
Éramos, no sé si un mejor país, pero sí al menos uno más punk. Y digo punk en su acepción más rigurosa: Malcom McLaren, al escuchar por primera vez a los New York Dolls, se sorprendió de los malos, lo pésimos que eran y esa, sin más, fue su inspiración para los Sex Pistols.
En otras palabras, cuando digo punk me refiero a una furiosa desfachatez, a un insolente desprecio por todas las formas y los consensos estéticos.
Ligar el whiskey añejo con Ginger Ale.
Echarle un cubo de hielo al vino tinto.
Pasar por huevo los canelones.
Embarrarle salsa rosada a casi cualquier cosa.
Hacer gallos de salchichón en una parrilla de aro herrumbrado en el corredor de la casa.
Todo aquello que en los noventas e inicios de este siglo devino polo.
Me refiero, pues, a esa virtuosa combinación de divertirse y desagradar al mismo tiempo.
La retorcida aspereza chabacana de Gorgojo y su Grupo Llamarada.
La despreocupada manera en la que Pilo Obando pronunciaba los apellidos de jugadores coreanos en la transmisiones del mundial.
Y si nos vamos más para atrás nos topamos, también, con una reelaboración tosca de valores cosmopolitas que es auténticamente punk.
El piano vianés del que hablaba Wilhelm Marr y sobre el que los ciudadanos principales de 1863 ponían una insulsa silla de montar.
La temeraria hazaña de edificar un teatro en una ciudad de cafetales que apenas empezaba a dejar de frecuentar las galleras.
Lo punk, sí, como transgresión inconsciente. Pero lo punk, también como chota.
Y es que la chota es un mecanismo espontáneo de gestión de las relaciones sociales. Un mecanismo espontáneo y, si me permiten el exceso, benévolo: uno hace una caballada, los amigos o familiares lo chotean y listo… a menos que uno sea un subsocial, no vuelve a incurrir en tal caballada. Es decir, nos enseña el elemento más crucial de la existencia: el fracaso.
La chota, además, está en el corazón mismo de la democracia. Una sociedad democrática, por principio, es choteadora: desde el álbum de Figueroa al shitposting contemporáneo, la chota costarricense ha sido, para efectos de nuestra democracia, mucho más relevante que los órganos electorales y los partidos políticos.
Por eso en el rechazo a la chota reside, no solo un rechazo puritano al goce, sino también una rencorosa vocación autoritaria. César se convirtió en héroe de Roma y, sin embargo, durante su desfile triunfal tuvo que soportar la prodigalidad del choteo romano: los antiguos sabían que a los vencedores no solo se les debe ensalzar, sino que también es preciso protegerlos del demonio de la vanidad.
Pero llegaron los noventa y el siglo XXI y perdimos la inocencia y nos dimos cuenta que no, que el whiskey no se liga con gaseosas y que la pasta no se combina con arroz y frijoles. El consumo cultural implicó una insistente doctrina moralizante y entonces empezamos a ser aburridos.
El mundo se estremecía con Whitney Houston, Snow, Mariah Carey, UB40, 4 Non Blondes y un grupo de cuatro suecos que cantaban cosas sobre una nación feliz. Rafael Calderón iba transformándose lentamente en Figueres Olsen, casi para recordamos aquello de que la historia se repite como tragedia, luego como farsa y, por último, como estética. Pantalones Guess. Anteojos Oakley. Camisetas OP. Canciones de Maná en la radio. La mae guapa de la escuela en un Isuzu Trooper. Tardes de Nintendo. Las letras de Erasure en un boletín de Feeling the hits. Senna y Prost en vez de Messi y Ronaldo. Los Bulls. El PAE III. Belmont Beach. Las misas con curas españoles que decían:
“Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la Tierra; y con el Papa Juan Pablo II, con nuestro obispo Román Arrieta…”
Y lo más importante: Costa Rica dejaba de ser punk.
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