Papagayo tiene rostro humano. Es el de la recepcionista que recibe al turista con una sonrisa que no se ensaya: se siente. Es el del chef que transforma productos frescos en experiencias memorables, y el guía que narra historias de nuestra tierra como si fueran suyas —porque lo son—. Es el del jardinero que cuida cada árbol como si fuera parte de su familia, y el tour operador que abre las ventanas del país para que los visitantes que llegaron como huéspedes regresen a sus países como embajadores. Es el de la madre que, gracias a su trabajo en un hotel, paga el techo que cobija a sus hijos, lleva alimento a la mesa y les abre un futuro que empieza en las aulas.
Este proyecto visionario es ejemplo de cómo el desarrollo sostenible puede convivir con la naturaleza, respetar la ley y generar calidad de vida en las comunidades. Un modelo que ha probado que la prosperidad y la sostenibilidad no son polos opuestos, sino socios inseparables. Y por eso, es blanco de la envidia.
La desinformación y la polarización social ha permitido que la izquierda recalcitrante, de escritorio y computadora, que jamás ha generado un empleo ni construido una propuesta viable, no soporte que exista un modelo que derribe su narrativa de dependencia y resentimiento. Les incomoda que miles de familias vivan mejor sin la necesidad del Estado paternalista, que la independencia económica forme ciudadanos libres, críticos, difíciles de manipular.
Su estrategia es conocida: disfrazar de preocupación ambiental lo que en realidad es cálculo electoral, inventar crisis donde hay resultados, agitar resentimientos para movilizar votos. Necesitan pobreza para cultivar dependencia; necesitan frustración para vender promesas; necesitan estancar el desarrollo para mantener vivo el cuento del salvador de turno y en la era de la desinformación se genera la ecuación perfecta para manipular a costa del bienestar de miles de familias que viven del turismo.
No hay que ir lejos para ver su apetito real. La Cuba de Castro, la Nicaragua de Ortega, la Venezuela de Chávez: modelos marchitos que empezaron con discursos de justicia social y terminaron en represión, exilio y miseria. Es el mismo guión: destruir lo que funciona, arrasar con lo que brilla, apagar lo que ilumina. La izquierda no se nutre de progreso; se alimenta de lo sombrío, lo lúgubre, lo que debilita. Trabaja tras bastidores, sembrando ira y envidia, sin la posibilidad de generar una sola propuesta que genere empleo, prosperidad y sobre todo libertad.
Papagayo es la antítesis de esa oscuridad.
Aquí el turismo de alto valor no solo preserva el ambiente, lo convierte en un activo que da de comer. No solo llena hoteles, llena aulas. No solo atrae visitantes, atrae inversión, talento y oportunidades. Es la demostración viva de que un país puede crecer con respeto, sostenibilidad y visión de futuro. Costa Rica no es y nunca será Cuba, Nicaragua ni la Venezuela de Chávez.