrario, surge del barrio. Los datos biográficos de un inmenso número lo confirman. Los padres de Jimi Hendrix eran alcohólicos. Los Ramones (uno de los grupos más influyentes) habitaron vecindarios neoyorquinos pobres y el vocalista Joey Ramone fue paciente psiquiátrico debido a trastornos obsesivos. Elvis Presley nació en una familia muy humilde. Axl Rose fue abandonado durante su infancia. Chuck Berry (el padre del rock and roll) habitó un reformatorio. El rock representa una música de personas que afrontaron vidas muy difíciles y usaron el arte para sobrevivir, o sea, de individuos resilientes merced a la capacidad sublimadora del arte. Y quienes no tuvieron vidas tan complejas acudieron a las realidades sociales crudas, así, ni Joe Strummer ni Gregg Graffin hablaron sobre relojes de oro o paseos estrafalarios, sino sobre tópicos de interés social.
¿Reguetón la música de los humildes? No, primero, debido a que lo apoya la mass media, el modo, enorme, y la mass media actúa sin jamás evaluar las letras, el imperio del auto tune o el sonido artificial. Segundo, dista de los humildes dado que no aborda sus temas. Si eres puertorriqueño, colombiano o panameño, y habitas barrios pobres, afrontas violencia, desempleo, discriminación racial y de clase, conflictos laborales, etc, no piensas en viajes rimbombantes, ni en modas, ni en tener diez novias a la vez; imaginarios así son espejismos ajenos a la vida, posiblemente nocivos a nivel social (tal vez favorezcan la cultura narco).
El rock tuvo época mediática porque, al criticar a la sociedad, era seguido ampliamente, además ya sabemos el efecto neutralizador que para su caso generó esa cobertura. Por otra parte, el abordaje académico del rock ocurre debido a la gran variedad temática y artística, así como a la profundidad que ofrecen algunos grupos. Si decimos que ciencia significa élite, renunciamos al estudio de las realidades, abrazamos la abulia mental e iremos a un nuevo oscurantismo (filósofos, doctores, conserjes, enfermeras y operarios). Y tampoco existió un interés académico unánime, hay catedráticos a quienes no les importan las contradicciones sociales porque son conservadores o sencillamente analizan otros temas.
“Que el reguetón cosifica a la mujer, igual hizo el rock, dado ello, no puede condenarse a uno y ensalzarse al otro”.
Al afirmar esto se comete una falacia harto evidente. Se retoma un segmento de la producción rockera de los ochenta (glam metal estadounidense) y se le hace ver como si fuera la totalidad del rock. Ciertamente Motley Crue y algunos más produjeron letras vacías y para el olvido, pero otros rockeros lo atacaron, háblese de Eddie Vedder, quien abiertamente lo repudió, según se publicó en Indie Hoy, comentándose una entrevista que hizo The New York Times (“Eddie Vedder revela su aversión por el glam metal y Mötley Crüe: “Lo detestaba”, Laura Camargo, Indie Hoy, 1/2/22). Más bien, el rock aborda gran variedad de temas (sobre esto nos referiremos después), todos de relevancia. Y sobre las mujeres, representa el género musical que la trata mejor, tanto debido al número de grupos femeninos (mostrando gran talento las bandas japonesas all-girl), como al tratamiento dado a las mujeres, puesto que las letras de rock, salvo excepciones dichas, no las denigran. Muy por el contrario, el reguetón propone el concepto de la mujer-objeto sexual, ahí sí ello resulta una constante y no la excepción.
“Que al reguetón lo critican a la manera que se criticaba antes al rock, pues lo que impugna socialmente incomoda a no pocas personas”
Urge diferenciar, según bien dice el influencer Moro Smylodon; hay gran distancia respecto a contenidos y a sujetos interpelados. El rock incomodó a políticos y a sectores conservadores porque cuestionó al poder, a las guerras, a la familia, al materialismo, al adulto centrismo, entre otros. El reguetón incomoda a quienes defienden la música, plantea una rebelión contra el arte musical y contra los componentes racionales y catárticos del arte.
Más aún, si una persona empieza a despotricar hoy día contra la agresión rusa a Ucrania o a favor de la paz en Palestina molestará a más de uno; si otro se pone a gritar obscenidades también generará incomodidad, aunque las razones son muy, muy distintas.