Cuatro punto cinco.
Ese es el número. No es el porcentaje de una encuesta cualquiera: es la simpatía que despierta hoy, en setiembre de 2026, el Partido Liberación Nacional. El partido de la Segunda República. El partido que abolió el ejército, que fundó instituciones, que gobernó este país más que ninguna otra fuerza política. Cuatro punto cinco por ciento, según el CIEP de la Universidad de Costa Rica.
Y ahora el otro número, que es el que debería quitarles el sueño: el Frente Amplio marca tres.
Punto y medio. Eso separa hoy al partido de José Figueres Ferrer del partido de Ariel Robles. Punto y medio.
Yo entiendo que en Balmaceda se consuelen diciendo que las simpatías partidarias no son intención de voto, que falta muchísimo, que la estructura verdiblanca sigue ahí, que tienen alcaldías, que tienen historia. Claro que tienen historia. Los mencheviques también tenían historia. Preguntémosles cómo les fue.
El dato que nadie del PLN quiere leer en voz alta
Hagamos memoria, que es lo que menos les conviene. En 2013 el PLN registraba 14% de simpatía. En 2017, 18%. En 2021 bajó a 4%. En 2025, otra vez 4%. Hoy, 4,5%.
No es una caída. Una caída implica movimiento. Esto es otra cosa: es una línea plana. Es un electrocardiograma.
Mientras tanto, el Partido Pueblo Soberano pasó de 3,9% a 20,7% en doce meses. Dieciséis puntos y ocho décimas en un año. El oficialismo hizo en un año lo que el PLN no logra desde hace una década.
Y ahí está el retrato completo: un partido nuevo que absorbe, un partido histórico que se estaciona, y una izquierda que crece despacio pero crece.
El problema no es el gobierno. El problema es el espejo
La presidenta Laura Fernández cerró sus primeros cien días con 64% de valoraciones positivas. Es mucho. Es menos que el 79% inédito de Rodrigo Chaves en 2022, y con un rechazo del 25% frente al 9% de aquel entonces, pero es mucho.
Y aquí viene la pregunta incómoda, la que en Liberación prefieren no formular en las reuniones del directorio: si el gobierno tiene 64% de aprobación y a la vez una tercera parte del país no lo respalda, ¿quién representa a esa tercera parte?
Porque alguien la va a representar. La oposición no es un espacio vacío que se queda vacío. Es un espacio que alguien ocupa.
Y quien lo está ocupando, con menos recursos, menos historia y menos diputados, no es el PLN.
Lo que hace el Frente Amplio y Liberación no
Voy a decir algo que a mis amigos verdiblancos no les va a gustar, y que a mis amigos de la izquierda les va a gustar demasiado, así que ninguno de los dos va a quedar contento y eso probablemente signifique que estoy en lo correcto.
El Frente Amplio hace política. Va a Quepos, va a La Unión, hace diálogos territoriales, publica, discute, se pelea, aparece. Uno puede no compartir absolutamente nada de su programa —yo no comparto casi nada— y aun así reconocer que están presentes. Ocupan el territorio. Ocupan el discurso. Ocupan la calle.
Liberación Nacional, mientras tanto, ¿qué ocupa?
Su última convención interna la ganó Álvaro Ramos con más del 80% de los votos, cifra deslumbrante hasta que uno mira el otro dato: 161 mil votantes, cuando las tres convenciones anteriores movieron entre 400 mil y 500 mil. Ganar con el ochenta por ciento de la tercera parte de la gente no es una victoria, es un acta de defunción con confeti. Y en el camino se le fueron cuatro alcaldes, incluido el de Alajuela.
Un partido que no puede ni renovar sus propias estructuras sin pedirle una excepción al Tribunal Supremo de Elecciones no tiene un problema de comunicación. Tiene un problema de existencia.
El destino menchevique
Los mencheviques eran los socialdemócratas rusos. Los moderados. Los gradualistas. Los que tenían razón en casi todo y coraje en casi nada. Los que creían que el tiempo trabajaba para ellos porque la historia era razonable y ellos eran los razonables.
Los bolcheviques no discutieron con ellos. Simplemente ocuparon el espacio, tomaron la bandera de la reforma social, y cuando los mencheviques quisieron reaccionar ya no había a quién representar. No los derrotaron en un debate. Los absorbieron. Los volvieron innecesarios.
Eso es lo que está en juego para Liberación Nacional, y me temo que en el Balcón Verde todavía no lo entienden. El riesgo no es perder una elección. El riesgo es volverse redundante. Que el electorado que quiere Estado social, instituciones fuertes, universidad pública y contrapesos constitucionales encuentre que hay alguien que lo dice más fuerte, más claro y más seguido, y que ese alguien no lleva la bandera verdiblanca.
El día que eso ocurra, el PLN no va a desaparecer con un estruendo. Va a desaparecer como desaparecen los partidos socialdemócratas: educadamente, en una asamblea con poca asistencia, mientras alguien lee un informe.
La disyuntiva
Liberación tiene dos caminos, y solo dos.
El primero es recuperar protagonismo. Y protagonismo no es emitir comunicados. Es tener una posición propia, incómoda, reconocible, sobre las cosas que el país está discutiendo hoy: el desacato a las resoluciones de la Sala Constitucional, los impuestos a la canasta básica, los recortes a las universidades públicas. Sobre esos tres temas la propia encuesta del CIEP muestra que el respaldo al gobierno no es incondicional. Ahí hay un terreno. Está ahí. Está disponible. Alguien lo va a tomar.
El segundo camino es seguir como va: administrar la nostalgia, cuidar las cuotas internas, esperar que el desgaste del gobierno los devuelva al poder por gravedad. Ese camino también conduce a algún lado. Conduce al tres por ciento. Y de ahí al uno.
Cuatro punto cinco contra tres.
Punto y medio.
Yo que ellos, no dormiría tranquilo.