En las últimas décadas, la evidencia epidemiológica y clínica ha consolidado un cambio sustancial en la comprensión de las enfermedades crónicas no transmisibles. Condiciones tradicionalmente abordadas de forma independiente —como la diabetes tipo 2, la obesidad, la enfermedad cardiovascular y la enfermedad renal crónica— son hoy reconocidas como manifestaciones interrelacionadas de una disfunción sistémica compleja: la enfermedad cardiometabólica.
La magnitud de este desafío es clara tanto a nivel global como local. En el mundo, más de 830 millones de personas viven con diabetes, una cifra que se ha más que duplicado en adultos en las últimas décadas, de acuerdo con la Federación Internacional de Diabetes (IDF). Este crecimiento ha ocurrido en paralelo con el aumento sostenido del sobrepeso y la obesidad, confirmando la estrecha relación fisiopatológica entre estas condiciones.
Costa Rica no es ajena a esta tendencia. Según datos del Ministerio de Salud, cerca del 70 % de la población adulta presenta sobrepeso, y más de un 34 % vive con obesidad, mientras que la prevalencia de diabetes en adultos alcanza el 9,8 %, lo que equivale a más de 375.000 personas. Estas cifras reflejan cómo la enfermedad cardiometabólica se ha convertido en uno de los principales retos sanitarios y económicos del país.
La coexistencia de estas patologías no es fortuita. La literatura científica ha demostrado que comparten mecanismos biológicos comunes, como la resistencia a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado y la disfunción endotelial, procesos que se potencian entre sí y aceleran la progresión del daño metabólico y cardiovascular.
La obesidad, en particular, desempeña un rol central como factor de riesgo y amplificador del daño cardiometabólico. Su presencia incrementa de forma significativa la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular aterosclerótica y enfermedad renal crónica. Hoy se reconoce que no se trata únicamente de un factor asociado, sino de un componente estructural en la génesis y evolución de estas enfermedades.
Las implicaciones clínicas de esta interacción son profundas. La diabetes es uno de los principales determinantes de eventos cardiovasculares mayores, como infarto de miocardio y accidente cerebrovascular, y se asocia con un mayor riesgo de muerte prematura. De hecho, una proporción significativa de la mortalidad atribuible a la hiperglucemia ocurre a través del aumento del riesgo cardiovascular, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Implicaciones para el abordaje terapéutico. El reconocimiento de la naturaleza sistémica de la enfermedad cardiometabólica obliga a replantear los modelos tradicionales de atención. El abordaje fragmentado, centrado en tratar cada condición de forma aislada, ha demostrado ser insuficiente para modificar de manera sostenida la progresión de estas patologías.
En respuesta, la innovación científica ha avanzado hacia el desarrollo de terapias con efectos pleiotrópicos, capaces de impactar simultáneamente múltiples dimensiones de la enfermedad: control metabólico, reducción de peso, disminución del riesgo cardiovascular y protección de órganos blanco como el riñón y el hígado.
Este enfoque se ve reforzado por la integración de herramientas digitales, programas de educación en salud y modelos de atención centrados en el paciente, que favorecen la adherencia terapéutica y permiten un seguimiento más efectivo, continuo y personalizado.
La obesidad como eje estructural del riesgo cardiometabólico. Uno de los avances conceptuales más relevantes de los últimos años ha sido el reconocimiento de la obesidad como una enfermedad crónica y multifactorial, definición que Costa Rica adoptó oficialmente en 2025 mediante normativa del Ministerio de Salud.
Lejos de ser un problema aislado, la obesidad constituye un eje estructural en la génesis y progresión del riesgo cardiometabólico. A nivel global y nacional, el incremento sostenido del índice de masa corporal ha sido identificado como uno de los principales determinantes del aumento en la prevalencia de diabetes y otras enfermedades no transmisibles.
La evidencia demuestra que la reducción significativa de peso, cuando se logra mediante intervenciones basadas en evidencia científica, se traduce en mejoras clínicas relevantes, incluyendo la disminución del riesgo cardiovascular y la progresión de la diabetes.
Sostenibilidad de los sistemas de salud y enfoque preventivo. La carga creciente de las enfermedades cardiometabólicas representa uno de los principales desafíos para la sostenibilidad de los sistemas de salud. A nivel global, la OMS estima que la diabetes y sus complicaciones fueron responsables de cerca de 2 millones de muertes en 2019, a lo que se suman millones de casos de discapacidad y deterioro de la calidad de vida.
En Costa Rica, el impacto económico también es significativo. La Caja Costarricense de Seguro Social reporta que cada año se diagnostican en promedio cerca de 20.000 nuevos casos de diabetes tipo 2, lo que implica una presión creciente sobre los servicios de atención y los recursos del sistema.
Adicionalmente, una proporción relevante de las personas que viven con diabetes permanece sin diagnóstico o sin tratamiento adecuado, especialmente en etapas tempranas de la enfermedad, lo que agrava las complicaciones y eleva los costos a largo plazo.
En este contexto, las estrategias de prevención, diagnóstico temprano e intervención oportuna adquieren un papel central. La evidencia muestra que intervenciones costo-efectivas —que combinan cambios en el estilo de vida, control de factores de riesgo y acceso oportuno a terapias adecuadas— pueden reducir de manera significativa la carga de enfermedad y sus complicaciones.
La transición hacia modelos integrales en salud cardiometabólica no constituye únicamente una evolución conceptual, sino una necesidad clínica y de salud pública. La magnitud y complejidad de estas enfermedades exige respuestas coordinadas, basadas en evidencia y centradas en el paciente.
La convergencia entre innovación científica, educación en salud y fortalecimiento de los sistemas sanitarios permitirá avanzar hacia un abordaje más efectivo, preventivo y sostenible. En este escenario, el compromiso de todos los actores —incluidos la industria farmacéutica, los profesionales de la salud y las autoridades sanitarias— será determinante para transformar los estándares de atención y mejorar la salud de la población en Costa Rica y en la región.