
La sirenita, ciertamente, se estrenó a finales de 1989. Pero llegó a Costa Rica entraditos los 90. Lo recuerdo bien. Uno la veía, así, pelirroja, perfecta, y casi era capaz de creer que las estrellas de mar no eran más que fósiles de sirena, fósiles de las abuelas de Ariel.
Ese fue, quizás, el último personaje ambiguo de Disney: en adelante todo fue una una inútil e insistente pretensión de univocidad.
Thomas Bauer mencionó que la intolerancia respecto a la ambigüedad se asocia con el surgimiento de los fundamentalismos. Y, según dice, esto supone también una compulsiva fascinación por la verdad y un rechazo a la historia.
Eso, más o menos, empezó en los 90.
Eran años de una compulsiva exaltación de la autenticidad cuyo punto culminante, sin duda, fue esa abominación universalmente conocida como La Sociedad de los Poetas Muertos.
En Costa Rica, ya se sabe, teníamos grunge y escenas de 90210 pasados por huevo.
Las maestras recién abandonaban los vestidos largos y floreados y los sustituían por jeans y blusa a botones. El paisaje nacional empezaba a sustituirse con consumo y así, al igual que los ecosistemas, la cultura propendía cada vez más a la uniformidad: se extinguían especies al tiempo que se extinguían ciertas palabras y ciertas cosas.
No es casual que los 90 hayan sido años de un fervoroso minimalismo: Kate Moss y Jennifer Aniston en pijamas son un buen ejemplo.
Pero también estaban las transiciones armónicas desprolijas de Green Day.
Y estaba la identidad como tara, el padre como pérdida y toda la sosería de los chicos Alcoa devenidos en cuarentones y cincuentones nostálgicos.
Los baby-boomer, en efecto, se habían convertido en padres y habían engendrado una generación de baby-blúmer chineados que entraba a la adolescencia como quien llega a una boda y descubre que le tocó sentarse en la mesa de los comodines: al lado del jardinero, frente al señor lava los carros y diagonal al contador de la familia.
Carlos Torres siempre dice que aún seguimos viviendo en los 90.
Yo le creo.
Nada sustancial ha cambiado.
Tenemos las mismas discusiones.
Tenemos las mismas preocupaciones.
Es más, hasta resucitamos a La Sirenita para hacerla más unívoca.
La intelligentsia lucha hoy contra las fake news como luchaba contra el Chupacabras y los milenaristas. Los astrónomos desmienten a los terraplanistas como desmentían a los suicidas del movimiento Heaven’s Gate.
Y por si fuera poco: la gente se ha vuelto a vestir exactamente de la misma manera en se vestía cuando uno era ese baby-blúmer asustado en una boda donde ninguna muchacha quería bailar Sunshine Reggae.
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